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Contenido:

Señor Ladrillo

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Del barro al ladrillo


 

Texto de: Benjamín Villegas

Los elementos estaban allí, a la vista, tan evidentes que no hubo casi necesidad de descubrirlos. El azar los juntó y del agua y el barro nació esa materia bella, útil, moldeable y, según su tratamiento, frágil y efímera, o casi eterna. Naturalmente Dios, que todo lo sabe, conocía el barro y su nobleza y lo usó para fabricar un ser a su imagen y semejanza. Y bastó un soplo para infundirle vida. También en la América precolombina la creación fue parecida. Dice el Popol Vuh De tierra, de lodo, hicieron la carne del hombre.

Hombre nacido del barro que, más tarde, empezó a amasar su propia materia, como quien acaricia. Y, sin quererlo, fue inventando, casi jugando primero la vasija de uso diario; luego la flauta, por cuyos huecos el viento pasó cantando; después la escultura y, finalmente, la escritura y la arquitectura.

El adobe nació antes agua, barro y yerba (para darle mas fuerza) lo compusieron. Y el sol el antiguo y candente sol lo secó, lo endureció, le dio consistencia. Pero el agua tendía a volverlo a su condición primigenia.

Por el azar de un incendio, tal vez, o la utilización de los adobes para sostener sobre el fuego hogareño la vasija, sin duda también de barro, se llegó a ese descubrimiento accidental. Se inventó, pues, el barro cocido y desde ese momento, parafraseando la Biblia, el barro fue eterno.

Después el ingenio artesanal y hasta industrial lo embelleció, y no faltó la mano del pintor que le agregara color y lo hiciera personal. Nació así el azulejo que, como su nombre nos lo indica, es colorido y brillante y, si se pudiera decir, aún más eterno.

Otra derivación, de más modesta estirpe pero no desprovista de belleza, llevó al barro a juntarse con el estiércol animal (otra vez,, la fuerza cohesiva de la yerba) contribuyendo así, con la ayuda del bambú y otras maderas, a la invención del bahareque.

En su principio y de ésto hace más de seis milenios el ladrillo se ennobleció aún más con el parentesco de las tabletas donde los estiletes inauguraban la escritura con signos cuneiformes. Se encuentran trazas de construcciones de ladrillo en todas las culturas del medio oriente y del Mediterráneo. Con los romanos y los etruscos éstos últimos nos dejaron la mayoría de sus testimonios culturales en barro el ladrillo compartió con la piedra la invención del arco. Y desde entonces, con altibajos, ha estado siempre presente en la arquitectura, a veces visible, a veces modestamente cubierto.

En Indoamérica, nuestros antepasados usaron generosamente el barro, más que todo en la elaboración de vasijas de uso diario y en objetos ceremoniales. Y para hacer el viaje final, en lugar de barcas o cajas de madera, muchas culturas escogieron las vasijas de barro. Bastaría sólo con ir al Museo del Oro, donde siempre queda la sospecha sobre si el asombro procede de la preciosidad del metal, o visitar la hermosa casa del Marqués de San Jorge en Bogotá, para encontrar allí el barro precolombino en todo su esplendor. Si dijéramos que la cultura colombiana reposa sobre el barro, mas de uno considerarla esto un insulto. Pero si lo pensamos bien, es una opinión absolutamente fundada. Fundada y respetuosa, además de cierta. Porque el barro es noble y el ladrillo es fuerte, con una capacidad de carga que los arquitectos comparan con la de la piedra. Y habría que decir una cosa, tan obvia, que no se nota el ladrillo está hecho a la medida del hombre, que lo puede manejar fácilmente, dadas sus sabias medidas, con una sola mano.

De todo ello nos han quedado huellas ancestrales en nuestra artesanía, con sus iglesias a escala, sus músicos de banda, los caballitos de Ráquira, los pesebres, las ollas o moyos o tiestos y, más recientemente, las chivas de barro policromado, hechas en Pitalito.

En Colombia el barro estuvo casi siempre presente en los pisos, en forma de grandes ladrillos cuadrados. A veces la huella total de una mano, el trazo casual de la trayectoria de un dedo, o la impertinente pisada de un perro, han detenido el. tiempo para darle aún más belleza a la materia. Y en los techos encontramos siempre la imbricada presencia de la teja española, catalana, holandesa, en todas las gamas y de todos los colores y formas; a veces vidriada o semividriada. El rojo ocre, característico de nuestras poblaciones y ciudades, lo aporta la omnipresente teja.

El ladrillo pertenece a nuestra historia como la piedra o el adobe. Antes estuvo presente en el alma de las construcciones. Después puso la cara al sol como en la Plaza de Toros de Bogotá o en la Catedral de Medellín, 0 en la Ermita. Y qué decir de su presencia en la arquitectura contemporánea A partir de las casas de estilo inglés que adornaron barrios enteros de Bogotá, como La Merced y Teusaquillo y, en menor cantidad, Chapinero y La Cabrera, el ladrillo se convirtió en nuestra marca de fábrica, en su sello característico. Hoy, arquitectura colombiana y ladrillo son sinNimos.

Basta mirar la Bogotá de hoy. Por una parte, inmensas concentraciones urbanas del sur levantadas en ladrillo, uno a uno, siguiendo el perfil del terreno y al ritmo de unos recursos económicos escasos y de una arquitectura espontánea, donde la necesidad manda sobre el diseño y lo recursivo sobre lo elaborado. Por el otro, al norte, una densa ciudad que se desliza de los cerros y que en las tardes de sol hace resplandecer la calidez de sus grandes volúmenes. Todo ello dentro de la incansable búsqueda de un carácter arquitectónico propio y, ojalá, de un espacio urbano generoso y amable.

De sur a norte, y a través del ladrillo, se ha logrado probar que un mismo material de construcción, de igual calidad e idénticas características, es capaz de llegar a la intimidad del hombre y al mismo tiempo ser la base de la solución habitacional de sectores profundamente distanciados en su contexto económico, social y, si se quiere, político. Porque el ladrillo es esencialmente humano, porque es universal y, porque por su naturaleza misma y por sus dimensiones, puede responder a todos los problemas, a todas las situaciones y a todas las circunstancias arquitectNicas y sociales. En una palabra el ladrillo es de todos.

 

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