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De la Novela
Discurso leido ante la academia colombiana,
correspondiente de la española, en junta inaugural
de 6 de Agosto de 1883
Texto de: De la Novela, sus orígenes y desenvolvimiento.

Señores académicos:
Muestra de vida intelectual y de espíritu de unidad dio siempre una nación, cuyos pueblos, separados entre si por diversas tendencias, aspiraciones y necesidades políticas, se esfuerza en mantener a par de la idea religiosa la integridad de la lengua.

Renombre de principal alcanzó en la antigua edad aquella que vino a adquirir el conocimiento de su grandeza, a la sazón que, juntas sus varias agrupaciones en los juegos nacionales, escuchaban con maravilla en la lengua que les era común los cantos que un tiempo los animaron a tremendas lides, los que celebraban sus famosas victorias y el entusiasmo que enardeció sus pechos, o los que exprimían con los acentos de sus trágicos el movimiento de las pasiones más enérgicas. Vinculóse así en la conservación de la lengua el recuerdo de sus glorias y la fuerza activa de la nacionalidad.

Ni menor grandeza llegó a adquirir la nación cuyas huestes avasalladoras hicieron reflejar el brillo de sus armas hasta en los postreros aledaños del orbe, comprendiendo que para asegurar la mayor suma de poderío, era menester conservar pura la lengua en que con alta elocuencia se expresaron por primera vez los principios de la dignidad política, al propio tiempo que se cantaron las más elevadas empresas humanas y se entonaron los delicados idilios de la vida tranquila y mediana, hasta el punto de ser anhelo constante que la niñez abriese los ojos a la luz de la razón escuchando aquella lengua en sus más puros acentos.

Empresa de reyes sabios y de ilustres repúblicos fue, tocando la raya de los tiempos modernos, pulir y acrecentar la lengua popular en busca del ensanche de la nación, y reunir en torno de si a los letrados para que sirviesen de apoyo a la gobernación del estado, promoviendo justas poéticas y cortes de amor para estímulos de la juventud, solaz y divertimiento de varones nobles y damas cortesanas, y ejemplo de vasallos, a quienes al par eran lección provechosa y honesto recreo.

Protégense en general las letras en otros períodos por clarísimos monarcas, con lo cual se levanta de punto el valor de la patria lengua y el esplendor de la nación. Nimbo glorioso muestra ésta entonces en la historia, porque el mayor grado de perfección de la lengua es prerrogativa del mayor grado de moralidad de la misma nación.

Don preciado tienen los pueblos con una lengua en que como la castellana la alteza de las expresiones emula la de los conceptos representados por ellas. Borrar los límites que un provincialismo vicioso pone entre esos pueblos, con detrimento de su vitalidad, es tarea que se imponen los que guardan en su corazón, como en santuario venerado, el alto amor de la patria.

Días de bienandanza se auguran a la nuéstra, si se considera el loable tesón con que a porfía se procura estudiar la lengua en sus mejores raudales, conocer sus orígenes y depurar los elementos que la forman, y si se observa el respeto con que se siguen en lo posible los cánones gramaticales en toda clase de producciones. Cabe lisonjearnos de que en ninguna de las naciones en que se habla el castellano, no obstante lo mucho que nos falta en el orden y el método de los estudios, se ha atribuido tanta importancia como en la nuestra al examen serio y razonado del lenguaje, que es la vida de todo lo que se encierra en el concepto de la literatura.

Grato es en verdad a la hidalguía de los corazones, que se abren al sentimiento patriótico en ocasión tan solemne como ésta, el recuerdo de la inauguración de la Academia Colombiana, asociándose a él la memoria de aquel día en que exaltada la cruz redentora entre los pliegues del pendón de Castilla, sal. vaban los ámbitos de la nación castellana para resonar en esta región los acentos con que a la sazón exhalaban la grandeza de sus afectos la doctora abulense, San Juan de la Cruz, Hurtado de Mendoza, y en que surgía a nobles destinos la nacionalidad que había de volver en honor y prez a la inclita España las glorias que, por virtud de las cualidades egregias. que de ella habla heredado, logró conquistar más adelante en los certámenes del heroísmo como en los del ingenio.

Empero, si solemnidades como la presente en que sólo reina el espíritu nacional habrían podido inspirar a cualquiera de vosotros asunto adecuado a ella, de mi! sé decir que en la elección de él y en su exposición no he podido menos de hallarme atajado y suspenso. En estos vergeles, cultivados con solicito esmero por vuestros gallardos ingenios, y en los cuales habéis dado lozanas flores, el mío no podrá dar una vez más sino algunas mustias y desmedradas, al modo de aquellos botones que por pertenecer a planta robusta pero faltos de vigor no llegan a ostentar los pétalos que acáso, algunos esperaban contemplar.

Esta consideración habría sido capaz de arredrarme en mi empeño, no menos que la de tener todos presentes los magnificos discursos que cada uno de vosotros en ocasiones análogas, ha dejado oír en este recinto, y cuando todavía os apacentáis con delectación suma en aquella oración en que nuestro sabio compañero don Miguel Antonio Caro, noble y respetado amigo mío, discurrió extensamente sobre el uso en sus relaciones con el lenguaje, y en que se asienta sobre base firmísima toda una fábrica literaria; obra destinada a señalar los rumbos que han de seguir las lenguas para su conservación y aumento, dechado en que con exquisita labor se exponen las leyes a que obedecen las lenguas para conseguir su florecimiento, venero intelectual de que continuamente se estarán sacando teorías que desenvolver, principios para analizar arduos puntos literarios.

He cedido, no obstante, a los estímulos de mi corazón, y ya que me encuentro inhábil para cautivar vuestra atención, siempre conmigo demasiado benévola, he excogitado un punto que por sencillo, y siquiera quede ajado al tratarlo mi corto ingenio, sea para mí más hacedero, forjándome la ilusión de que la claridad de vuestras luces habrá de alumbrar la oscuridad de mi entendimiento para llegar al fin de mis anhelos, y satisfacer en algo, si es posible, los que abrigáis vosotros.

Constituye la novela, en su más amplio sentido, la relación más o menos larga de un suceso fingido referente a las acciones humanas, de modo que abraza desde el sencillo cuento con que en la calma del hogar nos hemos entretenido al amor de la lumbre, hasta la ficción historial más complicada y extensa basada en un acontecimiento real o imaginario, fruto maduro de la fantasía. Empápase esa manifestación literaria en el espíritu social de cada época, revela con claridad las inclinaciones populares, en su investigación ahonda en los fundamentos de la familia, y obrando en un vasto campo de acción, tiene poderoso influjo en el carácter general de la literatura, cuya fuerza vital asegura y consolida. Su mayor perfección estriba en que ella entrañe el concepto social en su forma más pura.

En las lenguas modernas es la novela, considerada en su aspecto poético, la que ha despertado la profundidad de las inspiraciones, y dado cuerpo a felicisimas ideas que no habrían podido tener desarrollo en las formas reducidas y en el espíritu de otras composiciones literarias. Ella acabala y completa la literatura en nuestros días; y su modo de realizar los ideales que no alcanzaron las antiguas lenguas, suple en las modernas a la fuerza y energía que comunicaron a aquéllas las hermosas concepciones de la epopeya.

La novela propiamente dicha no fructifica sino por medio de las aspiraciones cristianas, moviéndose y girando dentro de los términos de un genuino idealismo social, y siendo los deberes morales como vínculo fraternal los registros que ella toca para producir aquel concierto armónico en que las pasiones nobles del corazón humano, enlazadas maravillosamente, dan la unidad de sentimiento propia de una sociedad bien regida.

No era el espíritu social agente poderoso en los antiguos pueblos para que pudiera ocupar en ellos elevado puesto la novela literaria. El deseo de constituir una sociedad morigerada y discreta no es ocupación del hombre que no ha respirado siquiera las auras vivificadoras de la verdad divina.

Toda manifestación literaria corresponde a una necesidad del espíritu humano, más o menos determinada, y poderosa es la que satisface la novela.

No es maravilla que cuando en las lenguas sabias florecían otros géneros literarios, el novelesco apenas se vislumbrara el en gremio de jerarquías inferiores de la poesía popular, o en manos de ingenios cuyas alas no tenían facultad de ascencender a los espacios de la verdad poética. Moviéndose la novela a impulsos de la idea social, no podía consentir desde luego contemporización con lo falso, para obtener buen suceso en el aspecto artístico ni aun para insinuarse en el gusto del público, como se ha visto en otros departamentos literarios.

La poesía épica satisface plenamente los poderosos impulsos de la humanidad; sus glorias como sus desventuras, encadenadas de manera prodigiosa, llevan a cumplido remate algunas de las fases de la civilización; en esa poesía se ven los impulsos con que el ánimo de los pueblos lleva a cabo su anhelo por la conquista que los fortifica, por la principalidad que los envanece. El poeta para realizar su objeto cuenta con los recursos convencionales de las tradiciones míticas. La poesía épica presagia las épocas de cultura y bienestar de los pueblos, y es plinto que sustenta su engrandecimiento literario.

La dramática es aureola que pone el ingenio en los rasgos interesantes de la vida nacional, cuadro en que se resalta su nobleza, y el hombre como figura principal de él, instrumento activo en la ejecución de las leyes morales que rigen la sociedad, pero apenas con los grandes lineamientos de los afectos y de los sentimientos.

Su trascendencia no siempre es profunda en la imaginación ni en la voluntad, y al cabo, desapareciendo los medios materiales de que se sirve para representar con viveza los caracteres de la vida real, se aminora, y apenas deja en el ánimo ligero recuerdo que a tiempo no se determina con exactitud, y a tiempo muestra la verdad anublada con lo arbitrario puesto por el poeta para vencer una dificultad que no le era dado por medios fáciles y naturales.

En las creaciones dramáticas se ha justificado lo amañado de la relación deÁ poema, con tal que encierre un carácter en que no padezca la verosimilitud del concepto poético. El similor con que a veces se recama el tejido, dramático ha sustituido a la verdad de las situaciones, No es dado al drama, como a la novela, convidado de lo pintoresco del paisaje, pararse a contemplarlo para referir sus bellezas, amenizar su carrera y perfeccionar cada escena de la vida real. Los sentimientos bien. delineados cubren la bajeza de su engaste; y la exageración de las pasiones puede hacer tomar con lisura el sendero agrio y cerril de la falsa teoría, por el camino amplio y descampado por el cual suele andar la sencillez de la naturaleza, si la violencia de las emociones se se apodera del ánimo.

Derrama el corazón por medio de la poesía lírica la fuerza de sus afectos, con lo cual ora nos exalta a la más sublime emoción, ora nos lleva apaciblemente a embebecernos en la contemplación de una vida suave y templada, ya nos cautiva al empuje de movimientos avasalladores y desapoderados. Incumbe a la lírica la modificación saludable de nuestros estados del ánimo, obrando subjetivamente en éste; pero su manera de influir es apenas aura suavísima que riza la superficie de la vida del alma, o vendaval que la sacude momentáneamente, sin que con ello se remueva el fondo ,de las ideas. Permítese en ella no pocas veces que la fantasía se infiltre en las regiones de lo sensible y afectivo, y que de esta unión resulte falseada la expresión del sentimiento. No se sacrifica sin peligro a lo imaginativo la realidad de los afectos; de donde procede que se torne en extravagancia lo que en su principio fue dichosa inspiración, y con todo esa extravagancia, o llámese extremada originalidad, ha hecho que la fama en ocasiones esfuerce su voz para pregonar el nombre de sus autores.

Empero, los extravíos de estos géneros poéticos no bastan a producir una alteración general en la literatura, refiriéndose tan sólo a aspectos particulares de la belleza: y más, la -decadencia o levantamiento de sólo uno de ,ellos no es señal de la decadencia o levantamiento de toda una literatura, y a no haber en ésta simultánea decadencia de todos, ella llevará dignamente la diadema de soberana de -una lengua. El género épico ha faltado en alguna literatura, se ha relajado en otra por el mal gusto el concepto lírico, en otra ha dormitado por largo período el poema dramático, y no obstante la lengua se ha mantenido viva y lozana, alimentándose con más o menos vigor de todos los demás departamentos de índole literaria.

No así el género novelesco que por sus condiciones esenciales de manifestación poética, y por contar, además de sus propios y naturales recursos, con los de todas las otras, tiene mayor extensión en su influjo sobre la literatura y la lengua.

Mientras la fantasía de los pueblos se enardezca y se mueva con los impulsos de sus creaciones, y mantenga su inspiración nativa y ,enérgica para beneficiar los gérmenes de la novela que bullen en su organización, la lengua literaria tendrá siempre suficientes elementos para repararse y extenderse cualesquiera que hayan sido sus tropiezos, guardando ella para cada género poético los más preciosos elementos. No de otra manera, si se para la atención en los desarrollos de las diversas literaturas modernas, han llegado éstas a perfeccionarse y a adquirir solidez en cada una de sus ramas.

Despunta la novela estando en mantillas todavía una literatura, porque en la esfera de ésta la primera necesidad que siente el espíritu humano es la de buscar en lo maravilloso y preternatural lo que no puede explicarse llana y fácilmente. Los hechos reales bien definidos y los principios que se van formando al compás que se profundizan sus causas son posteriores a las concepciones de la imaginación popular, que suple por esas causas cavilaciones ingeniosas conforme a las ideas de que más se haya nutrido.

Las falsas ideas religiosas hubieron de producir desde luego leyendas en que la intervención de seres sobrenaturales en los sucesos humanos resolvía una porción de hechos que no porque la mera experiencia no podía explicar, dejaban de ser verdaderos, Fantaseólas cada pueblo según sus inclinaciones, o aderezólas según el grado de imaginación que alcanzaban. Así unas veces se muestran grotescas y desvariadas, otras probables y contingentes, otras extravagantes y descabelladas, siempre creadoras de nuevas fantasías

Esas falsas ideas exaltando la imaginación, produjeron a veces leyendas que con tintes poéticos celaban el fondo oscuro de la errónea creencia. Esto no obstaba para que en ese fondo se sobresaltaran como luminosas figuras ciertas creaciones de belleza real que habían de perpetuar esas mismas leyendas, y sin las cuales éstas habrían quedado en sombra de olvido.

Materializadas y todo esas teogonías en las historias maravillosas que sobre ellas forjó el ingenio, encontró alguna ve-, una verdad, que lo puso en término de seguir tras el hilo de la realización de la belleza. Aspiró en otra a realizar ésta con una verdad mal comprendida, y ya que no consiguió expresarla con todos sus atributos y perfecciones, logró al menos mojar en ellos su pincel para dar algunos toques jugosos a la pintura que se propuso hacer.

El ingenio sólo realizó el arte por la verdad. Por eso cuando lo hemos visto buscar en la naturaleza no sus causas y las poderosas facultades que ella tiene para ejercer sobre nosotros todo su encanto, sino deformidades y modificaciones incompatibles con su elevado origen, cuando se desconoce en ella el sello divino de que procede toda belleza, el ingenio comienza a andar desatentadamente, y no acierta jamás a copiar la que en la misma naturaleza se encierra.

En tiempos que fueron aciagos tiempos para el arte, mediando la degradación gentílica, las leyendas populares, no menos que los otros géneros literarios y las artes plásticas, dieron buena muestra de este modo de ejercitarse el ingenio. Qué mucho, si en épocas de refinado progreso, vemos esto mismo realizado por una literatura formada de los efluvios maléficos de la escuela positivista, sumidero de inteligencias y de imaginaciones, espejo y doctrinal de toda perniciosa idea, y que contamina hoy los gimnasios del saber.

El artista pagano, como rompiendo las nieblas en que se ve envuelto, llega a veces a las fuentes saludables de la belleza por el solo efecto de la imaginativa y el espontáneo sentimiento, bien así como habilísimo nauta en demanda de región desconocida cuya existencia presiente, tras largos rodeos y desviaciones llega al cabo al punto anhelado, pero desconociendo la posición de éste y la importancia del hecho realizado.

Si bien en el arte antiguo la imaginación y la intelectualidad alcanzaron mucha extensión en los objetos de su dominio, el corazón en un medío que deprimía o aniquilaba sus inclinaciones más nobles, no podía realizar sino en parte la belleza moral, corona de toda obra artística. Parece el arte antiguo perfecto cuando nos fijamos en los ejemplos de portentosa inventiva que en ellos campea, pero desde el punto que entramos en lo puramente afectivo, no sólo lo encontramos deficiente y abatido, sino mudo y frío. Su acción es incompleta.

Los ímpetus de sentimiento que a cada paso hallamos en los grandes épicos y trágicos, griegos y latinos, no son todos de naturaleza legitima, y cuando llegan a serlo son obra, más que de la ciencia, de la adivinación que posee el genio de las fibras del corazón humano que ha de tocar para producir vibraciones delicadas y suaves.

El filósofo griego en aquellos movimientos a que lo conducían una conciencia firme y una intuición poderosa de la verdad, nos explica por boca de la extranjera de Mantinea los tres linajes de belleza, todos los cuales nos llevan a la contemplación de la belleza absoluta, y que según el sapientísimo Menéndez y Pelayo, es el ditirambo más hermoso en loor de la eterna belleza.

Presintió el filósofo la estética cristiana, pero aquellos que se encargaban de sacar la hermosura de la naturaleza no lograron dar a ésta el verdadero temple, y no pasaban de copiarla sin poner de resalto los destellos con que se ve cuando a su luz se contempla su elevado origen, a fin de llegar al remate de la belleza moral.

La filosofía indicó el camino que habla de seguirse para llegar a la cúspide de la belleza soberana, pero el arte se detuvo en él embargado por la consideración del mundo real y de sus hechizos y maravillas. Aprovechó el sentido estético moderno esas creaciones, y siguió el mismo rumbo hasta encontrar sus más puros ideales. Tal fue la obra del Renacimiento, que benefició las manifestaciones del arte pagano, purificándolas en el crisol de la verdad religiosa en que toda idea o afecto se acendra

Además por la realización de la belleza e imaginativa se ha alcanzado quizá en el arte .la de la belleza moral, por el consorcio estrecho de estos tres grados de belleza; y de tal suerte las máximas de los sabios, los aforismos de los pensadores, y aun los preceptos literarios de los poetas antiguos, han llegado a convenir con la cristiana doctrina y aun a ser fórmula de sus principios, y los monumentos arquitectónicos y esculturales a tener virtud de elevar las almas a divinas contemplaciones.

De la misma manera que los preceptos estéticos no fueron siempre consecuencia exacta de una forma precedente, en lo literario muchas de las reglas, por ejemplo, de Horacio y Quintiliano, no vinieron a tener desarrollo y aplicación completa sino en el terreno cristiano. De aquí que no podamos en algunos casos compaginar la verdad del principio con algún hecho anterior que le hubiera servido de base.

Llegóse por tales vías a realizar la belleza de los afectos que enaltecen el corazón humano; pero en el arte no se mostró jamás la armonización de los sentimientos y pasiones por medio de la cual se obtiene el ideal de una sociedad, que sólo ha sido dado relizar en el ,orden cristiano.

La elevación de los afectos que en muchas de las obras de la literatura griega y romana aumenta los quilates de su forma, no era condición inherente a la naturaleza de aquella literatura, sino una manifestación accidental del trato que de ella hicieron los que, a pesar de sus erróneas creencias, suavizaban su carácter y sus inclinaciones con el de todas aquellas ideas que ejercen imperio templado y justo sobre el corazón. Lo que informa una literatura nacional no es más que la representación viva y enérgica de las condiciones morales e intelectuales de un pueblo. Toca a ella es cierto modificar tales condiciones en éste u otro sentido, abrir nuevas vías a su acción, facilitar la consecución de sus miras, y descubrir a su espectación amplios horizontes; pero cuando en esa literatura aparece apenas alguna nobleza de afectos sobre el asiento de las costumbres aviesas que representa, no es parte a modificar en buen sentido las corrientes de -estas, en cuya amargura inmensa se confunde y desvanece la dulzura de toda bondad que le sirva de ornato.

En tal término la literatura no podrá encontrar estímulo para realzar el espíritu social, y todo relato novelesco, falto de color necesario con qué desarrollarse y extenderse, ha de ÁIngerirse luégo en otros géneros líterarios.

Lo que de Petronio y Apuleyo nos queda apenas se muestra como un cuadro en que por el desconcierto de las pasiones se abate la idealización de los personajes en el inquieto bullir de una sociedad sin vínculos de afecto -y sin cohesión en su manera de existir; y en que la oscuridad de los colores y lo confuso de las fisonomías hace que las figuras se esfumen o desvanezcan en un fondo sombrío y desordenado.

Tales ficciones novelescas vienen a ser, en punto de penetrar los secretos pliegues de la ,conciencia humana, una, manera seductiva de fomentar impulsos innobles con el fin de dar batería para derribar las fortalezas en que se guardan los sentimientos más preciados con que el humano corazón se enriquece.

Una y otra manera de presentarse la antigua novela eran presagio de la realista que había de aparecer después, nacida en las sentinas de una filosofía materializada y sin ideal, la cual corno deshecha tormenta desvasta hoy el amenísimo campo de las bellas artes y de la literatura; que no han de ser los errores trasnochados privilegio de los tiempos de oscuridad en la moral y en la política.

Atentas las cualidades que predominaban en los antiguos pueblos, ya auxiliada la literatura por muchas de las ideas venidas de oriente al sur de Europa, la novela hubo de tomar el carácter de heroica, que era la condición que enardecía y exaltaba los ánimos de pueblos que sólo pensaban en empresas bélicas de conquista, glorificación de paladines dotados de poderosa fuerza y representación de las inclinaciones de los hombres que vivían del arrojo, la temeridad y la abnegación. Los trances y altibajos de los tiempos primitivos dieron origen a novelas en que los héroes míticos se muestran encaminando los destinos de la humanidad. El haber prevalecido en aquellos tiempos semejantes leyendas y el hecho de revestir siempre con lo maravilloso toda acción humana importante para las ideas de sociedades incipientes, fue lo que hizo que toda verdad histórica quedase enredada entre las apretadas mallas de la red de imaginaciones y de ensueños en que se encerraba cualquier hazaña que se ejecutase, cualquiera obra que se emprendiese en pro común de cada uno de los diversos pueblos' y que al cabo no se pudiese distinguir lo que era verdaderamente real y lo que era meramente imaginativo.

La tradición oral sin duda se encargaba de conservar semejantes partos de la fantasía, y probable era que ellos fuesen variando y acomodándose al sentimiento de los que las transmitian hasta que al cabo tomando forma literaria dejaban algunas de sus extravagancias y escabrosidades.

El más antiguo de los épicos y el más antiguo de los historiadores profanos hubieron de recoger aquellas tradiciones, y rastrear por ellas, cercenando las exageraciones hasta donde era posible, dado su criterio poco seguro, la clave con que explicaron la mayor parte de los hechos que narraron o poetizaron. La historia viene a ser entonces hija de la novela; es indudable que entre pueblos no ligados por los grandes afectos del alma, no se hubieran custodiado con la solicitud extremada las tradiciones de los antepasados, a no correr revestidos con el interés que les prestaban lo maravilloso y lo fantástico.

Lo maravilloso introducido en la epopeya no era más que el tributo que pagaba el poeta a .la necesidad de imaginar en que se ven los pueblos, cuando el pensamiento carece de principios reales con que despertar las ideas. No parezca, pues, extravagante el maravilloso introducido en los antiguos poemas épicos; parezcalo únicamente cuando se vean en ellos, en revuelta mezcla con carácter de maquinaria, lo verdadero con lo falso, o las personificaciones entecas de ideas abstractas, como lo vemos en las que en mal hora imaginó aquel poeta cuya memoria hicieron infeliz sus desvarios filosóficos, y a quien endiosa hoy la degradación de un pueblo.

Así como la historia en la vida política de las naciones, la relación novelesca obra en su vida social, y a medida que la primera adquiere importancia y alecciona a los pueblos, la segunda acrece su valor y extrema su influencia bienhechora. Que, pues, la novela saca su fuerza de la actividad del espíritu social y de todas las virtudes que él engendra, su nutrimiento dependerá de los afectos naturales con que ese espíritu se sostiene, y no de las pasiones o amaños creados por caprichos inveterados, prevenciones no justificadas y estímulos inventados por una errónea comprensión de las virtudes públicas.

La constitución social de Grecia y Roma se mantenía sobre fundamentos deleznables en lo moral; no era mucho que allí la novela apenas desempeñase un papel secundario en la esfera de la literatura; esto es, que allí no fuera más que un elemento informe que podrían beneficiarles varios géneros poéticos, pero que no se veía realzado por sí mismo con los más puros lineamientos del ideal poético.

La relación novelesca fue a la verdad origen de leyendas míticas, de falsas teogonías, de los grandes poemas dramáticos y aun de las atelanas y los mimos en que éstas degeneraron, y de muchas fábulas o apólogos que con más o menos primor han venido hasta las lenguas modernas transformando su vestimenta. Los hechos novelescos son en los poemas épicos arreos con que los vates visten el cuerpo de sus creaciones a fin de causar mayor embeleso.

Los ímpetus generosos por alcanzar la mayor suma de libertad política, la temeridad como consecuencia de una abnegación desordenada, el rigor en la energía de los sentimientos patrióticos y el convencimiento de una extremada superioridad, así en lo fisico como en lo intelectual, era lo que daba temple a las almas, que no tenían por otra parte el sentimiento moral a la altura de tales condiciones. Estas, por tanto, hablan de comunicar todo impulso y poner sello a los partos del ingenio, y mostrarse como su fondo más importante.

Las producciones poéticas de las naciones en que la literatura se mostró más esplendo y floreciente, adolecieron de la carencia las ideas que penetrando en los afectos, en los sentimientos del corazón, en los generosos arranques de sublimes pasiones, en los dictados de la conciencia y en las inspiraciones del animo, los fecundan y aparejan a efectuar nuevos y mayores hechos de sublime virtud. Es reconocido que toda idea al penetrar en el entendimiento, y todo afecto en el corazón, que dará como aislado y será infecundo cuando no es recibido en uno ni en otro por ideas o sentimientos primordiales con los cuales se eslabone para formar la áurea cadena cuyos anillos conducen a la causa primitiva y eficiente de los fenómenos del alma. Entendimientos y corazones no ejercitados en esas primitivas nociones, si por acaso llegan al fruto de la realización de una idea, se sentirán luégo marchitos y extenuados, sin aliento para seguir ensanchando el círculo de sus pensamientos.

En efecto, faltando las nociones teológicas en el espíritu humano, no es posible adelantamiento alguna eficaz y constante, ya que ellas dan consistencia y forma a la exactitud de todos los pensamientos. El hombre necesita siempre de un gran número de verdades primitivas, cuyo conocimiento es el muelle principal por medio del cual, todas las demás llegan a granazón y se alcanzan con seguridad y fijeza. Sin ese conocimiento, el esfuerzo de la inteligencia es baldío e infructuoso, y si la imaginación emprende vuelo no tarda en abatirse lastimosamente. Eh aquí por qué insignes talentos han desatinado en la apreciación de los hechos, en el análisis de las verdades y en el modo de considerar los afectos. La ignorancia no dio nunca nada de si; su ejercicio no puede engendrar más que una ingorancia mayor. Lisonjéense con ella los necios, que tal lisonja tendrá siempre como pensión la ridiculez en que caen a los ojos del discreto.

Los errores en literatura, en su mayor parte, van unidos a la carencia total de la poseción de esas verdades, y secuela de esa carencia es el descaecimiento literario.

El sentimiento estético, alumbrado por ellas, evita las sinuosidades y falsas sendas que lo extravían en la realización de un objeto; ellas muestran éste en lumbre natural, sin colores prestigiosos que seduzcan el corazón, sin las tintas abigarradas con que suelen cubrirse, siempre en su forma más sencilla, siempre en el verdadero puesto que le corresponde en el orden de los seres creados.

Muchas de las virtudes, afectos y sentimientos, tenidos en más estima entre los cristianos, fueron considerados de la propia manera aun en las religiones más alejadas de la verdad divina, y fueron materia de sus artes y de sus letras; y con todo esto, ni hicieron dar un paso en el mejoramiento moral de los que así las apreciaban, ni tuvieron fuerza bastante a deprimir todo lo que a ellos se oponía, ni dieron carácter esencial a esas mismas reglas y artes. Si se miran aisladamente tales cualidades, luego se advierte que confrontan de todo, en todo con las que se practican dentro de] distrito cristiano, mas como no partían de las; ideas esenciales, no tuvieron trascendencia notable. La manifestación de las ideas que esas; buenas cualidades reflejan, se ve apenas como lampo purísimo de una moral elevada en el amplio campo de una literatura en que por vistosas que sean sus galas, los ojos menos perspicaces distinguen las deformidades que encubre.

No se veía de esta manera formado el temperamento social a propósito para idealizar y dar esplendor a los hechos, comunicar a los corazones alguna aspiración fraternal, y suministrar al poeta buenas imágenes sociales que imprimieran a la novela animación y viger.

Si en la vida materia social y política los pueblos que dieron en e arte las primeras enseñanzas, obedecieron m s que a instintos de la naturaleza y a las inclinaciones regulares del corazón humano, a las sugestiones del artificio para vencer y dominar, todo lo que a la fantasía se refiriera venía a hallarse impregnado del espíritu de fatalidad en lucha con los impulsos del deber. Lo artístico y lo literario crece y se desenvuelve siempre en una atmósfera social elevada, y lo que empece a la constitución de esa sociedad tiende a subir y contaminar las condiciones del arte o de la literatura, no de otra manera que los elementos menos propicios para la respiración se alzan a inficionar las capas superiores del aire.

Atada la fantasía y la inteligencia a la consideración de lo frágil y perecedero, ni ésta descogería sus alas para levantarse a las concepciones de la belleza social, ni aquélla tendría aliento para indicar a la imaginación las verdades que a ese linaje de belleza conducen. Ni bastaron tampoco los impulsos naturales y legítimos que la voluntad es susceptible de seguir, cuando el artifice se encontraba detenido en su vuelo por las leyes estéticas falsamente ideadas, bajo las cuales se habla ejercitado.

Algunas tradiciones que contribuyeron a la formación de los poemas épicos, de las leyendas y del drama no eran más que ficciones con que fantasearon los pueblos con el objeto de que se conservasen con interés los sucesos pasados en la memoria de las generaciones. Tuvo la fantasía de los pueblos primitivos como recurso fácil juntar en amigable consorcio, lo ingenioso con lo sencillo, lo factible con lo verdadero, lo contingible con lo seguro, lo ridiculo con lo grave, acondicionar los contrastes, las cualidades antitéticas de los objetos, y encarecer con el calor de la imaginación los hechos que llamaran su atención, y modificar el orden de los hechos en la naturaleza moral.

Así. las historias de Hércules, Teseo y Milón de Crotona, de Jasón y Medea y de Pasífae brotan de la imaginación de los antiguos pueblos; y así adquieren interés un buen número de sucesos que de otro modo no se habrian recordado en el transcurso del tiempo.

Cada pueblo, según sus reglas de moral, sus instintos, sus costumbres y sus ideas religiosas, alimentaba su imaginación con sus creaciones novelescas, pero en todas ellas se muestra como ordinario móvil de la exageración de los hechos el halago de las pasiones que prevalecen.

Los pueblos orientales, dotados de vivísima imaginación, abrieron un espacio infinito a los placeres sensuales,- que fueron el principal argumento de sus novelas, si bien por el mismo ,encarecimiento de ellos, lo material desaparece ente lo indeterminado, aéreo y fantástico.

Las Mil y una noches, en que no es extraña la razón a sus combinaciones, nos muestran lo que pudo ser el espíritu de la novela oriental en orden a la exageración de las pasiones que en ella abundaban.

Fue privilegio de levantados ingenios recoger los hechos novelescos, apartar sus asperezas, pulirlos con los finísimos instrumentos del buen gusto, acendrarlos en la magnifica copela de la poesía, y refundirlos en las diversas formas de ésta a fin de que depusieran su nativa y viciada rudeza. Ciertas invenciones novelescas que tuvieron forma repugnante al principio, modificadas de esta manera, han acabado por producir verdadero hechizo en el ánimo.

Pareció tan natural la ficción a la mente, que se consideró medio para enseñar y adoctrinar. Utilizólas la antigua filosofía para allanarse al entendimiento de la gente indocta, ofreciéndose bajo la forma de cuentos festivos y amenos de que se habla de deducir alguna verdad moral; los cuales quizá en los siglos modernos inspiraron la excelencia de los de Perrault, Madama Beaumont y Andersen.

Pero Àa qué buscar ejemplos de su valía en lo humano, si la misma verdad tiene por bien ofrecérsenos a cada paso en las sagradas escrituras con el velo de una ficción? Las parábolas del Divino Maestro, en que aspiramos el aroma de las celestiales mansiones Àqué son sino los misterios divinos que dan lumbre al entendimiento, que nos arroban en sublimes contemplaciones, y con los cuales nos abrevamos en fuentes de vida y sentimos la inefable suavidad del amor eterno?

Que la ficción novelesca es la creación más espontánea de la literatura, y por consiguiente la que despunta en sus primeros albores, nos lo persuade la consideración de que ella se encuentra animando todos los géneros literarios primitivos. Ella es antes imaginativa que reflexiva, y la imaginación empieza a facilitar el camino del arte. No lo tuvo la imaginación popular para idealizar los sucesos que tornaba de la vida humana, con el objeto de señalar sus causas según sus creencias sobre el mundo y la naturaleza. Los cuentos que corren en boca del vulgo, y que de niños nos deleitaron, nos parecen desde luego ensueños engendrados por el desvarío, y con todo eso, si los tornamos a oír, ya en edad proyecta, nos hechizan sobre manera, no por la artística disposición del suceso que vamos a buscar en ellos, sino por la espontaneidad de fantasía que les dio forma. Son estos relatos las formas primitivas de la novela, cuya antigŸedad se prueba encontrándose en las tradiciones de todos los pueblos, y pulidos y sublimados después en las literaturas.

Los ideales mitológicos no podían desaparecer enteramente de la fantasía popular por el sólo efecto del tiempo; así que aun en los pueblos que empezaban a cristianizarse, a pesar de haber recibido de buen grado la palabra evangélica, todavía sus tradiciones, sus leyendas y sus poemas conservan un tinte de poesía mítica notable, el cual sigue mostrándose hasta los siglos más avanzados. Las aficiones al arte griego modificado por el espiritu latino, no podían desecharse por pueblos que se habían lactado con los recuerdos de las hazañas de las épocas de conquista y exterminio, y para quienes el tiempo agrandaba sus héroes. Cierto que tras el apogeo del arte y de las letras en Roma progresó en algunos países europeos el elemento oriental con la preponderancia del espíritu bizantino, y que esto modificó un tanto la ideas literarias, pero por ello ese elemento no vino al arte sino como mero accidente, ya que !os preceptos del arte greco-romano tenían fuerza de ley en la conciencia del artista y del letrado.

No hubo por estos tiempos literatura popular, de índole nativa, original propiamente dicha; eran tiempos de decadencia en lo intelectual, porque así lo exigía el planteamiento de las ideas morales que iban labrando en las generaciones, y cuyo primer paso era erradicar falsas ideas de la conciencia popular.

La vida histórica en esa época es de lucha; el organismo de las antiguas nacionalidades, se siente enflaquecido, y lleva una existencia desasosegada y temerosa; el horizonte de cada nación se estrecha con las nieblas del error, que no permiten extender las miradas en los espacios de lo porvenir, y que pugnan por cerrar el paso a las influencias cristianas.

La lucha de una nueva civilización con otra que radicaba en profundos errores no era propicia para despertar la imaginación popular, y hacer que diese comienzo una literatura con apariciones felices. La tradición literaria se ,conservó en los pueblos herederos de los romanos solamente en el espíritu ascético y mistico de los grandes escritores de la Iglesia cristiana, y se encerró dentro de los términos de la erudición y la filosofía, vedadas a la comprensión del vulgo. La Áira cristiana pulsada por ingenios tan levantados como Sidonio Apolinar y Aurelio Prudencio, unas veces inspirada en los inefables arrobamientos de la visión beatífica y otras empapada en las lágrimas de los mártires, dejaba tan solo el eco de las armonías clásicas; y los divinos conceptos de San Leandro, San Isidoro y San Braulio, expresados en lengua clásica, tenían sublime resonancia apenas en las bóvedas de las basílicas y en los claustros de los monasterios. Los eruditos no hacían mas que ocurrir a la lenta gestación de los idiomas modernos con cuya fuerza habían de levantarse también los modernos estados, guardando los mejores materiales en las mejores ideas, y cumpliendo así la ley providencial de la unidad histórica por medio de las lenguas.

En estos siglos apenas podía mostrarse la novela bajo la forma de leyendas en que generalmente se retrataban las asperezas de una vida en que la ignorancia y el servilismo de las categorías inferiores apartaba por completo a éstos del trato con los amos o señores, y en que apagado el espíritu social, no podian ser de utilidad moral para éste.

Del siglo IV son dignas de notarse entre esta clase de composiciones, las Etiópicas o novela de Teágenes y Cariclea, escrita por Heliodoro, obispo de Trica, y cuya fama no creció hasta los tiempos de Cervantes, quien hizo de ella tipo de la más limpia y elegante de sus novelas; obra que si bien es de rara Invención, suavísimo estilo y señalado objetoen cuanto trata de rendir el amor liviano con el amor casto, no da a conocer el espíritu social de la época, recatando la verdad con la fantástico y lo falso.

No se hallaban en término los pueblos, que apenas poseían una lengua en formación, ruda y variable por los infinitos dialectos con que la teñía cada provincia, según sus necesidades, su cultura material o sus caprichos, de hermosear las formas que produce la fantasía popular, legendarias o narrativas. Es probable que muchas de éstas desaparecieran, y quelas demás, acaudaladas después por la nobleza y gallardía de las expresiones, vinieran a alternar con otras composiciones poéticas. Las producciones del ingenio popular no aseguran su estabilidad, ni forman en el cortejo de las propiamente literarias, sino enderezadas por el arte y el buen gusto.

Así el romance nació* de la literatura popular en España, como en Francia las composiciones llamadas fabliau; pero ni una ni otra de esas formas levantó su vuelo sino a medida que se cortaban conforme a la traza quelos poetas doctos indicaron. No entiendo con esto decir que las formas literarias de origen popular han menester para llegar a su cumbre que los caprichos de erudición martiricen la lengua con vana y artificiosa locución, ni que las épocas de afectación en una literatura sean propicias a su cultivo y desarrollo. En ellas, por el contrario, la imaginación popular, lejos de adelantar, retrocede, temerosa -de escalar inaccesibles eminencias.

En los pueblos del norte, a donde no alcanzó la invasión romana, y la originalidad de sus creaciones no se vio enturbiada por elementos extraños, donde desde los principios fueron unas sus inclinaciones, sus creencias y sus tradiciones y el lenguaje no sufrió modificaciones profundas por consecuencia de la superioridad dominadora de otras lenguas, se notó una cultura peculiar, a propósito para desarrollar un espíritu social de grande impulso. De donde resultó que la leyenda o la novela, aportaron sus relaciones a los poemas y a la mitología, y prepararon el camino a las creaciones literarias constitutivas del ciclo ,de Merlín y del rey Arturo, que vinieron a ser el rico acervo del cual habían de sacar muchas de sus ideas no sólo los monumentos de la literatura escandinava, germana y anglosajona, sino también las primeras novelas caballerescas de la Península ibérica.

No tuvo antes de la aparición de los grandes poemas de la Media Edad carácter propio la literatura en los paises del sur y occidente de Europa; y difiriendo por otra parte los pueblos que nacían, en creencias, índole y manera de vivir, las reminiscencias de los hechos más notables carecieron de enlace intimo con las necesidades de lo presente, y no vinieron a tener trascendencia alguna en el curso de la vida política que habla de seguir cada pueblo; la historia del uno no se eslabonaba con la del otro, ni el progreso del uno se fundía en el del otro. No habiendo centros de donde la luz de la ciencia irradiase poderosa sobre todos los pueblos para atraerlos y establecer entre ellos un enlace robusto por medio del cual se compenetrasen sus creencias, sus opiniones y sus conocimientos, por el mismo caso se encontraban disociados y sin principios fundamentales sobre los cuales descansase la obra de una común prosperidad que despertara afectos mutuos para formar una misma nacionalidad en que la identidad de una futura suerte igualase los esfuerzos de sus trabajos y de sus empresas.

Las corrientes de la antigua civilización en lo artístico no se encauzaban bien por las vías que sigue el progreso cristiano en lo moral e intelectual de modo que las concepciones del pensamiento no tenían consistencia ni norma segura a que atenerse. La rudeza original e indígena admitía elementos ajenos a su propia índole, y acarreaba obras literarias de existencia efímera que no tardaban en arrumbarse, sin haber dejado rastro alguno de su doctrina, sin que se viese siquiera el carril que dejaba en pos de sí.

No era dable que en tan míseras condiciones la cultura literaria fuese creciendo la novela a la manera de mies vigorosa hasta rendir al cabo ricos y apreciados esquilmos que coadyuvasen al levantamiento de los demás ramos literarios. Si el espíritu popular la inspira, ella anda desatentada, y se convierte en mero cuadro de costumbres sin llevar en sí el germen de un gran principio moral derivado de las leyes a que obedece la complexión sana de la sociedad.

Italia se habla hecho guardadora de las riquezas intelectuales y artísticas del antiguo saber que por su pureza hablan quedado flotando en la civilización cristiana, y por consiguiente esa privilegiada región se hallaba en mejor condición de alentar el espíritu popular, de infundirle unidad, y de combinar los materiales dispersos de modo que se adaptaran todos éstos a las necesidades de los pueblos regenerados. Con todo esto, quizá era en esa región donde se encontraban mayores dificultades para el advenimiento de pueblos nuevos, porque precisamente allí se escuchaba por todos lados el fragor de las ruinas, el estruendo de las fábricas que se derruían, y en tal extremo, las generaciones, fijos los ojos en lo pasado, no se dan manos a conservar lo que al presente tienen, y ven a la continua nubes amenazadoras en sus horizontes, con las a irrupciones de pueblos extraños. Los ánimos entonces se sienten agobiados por la pesadumbre de las pruebas a que se ven sometidos; el espíritu social se adormece y decae.

Tocó a Italia albergar en su seno los caudales del arte y de la literatura clásica, y alimentar la llama de la belleza con los materiales que ambos le suministraban. Al resplandor apacible de esa luz los pueblos meridionales daban forma a sus concepciones, pulían y acicalaban sus conceptos, poniendo una y otra vez en el yunque las diversas figuras con que había de salir el pensamiento; acrisoladas en la copela de la inspiración cristiana las ideas que se tomaban de la herencia literaria que Italia custodiaba por derecho de sucesión inmediata, no produjeron, con todo, en los pueblos que las tomaron, producciones de grande aliento, ni de originalidad notable, pero sí modificaron las fantasías populares, despojándolas de elementos que las deslustraban; preludio hermoso de lo que andando el tiempo, habla de ser la novela en los tiempos modernos.

Toda literatura de fuera de Italia procuraba observar los medios en que vivía la de ese pueblo, para domiciliarlos en el terreno en que ella ejercía su acción, y adaptarlos como lo requiriesen las necesidades de sus propias letras y artes. Fue ella así no sólo guardadora del buen gusto, sino su generosa dispensadora.

Poco a poco, por virtud de la fuerza natural del tiempo, el ingenio popular español en quien no hablan clareado aún las manifestaciones que dan a conocer la plenitud de su vida, se despertaba y cobraba brios con la introducción de la cultura judaica y arábiga; especie de riego saludable que sólo esperaba el carácter español para encontrar aspiraciones que enlazasen sus diversos pueblos, y que esforzasen con eficacia las obras de su fantasía, estímulo poderoso que establecía justa competencia entre el pueblo invasor y dominador, dotado de superior imaginación, y el originario de Iberia dotado también de viveza de ingenio, pero que aun no se había ejercitado en el desenvolvimiento del arte literario. La repulsión que siempre experimentó el pueblo invadido por el invasor y la renuencia a recibir las enseñanzas doctrinales que éste quisiese imponer a es otro no fueron dique bastante poderoso para que el torrente de la civilización oriental se represase, y no alcanzase a influir en mayor o menor grado en los pueblos hispanos, según la situación geográfica que ocupaban, ni entrase en la crítica de los filósofos y los sabios de aquel tiempo.

Unidos los elementos semítico y arábigo a los que la gente del norte dejó como huella de sus acometidas en la Península, se pusieron los habitantes de ésta en condición de expresar en lo literario todo lo que se movía en su imaginación, todos los sentimientos que se albergaban en su noble ánimo, y contribuyeron a lo que pudiera llamarse los antecedentes de la historia literaria de la Península. La dominación arábiga sacude la atonía de los pueblos hispanos, y da salud robusta a su unidad, al par que la influencia semítica favorece la perseverancia en las empresas relativas a lo práctico; concurso de fuerzas que comienza a exigir la satisfacción de las necesidades anexas a la organización de los pueblos.

El ingenio español, sin embargo, al recibir los favores de la poesía oriental, desechaba todo lo que en ella procedía de falsas creencias, de ideas exclusivamente muslímicas, de prácticas o costumbres que repugnaban a la generosidad española y de los delirios con que esa poesía halaga los afectos materiales; el espíritu cristiano que se extendía cada vez más en las esferas científicas como en las literarias y artísticas no se quebrantaba ni relajaba y vino a ser entonces el criterio que hacia esmerada selección de lo que tributaba el elemento grecolatino y los conocimientos de los eruditos muslimes e israelitas: de tal suerte, el ingenio español, movido a impulsos del cristiano sentimiento, descuajaba en selva secular la broza y malezas de la fantasía musulmana, así como las que con el tiempo hablan crecido en el arte grecolatino por la introducción en él de falsos conceptos, los cuales embebían el jugo de las demás producciones y perjudicaban a su florecimiento. Quizá ninguna otra literatura tuvo en sus principios condiciones tan favorables como la que se levantaba en España, porque quizá en ninguna otra nación el sentimiento cristiano entró con más seguridad a levantar la nacionalidad. Recibiendo en primer lugar los más valiosos elementos de las mejores literaturas, entretejiéndose éstos con la más fina pedrería traída del oriente por medio del muslin y del israelita, y habiéndose asimilado una buena cantidad de conceptos traídos por los hombres del norte en fondo puramente católico se habla hecho una maravillosa amalgama que allanaba el camino a una gran literatura, y que hacia ver en lejanía y en eminente altura el trono en que la habían de regir un Mariana, un Lope, un Calderón.

No recibieron dones de tanta valía Inglaterra, Francia y Alemania en su literatura, donde si bien se hizo caudal de muchas ideas latinas, y el elemento oriental entró en ellas como consecuencia de las luchas de las cruzadas, es lo cierto que allí esos elementos se introducían sin depurarse de lo falso o de lo fantástico, y que esas nociones no tenían suficiente riqueza cristiana para que las ideas propias y originales fuesen absorbidas por ella.

Alzóse en esos pueblos a mayores la literatura indígena y quizá en extremo vanagloriosa desechó el eficaz auxilio de formas y de ideas que le ofrecieron poderosas literaturas; y cuando menos pensó, desmerecieron sus condiciones en la competencia literaria.

De tal manera se manifiesta la relación entre el espíritu social que da esfuerzo a la novela y las literaturas en que se hallan los orígenes, antecedentes y filiación de los idiomas modernos; y la luz crepuscular que despiden en su ocaso esas literaturas se ve transformar en los albores de aquellas en que la idea católica infunde nuevo soplo de vida al arte civílízador.

En este paso de la antigua a la moderna literatura se coloca una manifestación importantisima del ingenio humano, no engendrada propiamente por la fantasía popular, no de novedad fundamental en su fondo, pero que sí tenla relación con la vida social y política de aquella época, y en la cual de dibujan como en sombra los esfuerzos contrapuestos de la humanidad en busca del reposo que han menester las generaciones tras aquel largo bregar de un antiguo orden de ideas que hizo de los desvíos y errores seculares el rebellín en ,que se hablan de defender sus más fuertes lidiadores para cerrar todas las entradas de la verdad moral, política y literaria en la moderna sociedad. A esta clase de producciones pertenecen las gestas de Carlomagno, el ciclo del rey Arturo o de la Tabla Redonda, y los poemas de aventuras o de caballerías.

Las primeras o sean las que forman el cielo carlovingio, si bien tienen fondo histórico y sus caracteres. son de reminiscencias európeas, tratándose en ellos de los hazañosos hechos del gran emperador, de los pares y su séquito y de las guerras de paganos, entre los cuales se comprenden así los pueblos germánicos como los sectarios tenaces del islamismo, fueron popularizados y tratados por los troveros, revistiéndolos con un ropaje que ofrece cambiantes religiosos y militares, cristianos y paganos, y que trae a veces el recuerdo de la lujosa exuberancia de los poemas bizantinos impregnados del elemento grecoasiático. Ninguna aplicación a! elemento social tuvieron a la verdad aquellos poemas. El hilo de su tradición literaria se rompió cuando cobraron fuerza& las literaturas modernas, y el espíritu que los animaba dejó de tener preponderancia en ellas..

El cielo de Merlín o de la Tabla Redonda tiene quizá más importancia que el anterior por el auge que alcanzó entre los poetas porlargo tiempo, y por haber determinado una. nueva faz en las ficciones novelescas y populares. Participa menos del carácter grecoasiático, y en él parece haber influído más las ficciones de los pueblos célticos. Inmortalizó el poeta florentino en lamentable verso, como lo observa Littré, Çpresentándonos a Francesca de Rímini leyendo uno de ellos, cuando correspondió al amor de aquel que con ella lela, y que se hizo su eterno compañero, su eterno amanteÈ. Produjo este siclo una porción de imitaciones por las cuales se dejaba ver bien claro que el ingenio no quería o no, podía salir de un círculo demasiado estrecho, en que las maravillas de los hechos van re,produciéndose y repitiéndose sin cesar de diversas maneras sin inculcar con ellos máxima alguna en beneficio de la vida social de aquel entonces; mas la verdad es que tales invenciones exaltaban la imaginación adormecida de los pueblos, que alzaban sobre el pavés a sus autores en medio del abatimiento en que Vacía toda otra clase de fuerzas literarias.

Los poemas de aventuras entran luégo sin filiación histórica anterior, pero quizá estimulados por las leyendas heroicas que privaban cuando ellas aparecieron En algunos de éstos campea la fantasía con la mayor libertad, y un amor inverosímil y desconcertado se envuelve entre los senos de la leyenda religiosay en otros se hace ese mismo amor materia de jocosidades sublimes, por lo cual en el lenguaje moderno se podrían llamar humorísticos. Entre los primeros descuella el ciclo, o como, lo llama nuestro Cervantes. el linaje de los Amadises, cuyo espíritu era el que más se avenia con el genio español, por verse esmaltado -Siempre de rasgos de generosidad y desenfadada hidalguía, unidos a la arrogancia de carácter y vanidad puntillosa de sus héroes. Dignos de notarse entre los segundos son el Viaje de Carlomán a Jerusalén que así nos embelesa con la ejecución de una ardua hazaña corno nos desencanta luégo con los ímpetus de risa que provoca en nuestro ánimo; y el Orlando enamorado, que don Andrés Bello tradujo en nuestra lengua, habiendo penetrado antes en las más escondidas intenciones del original. Mas no viene a mi propósito hacer grande y donoso escrutinio de esta clase de obras para que me detenga a enumerarlas, y a ser puntualísimo escudriñador de la mayor parte ,de ellas; obras que hoy solo se exhuman para estudiar los antecedentes históricos de la len. gua y apreciar por lo que eran las antiguas propiedades el valor de las actuales.

En las narraciones de esos poemas no se advierte el colorido y viveza que debe caracterizar las escenas de la vida real. Si el pintor tratara de inspirarse en los cuadros que esas ficciones nos presentan, a buen seguro que retratarla los entes imaginarios con que la fantasía delira dominada por alteración nerviosa. Las pasiones de la vida humana aparecen en ,ellas gobernadas por fuerzas fatales y maravillosas que no simbolizan jamás las admirables leyes materiales y morales con que se rige el alma humana en las luchas que se traban entre ésta, en su tarea de elevarse, y los instrumentos de que se sirve el mal para deprimirla.

La aparición de los poemas caballerescos dio margen a desviaciones del espíritu literario, originadas de la falta de apreciación filosófica de los caracteres de una sociedad nueva levantada por las ideas cristianas, procurando conciliar, por medio de un sincretismo absurdo, las alucinaciones que trae consigo la ignorancia de los hechos reales combinada con los errores en orden a las creencias de la verdad revelada, o sea con una defectuosa posesión de esta misma, todo lo cual desvirtúa el criterio con que debe emplearse la belleza en el arte.

El alma humana que se siente flaca en el conocimiento de la verdad cientifica, y no bien abastada por esfuerzo propio en verdades reveladas, forma un vacío en su corazón que luégo viene a llenar todo género de errores y preocupaciones que la vician y que se connaturalizan con ella. Los libros de caballerías, que primero fueron devaneos de talentos mal ejercitados, vinieron a ser luégo, en virtud de la perverción del gusto que ejercía en almas en quienes no iban apareados la experiencia y el conocimiento de las verdades religiosas, alimento indispensable para su imaginación. Empero, digamos de paso que estas alteraciones de la vida intelectual de los hombres han sido frecuentes, sólo que no siempre se presentan con unos mismos aspectos. Al presente no hemos tenido libros de caballerías que hagan estrago en el corazón y traigan locura a la mente, pero en cambio nos alampamos por filosofías de evolución que llenan de ideas extravagantes las imaginaciones vacías, y al cabo producen en las almas la sequedad de todo germen de afectos.

Suelen algunos confundir lo maravilloso con lo sobrenatural. Constituyen lo primero unas veces hechos imaginarios que se presentan como consecuencia de un exagerado poder de las facultades humanas, y otras veces los que cabiendo en lo posible, se imaginan desatinadamente como una explicación de las causas que se ignoran; lo segundo no es más que una extensión de las verdades conocidas. Lo primero puede cautivar, lo segundo siempre eleva. El vulgo tiene inclinación a creer lo maravilloso, aun en la esfera más exagerada, porque se lo imagina con los caracteres de lo sobrenatural. De la propia manera, el hombre cuyo entendimiento sólo ha recibido las nociones de los hechos reales con prescindencia de creencias y de doctrinas religiosas, menosprecia por ignorancia lo sobrenatural considerándolo incluido en lo falso que puede tener lo maravilloso; pero los mismos que así proceden, quizá por la natural inclinación que tiene el espiritu humano a alcanzar algo de lo que cae fuera de la jurisdicción de los sentidos, se dan con frecuencia a creer ciegamente en las mayores absurdidades de lo maravilloso. Esta confusión no ha dejado de trasminar a la ficción novelesca.

Los poemas de caballerías son novelescos por su pensamiento original y su invención; por su aparato, corte y disposición pertenecen más bien al género epico; como novela no tienen importancia, siendo así que no tratan de seguir la dirección común de los sucesos para resolver ningún problema de la vida social.

Pero si lo maravilloso por medio del cual se movían los poemas caballerescos, algo menos los del ciclo Bretón y todavía menos los del Carlovingio, recibía aplauso asÁ de los eruditos como de los Áletrados de los primeros porque veían en él los resortes más felices empleados en poemas análogos por la poesía griega y latina, y de los segundos porque descubrían los atractivos de las tradiciones que desde un principio los habían hechizado; la Iglesia católica, siempre madre solicita en apartar de todo extravío a sus hijos, se esforzó por hacer notar ,lo ocasionado que era a graves errores en diversos sentidos la difusión de poemas que consociando lo verdadero a lo falso, restablecían doctrinas ya de antemano condenadas por sus concilios. Merced a tan sabia solicitud se neutralizan de modo admirable los efectos que hubieran traído a todas las literaturas esos descarríos que por siglos reinaron desde el palacio hasta el tugurio. Los grandes poemas de la Edad Media, primorosa e inmortal hechura de ingenio y sabiduría, son inspiraciones alen. tadas por la Iglesia; y en Italia la Divina Comedia, y en España el Poema. del Cid aparecian como arcas que en las alteradas aguas de la literatura, y combatidas por furiosos y contrapuestos vientos guardaban la traza y modelos de los alcázares soberbios que más adelante se hablan de levantar en la ciudad de las letras.

La Iglesia católica con sus restricciones que imponía contribuyó no poco a la depuración del gusto literario, y haciendo apartar los ojos de lo que no podia ser materia de inspiración y enseñanza, solicitaba al espiritu humano para la ejecución de nobilísimas empresas, y con diligencia y advertimiento le señalaba el camino que había de seguir para llegar en sus obras a la cima de la verdad y la belleza. Fue ella entonces conservadora de los caudales del arte, de las letras, coi-no es hoy, ante el abatimiento social, único refugio de la verdad moral y politica.

Por reacción de esas empresas temerarias y atrevidas relatadas en los poemas caballerescos hubo de venir un género de composiciones destinadas a producir en el ánimo impresiones menos vivas por medio de discreteos y de candorosos afectos, en las cuales hay aventuras arreboladas con sangre por la exageración a que se lleva la ternura de una pasión, expresado todo en abundante fraseología y nimia profusión de lances con que se significa tan pronto que la grandeza del amor no mide los peligros con la razón sino con el deseo, y tan pronto que sus extremos, poniendo espuelas al valor, son capaces' de vencer toda razón, y que aquel afecto ejerce el imperio y señorío de las demás pasiones, siquiera se haga oprobio de hombres, y caiga anonadado entre poderosa bateria de dificultades. Demás de esto, en las novelas de tal género, por la mayor parte semejantes a aquellas plantas en que el vicio de las hojas sustrae los jugos que hablan de dar el sazonado fruto, la exuberancia de conceptos quita la fuerza a los pensamientos cardinales, cuyo interés se pierde en la difusa enunciación de lo accesorio.

Estas novelas no vienen a ser sino églogas para frascadas, desahogos de la imaginación fatigada de las conmociones violentas del corazón, y algunas están escritas con objeto de dar contentamiento a paladares que sólo gustan saborear las donosidades de ternisimos afectos.

Pudieran haberse beneficiado tales composiciones con el aprovechamiento de los recursos que a ellas ofrecen los encantos de la vida campestre, cuya contemplación es grata compañía del alma en el retraimiento de la soledad. Brinda ella a los ojos el espectáculo de la naturaleza agreste que con sus maravillas esparce el ánimo y le abre anchuroso espacio para que se goce y se deleite. AlÁÁ las blandas querellas en que el alma se exhala, son nota acorde en la armonía inefable de los seres, rasgo sublime que completa la hermosura .Puesta delante de los ojos sin artificio alguno. Allí es ver las excelencias del hogar formado lejos de las atumultuadas pasiones que saltean y avasallan el corazón en medio del fausto de la corte y de la ciudad; allí es ver las ventajas que hace el varón fuerte, criado en las rudas faenas de la labranza, al que descaecido en la molicie y la afeminación, envilece sus manos y se abate a sórdidos intereses. Aplicación práctica hubieran tenido esas composiciones, manifestando que donde no se da oídos a las sugestiones de una sociedad depravada, donde la pompa falaz del mundo no fatiga, y donde azorado el corazón no oscila ,entre las veleidades cortesanas, es muy fácil sacar de la amargura de los sufrimientos la dulzura incomparable de una cristiana resignación. Los intereses y aspiraciones ilegítimos de la vida cortesana abanderizan a los hombres que hacen de la enemistad cuidado principal de su existencia; la consecución de un objeto no es fin que satisfaga a ninguna mira, sino escalón para ascender en los progresos la ambición; al paso que en la paz del rústico sosiego hay goce honesto sin desabrimiento, vida llana sin asperezas, siéntese la suavidad del yugo cristiano y la liviandad de la carga de las leyes divinas; si hay sinsabores, truécanse al cabo en consuelos, no dejando reato que tarace la conciencia, y si acaso se anda por ahí el vicio no es con jactancia y vana gloria, sino arrebozado y temeroso de que las costumbres sencillas y frugales lo opriman con el peso de su sanción. Así, y con colores adecuados al cuadro, podría la novela pintar una faz de la humana vida, y ser de ganancia y provecho a la moral literaria.

Cerca de la novela pastoril vivió la picaresca, y muy valida entre los curiosos y rebuscadores de crónica privada, como que trata de referir escenas de una vida en que el escándalo y la disimulación se hermanan para conseguir fines utilitarios por de contado de maligna intención, y en que por lo regular quedan mal parados la sencillez y el recato. Contar hechos de gente licenciosa y desgarrada sería a la verdad plausible y de saludable influencia social siempre que cada ejemplo de vicio tuviese su retribución, y siempre que la -mesura acompañase los pasos de la relación, -para que ésta no se desmandara a poner de -manifiesto lo que todas veces ha de estar ve,lado a los ojos del alma. Casi nunca olvida,ron esta idea nuestros grandes dramáticos en la creación de los caracteres que se distinguen por la protervia del alma; en sus obras la justicia se cumple, ya por las vias humanas con implacable mano, ya por el torcedor del remordimiento, ya directamente por la Providencia que se descubre solicita amparando al inocente y castigando al culpado, y con cuyas alas protectoras se ve siempre cubierto el plan de aquellas grandes creaciones. No quiero hacer proceso infinito de este linaje de obras recordadas por todos vosotros, y que en su espíritu han tornado a lozanear en tiempos muy recientes, bajo la inspiración de Tamayo y Baus, Hartzeríbusch, López de Ayala y García Gutiérrez.

A menudo, es cierto, la novela picaresca tiene enseñanza trascendental, y so capa de presentar escenas de rufianes y perdularios, no sólo se dicen ingeniosidades con el objeto de dar a conocer el lado ridículo de una parte de la sociedad, sino que hay escarmiento para la costumbre pervertida. Con todo, y aun poniendosenos para juzgar esas composiciones en el tiempo que tuvieron mayor valía, es claro que el gracejo con que aquellos hechos se encubren no salva la materia que entrañan, y que la belleza literaria padece detrimento con la licencia que en ellos campea. Por lo demás, tales composiciones no son propiamente novelas. Ellas no obedecen a un fin único en que se subordine a una acción principal el encadenamiento de los hechos. Pudieran graduarse más bien de cuadros de costumbres referentes a una misma materia, y meramente yuxtapuestos para formar un todo.

Su lenguaje es sí de gran importancia. Al través de él no sólo se columbra el estado de la lengua, y las fuerzas con que cuenta en ciertas categorías inferiores, sino las condiciones de vida en que se puede hallar en un medio social semejante.

Sobresale entre estas composiciones como forma del arte literario español La Celestina, que acaso por el estilo y la disposición de sus partes recibió la denominación de tragicomedia. Mas sea obra cómica, novela o cuadro de costumbres, apenas puede darse composición en que el arte haya trasladado con mayor primor aquel activo bullir de las pasiones de la vida real, y en que se haga más sensible al alma el efecto que producen las más viles en el corazón que no se ha avezado a conocer ejemplos de virtud y decoro. Es de observar que en tal obra suele andar tras el donaire la desenvoltura, sin que esta libertad lleve orden de agravio a la rectitud de la intención, que no es otra que con la exactitud de la copia deprimir el original viviente, de tal modo que la idea reprensible la vitupera desde luego el entendimiento del lector, y cada pasión innoble la abomina el corazón.

No es el cuadro de costumbres creación literaria moderna. Varias descripciones y relatos novelescos que dieron las letras griegas y latinas tras el fenecimiento de su brillante período, representan con viveza de pintura prácticas de la vida común, sin enredo o trama que se vea sometido a un objeto principal. Lazarillo de Tormes, Guzmán de Afarache, el escudero Marcos de Obregón, son series de cuadros de costumbres que no otra cosa puede ser aquella forma en que el arte identificándose con la decoración que tiene delante, dando a cada objeto las tintas locales que le son peculiares, y mostrando al individuo por el lado que mejor pueda enseñar su fisonomía moral, presenta dentro del valioso marco de la poesía que en ellos suele encontrarse, escenas aisladas de la vida social. Esta especie de obras, que habla decaído en la literatura española, fue levantada luégo por Larra, Bretón de los Herreros, Segovia y Mesonero Romanos, quien dio a los cuadros un temple suavísimo despojándolos de cierto recargo de colores que tenían los antiguos, y que en la literatura contemporánea pareceria extravagante. Dióles además aquella gracia de estilo con que él sabía pintar las manchas morales que afeaban las escenas que se proponía trazar. En este sentido cabe decir que renovó su composición, y en su desempeño alcanzó principado entre los más elegantes prosadores. Con él comparte hoy la gloria de haberlos puesto en su punto, el célebre santanderino, don José María de Pereda, tan profundo observador como hábil y puntualísimo maestro en el estudio de las costumbres populares.

La difusión y propagación de estos cuadros en naciones americanas, particularmente en la nuestra, donde habla poca educación artística y menos gusto literario fue causa de que todo literato en fárfara se considerase en el deber de hacerlos, no empapándose en el espíritu de las buenas muestras para después encontrar la originalidad en la novedad de los objetos que a cada paso se les ofrecían, sino convirtiendo en callejera la musa que los inspiraba. Encontróse la verdad en la extravagancia y la deformidad, de suerte que al verse retratada la sociedad en ellos no encontraba su propia imagen, siendo esas producciones espejo que abultaba las formas de los objetos, y los defiguraba.

No es bien prostituir el arte dejando correr .de la plaza al jabardillo la pluma destinada a ennoblecer todo objeto, y es presunción vana creer que la vulgaridad de una narración pueda jamás dar de si el maravilloso rayo de la poesía que aviva los corazones y los avasalla. La nobleza y el decoro fijan los límites de la honesta libertad de discurrir, y es ley de los buenos ingenios reducir a ellos todo esfuerzo, pena de recibir el no envidiable aplauso de necios. Ciñase el cuadro de costumbres a dibujar con mesura y recaudo, y sin mengua del lenguaje, los rasgos con que más se distingan los pormenores de la vida social, y será auxiliar importantísimo de la verdadera novela.

Los idealismos platónicos y el sentimentalismo petrarquino no dejaron de influír en algunas relaciones novelescas, en las cuales los autores en vez de enderezar su objeto a satisfacer la fantasía y a mover el corazón, se hacen consejeros inoportunos, moralizadores fatigosos, y desenvolviendo en ellas alegorías por medio de ficciones en que se urde una trama con amores y desdenes, dejan nublada la acción entre los retales de doctrina que huelgan en esas relaciones. Composiciones semejantes parece que estuvieron en boga al lado de las novelas caballerescas.

ÀPor qué cuando España ejerce la hegemonía política y literaria en Europa, y el ingenio se extrema allí para producir obras de portentosa labor, parece que la imaginación estuviera aprisionada para tender sus alas al fecundo campo en que viven las inspiraciones de la novela? Si bien por punto general es la ficción novelesca el fruto más espontáneo de la fantasía popular, en las modernas literaturas ella no aparece realzada por el arte sino cuando por medio de otras ramas literarias se fija bien el concepto social, oficio que parece corresponder al poema dramático principalmente.

Con efecto el drama toma los rasgos más salientes de la vida de la humanidad, las luchas entre las sugestiones de la condición viciosa y las inclinaciones del alma al bien, no de una manera abstracta y teórica, sino ejerciendo su acción en el mutuo trato de los individuos; presenta, por decirlo así, la forma exterior de la sociedad, la que interesa a los hombres en colectividad, los accidentes y tropiezos con que puede dar su constitución, los móviles esenciales por los cuales establecen lazos los hombres para una vida armónica, los que importan a las necesidades imperiosas de su existencia; obra en suma en una esfera amplia y espaciosa, pero reducida por las circunstancias materiales, tiene que prescindir de ciertos matices delicados de sentimiento, que sólo es dado analizar a la novela.

El drama antiguo desconociendo las calidades de la conciencia humana, considerándola siempre guiada por las fuerzas misteriosas del hado que la hacen proceder sin tino, aunque por otra parte nos haya dejado caracteres llenos de naturaleza y verdad, no podía tener una tendencia social definida, para que pudiese allanar y preparar los senderos que la novela había de seguir.

Era el drama, como forma artística en el principio de la vida nacional, una necesidad a que habla que ocurrir para fundar las bases de la estabilidad social. Comprendiólo así el instinto nativo del ingenio cristiano; por eso las lenguas modernas han salido a su juventud por el camino de esa importante forma literaria.

El instinto nacional comprendió también que el arte en el drama era medio poderoso para asegurar las fuerzas de la vida política y social, y así se embelesaba con las bellezas en él realizadas como con la moral que allí resplandecia. Fue esta la mejor escuela del pueblo español. En ella se comenzó a depurar el gusto, porque las grandes ideas, los grandes sentimientos, las grandes corrientes de los instintos populares, se dirigieron por el drama. El cual eliminó el recuerdo de lo que no era digno de memoria; cortó a cercén los errores que tradicionalmente y sin fundamento filosófico, se habían arraigado en los pueblos; ensalzó la hermosura de sus creencias; confirmó las tradiciones que pudieran mejorarlos; dio a conocer la necesidad de la cristiana igualdad entre los hombres; esforzó la idea del principio de autoridad; mostró la eficacia de las instituciones cristianas de un estado; levantó en alto para ejemplo de buenos corazones el valor de los héroes de la historia nacional; hizo comprender el valor de los afectos patrios; erigió el amor puro y el respeto a la mujer en principio de las virtudes públicas, el amor a la patria y al monarca en aspiración del alma, el amor a Dios y a la religión en determinación de las empresas del hombre como individuo de la comunidad, y el honor preciado en timbre de la conciencia.

ÁNobilísima escuela la que adquiría un pueblo que necesitaba suavizarse y fijar sus ideales tras largos siglos de lucha en defensa de una creencia común!

Y así como en España atesoró el drama provechosamente las ideas de la nacionalidad, en Inglaterra como en Francia abrió todos los caminos a las demás formas del arte literario, hermoseó la contextura del idioma, y le dio flexibilidad bastante para que se estampasen y perpetuasen en el mismo arte los más elevados conceptos. Facilitó el perfeccionamiento de la relación novelesca, haciendo olvidar en el espíritu del pueblo y en la fantasía de los eruditos todos los vicios de invención de que se habla inficionado la literatura por el trato de las creaciones caballerescas.

El íngenio con que los autores tejieron la trama de sus poemas cómicos, y la vistosa filigrana de discreciones con que se perfilaban las ideas de aquel rico tejido, inspirados tan sólo en la naturaleza del espíritu popular a que se dirigía, encariñó de tal manera al pueblo con las representaciones teatrales, que lo que fue primeramente materia de solaz y regocijo se convirtió más adelante en cebo indispensable de su vida imaginativa.

Ya era tiempo de que la novela, que sólo habla vivido latente en la imaginación popular y en sus tradiciones, se desarrebozase en la esfera literaria, y franquease sus puertas al ingenio elevado, de modo que éste descubriese con sagacidad y penetración la manera como crecen y obran los íntimos afectos, sentimientos y pasiones en la complexión de la familia y de la sociedad.

Era menester que encaminase la novela un espíritu inquisitivo, profundamente intelectual a la par que afectivo, el cual tuviese el don de adivinar todos los misteriosos secretos con que el corazón humano desata y reprime los movimientos de las pasiones, a fin de que señalase todas las sirtes en que el hombre suele tropezar, asÁ como todos los puntos favorables en que ha de detenerse y descansar en el progreso de su mejoramiento y en la busca del legitimo contentamiento del ánimo. Precisaba que la encaminase un ingenio, que levantado siempre a considerar la belleza moral, fuese, para señalar y distinguir la calidad íntima de los afectos, conocedor sutil de los arbitrios con que el artificio seduce y rinde las almas, y para caracterizar cada pasion, dueño de fijar con exactitud todo lo que es causa de las determinaciones de la conciencia.

Era Cervantes el único que con estas condiciones había de cumplir encargo tan difícil por su desempeño como importante por sus resultados, y por eso se efectuó con él una renovación portentosa en la faz de la literatura. Discurriendo por los espacios de la novela había de tocar con puntos arduos y dificultosos que no se habían explorado antes en su aplicación a la sociedad, y en que fuese menester que la verdad y la precisión anduviesen en compañia de la lucidez y el atractivo.

En medio de una vida alterada, en piélago aborrascado, por bastardias que iban a estrellarse en la firmeza de su ánimo, salía integra su conciencia para dedicarse a las labores a que era llamado por poderosa vocación, las cuales hablan de coronarse con buen suceso así en lo literario como en lo moral. Cervantes dio en la república de las letras el tipo de la novela. Todas las condiciones que se encuentran en las composiciones de este género se ven allegadas allí. Lo secundario, lo accidental y el interés de actualidad dejarán ver muchas ventajas en otros autores, mas no se podrá señalar una sola de las cualidades que debe tener una novela que no se halle comprendida en Don Quijote de la Mancha y en Áas Novelas ejemplares.

Dotes que han de comparecer en todo linaje de novelas son el amor ingénito a la verdad, la posesión enérgica del concepto de la poesía, la facultad de sublimar lo maravilloso en la alteza de la verdad poética, la percepción clara de todo linaje de belleza, la comprensión de las ideas necesarias para realizar el ideal de una sociedad, la habilidad en sacar poesía de los conceptos filosóficos aplicados a los lazos sociales, y filosofía delas más delicadas afecciones del alma, la fina discreción en señalar la razón como guiadora de las pasiones, el tíno para enseñar el limite entre la naturaleza y el artificio, el acierto en dar vida a la ficción, y calor a los afectos con el aliento del espíritu religioso; la sagacidad para manejar la oportunidad en todo sentido como resorte de la novela, y finalmente el talento de cifrar y compendiar en un hombre toda la humanidad. Tales son las dotes caracteristicas de todas las ficciones novelescas poetizadas por Cervantes.

No llegó éste a la novela sin conocer que había descubierto un nuevo mundo en lo literario Certifícalo claramente cuando dice haber sido el primero que noveló en lengua castellana, y que sus novelas no son traducidas, ni imitadas, ni hurtadas, sino que su ingenio las engendró. El fue el primero que efectivamente exprimió de la naturaleza de la sociedad toda la verdad y belleza para vaciarlas en el molde de las mejores tradiciones idealistas y subjetivas que andaban diseminadas en los poemas caballerescos, en las relaciones de aventuras y en las composiciones cómicas; él quien primero sacó de las fantasías popularés todo lo que habla sido engendrado por el conocimiento de la verdad para engarzarlo como rico florón en la corona que labraban para la literatura las más enérgicas inspiraciones del alma, y él quien enlazó lo objetivo .a lo subjetivo para dar el tipo ideal de la belleza social. Bástele esto a la nación española para su satisfacción y gloria. Acaso faltaron en adelante quienes careciesen de titulos para recoger la herencia literaria de Cervantes; acaso se dirá que con él se alzó a su -mayor altura la musa de la novela en España, y luégo al punto se apagó; que a su empuje y brío se resistieron generaciones para estudiar en sus obras las calidades de toda novela, y que tuvieron mayor medra y crédito más adelante esas composiciones en otras literaturas; pero nunca será aventurado afirmar que en esa fuente viva han ido a refrigerarse todos los grandes novelistas que han aparecido en el mundo. Le Sage, Walter Scott y Manzoni ponen este aserto en punto de evidencia.

Prescindo del primer ensayo de Cervantes ,en la novela, porque quizá a ese primer ensayo pueden caber algunas de las observaciones antes hechas sobre las novelas pastoriles. Quizá ella no fue objeto sino de desahogos juveniles de nuestro autor, en los cuales no se oculta la esterilidad y trivialidad de los asuntos que en ella trata su rica imaginación y el desembarazo de su pluma. Además puede asegurarse que esta obra es en la que menos se nota la limpieza y corrección del estilo. ÀDiráse que el autor de Galatea no le contentó haber ejercitado su gallardo entendimiento en tratar asunto tan baladí y de tan poca trascendencia moral? Vosotros recordáis que el héroe manchego quiso cambiar al término de su vida la profesión de caballero andante por la de pastor, y acaso el autor no propone el cambio por juzgar este oficio más real y provechoso que el que hasta entonces había ejercido su héroe, sino por motejar lo pastoril.

En cambio, Áqué perfección la de las Novelas ejemplares, que tratan asuntos al parecer poco importantes! ÁQué viva impresión de lo real traen al ánimo, y en qué suave disposición lo deja su lectura! ÁQué primor en los contornos con que aísla una escena social, y cómo el escarmiento desvanece en ella la sombra del mal proceder!

Persiles y Segismunda es una especie de novela en que la narración exigida por un relato de aventuras tan maravillosas como variadas, es tan viva, que los afectos que de ella se desprenden suplen por la escasez de peripecias que de otra manera se harían necesarias para interesar. No creo que el interés general de la trama haya de ser de mucho negocio en las relaciones novelescas, con tal que por otra parte lo haya en cuanto al desenvolvimiento de los objetos que se retratan, y que la unidad de pensamiento se mantenga hasta el fin. El interés general decae en esta novela mucho antes de finalizar, pero el pensamiento primordial queda impreso vivamente en el ánimo. Con esa obra, preparada en los últimos años de su vida y dada a luz después de su muerte, se encariñó más Cervantes que con cualquiera otra y trató sin duda de fundar un nuevo genero de novela de aventuras, sugerida por, la de Teágenes y Cariclea, para mostrar de cuánta fuerza es capaz el corazón humano en las luchas de la adversidad. No hizo fortuna este linaje de composiciones, acaso porque parece demasiado sutil el sentido intelectual que resulta del contexto material, y la generalidad de los lectores no se inclina a encontrar especulaciones profundas en los libros de entretenimiento. Puédese con todo, asegurar que la tersura con que se escribió es tal, que ella misma puede hacer el encanto de esas aventuras, que desordenadas y todo llegan a hacerse interesantes. Al contemplar el conjunto del Persiles se ve un cielo diáfano y espléndido, y en él la variedad la constituyen los cambiantes que le da la luz del ingenio, del autor al reflejar en cada asunto.

Prenda es del ingenio superior que su elocucion, siendo imagen fiel de la naturaleza y de la verdad, lleve impreso el sello de su pensamiento y el reflejo divino de su alma; que en sus escritos se vea como una dilatación de la inteligencia y del corazón, y que la personalidad del autor se conozca por entre la complexidad de condiciones de los mismos. Si los ,conceptos, los pensamientos, los afectos, el sentimiento, la ordenación de las ideas, los raciocinios fundados en ellas, la profundidad -que tengan las propias ideas en la inteligencia y los diversos matices con que unos mismos objetos ocurren a la mente se transparentan en el escrito, no puede menos que transparentarse también la personalidad del autor, el cual será tanto más eminente cuanto mejor haya expresado en el lenguaje ese conjunto de calidades que forman la fisonomía del escrito y son como el pulso por el cual se conoce el vigor de la intelectual Ádad.

Si por estas condiciones vamos a determinar la calidad del estilo de Cervantes, tendremos que es el más personal de todos los de igual naturaleza.

Pintando o describiendo objetos al parecer comunes, y destituidos de atractivos para otra cualquiera pluma, es cuando se ve brillar su ingenio con esplendor, gallardia e inimitable gracia.

Ocasiones hay en que un objeto se expone y no queda en el espíritu grabada la intelectualidad del alma; en tales casos, aunque se haya expuesto un hecho o una verdad, no queda asegurada la propiedad de éstos por parte de quien los expresó, siendo ese hecho y esa verdad patrimonio de todos. Hay objetos que no se recuerdan a causa del primero que los dijo, sino del que supo beneficiarlos, dándoles la forma más adecuada al objeto. que es, asimismo la más adecuada para grabarse en la mente y fijar la atención. Por esto importa tanto que todo lo científico, to. mando esta palabra en su más lato como en su restricto sentido, tenga importancia literaTia; y por esto mismo resulta que todo lo que es bueno literariamente hablando, es profundamente científico, y que todos los escritos científicos que se han perpetuado, son aquellos en que la forma corresponde perfectamente a los pensamientos; porque entonces la expresión de éstos es efecto de la asimilación de la verdad con el alma.

En ningún otro autor se patentiza tan bien como en Cervantes la relación entre el sujeto y el escrito y el alma del que escribe, entre las dotes del corazón y entendimiento y las dotes de la elocución.

Sin haber Cervantes escrito en el Quijote una novela de determinado género, caben en él las prendas que deben caracterizar cada uno de los géneros de la novela que se puedan admitir, desde la creación de los caracteres hasta el más insignificante lance que contribuya al plan de ella.

Tal es el carácter general que imprimió Cervantes a la novela. Cumple examinarla en otros aspectos. Si la novela se basa en la historia, la creación de los personajes debe hallarse en conformidad con el carácter nacional en que la acción haya de desarrollarse, al propio tiempo que deben tener las cualidades, los distintivos, los contornos, las sombras que caractericen a los personajes que se hallen en idénticas condiciones, en toda clase de sociedades; la acción se rodea de todos los pormenores que dada la situación del país en que se verifica, hayan tenido que efectuarse verosímilmente y que la historia se ha abstenido de consignar. Del relato novelesco ha de salir aquella belleza de la ley histórica que siguen los acontecimientos humanos en su admirable concatenación; por él, si no se desvirtúa un punto la verdad, se podrá seguir el estudio de la sociedad y de los individuos en relación con los hechos que contribuyen a realzar y ennoblecer la historia.

No otra cosa se ve en las novelas de Walter Scott y en la portentosa obra de Manzoni; y tales cualidades unidas a las bellezas realzadas por ellos en lo puramente nacional, dan la muestra de la buena novela histórica.

Con harta razón dice Villemain que las de Walter Scott son más verdaderas que la misma historia. Esta en efecto no allega sino los hechos grandes y culminantes cuya luz ilumina los senderos de las generaciones futuras, y con criterio atinado y seguro les señala la elevación, los tropiezos, las caídas de los pueblos según que han seguido o no las leyes que la Providencia ha puesto a los pueblos para que se rijan; les indica inexorable la experiencia de lo pasado como lección para su engrandecimiento; que las convulsiones politicas y sociales no se experimentan sino cuando la gobernación de la república se ha salido de la libertad cristiana para entrar en los delirios de una razón desenfrenada; y que su marcha progresiva no la determina sino el empuje de la moral cristiana, principio de toda legislacion y de toda ley secular. La creencia en la intervención exclusiva de leyes físicas en el orden histórico no se deduce del estudio de la misma historia. Esa creencia se ha inventado con objeto de justificar el apartamiento de los avisos de la conciencia de modo que el magistrado se envilezca a serviles tratos y míseros intereses de bandería política. La filosofia de la historia sólo se encauza por el álveo sagrado de la moral cristiana.

La novela por medio de sus hermosas ficciones sacadas de la verdad de los sucesos que interesan a la humanidad, y de la invocación de la justicia con que se dirigen sus destinos, explica los fenómenos históricos penetrando intimamente en las costumbres que dan forma a las instituciones, mostrando contraste enérgico entre la suerte de las sociedades encadenadas por despótico, envilecimiento y la que les cabe cuando reciben las graves lecciones de la libertad cristiana; señalando con seductor artificio el encadenamiento de los sucesos históricos que parten de la constitución doméstica y terminan en la dicha o en la desgracia de los pueblos; solemnizando con las voces de la poesía el desmoronamiento lamentable de los imperios y de las repúblicas, y regando de rosas las ruinas que recuerdan la grandeza de las sociedades que fenecieron. La novela, sin falsear el carácter íntimo de los personajes, los delínea con los tintes de la verdad poética, nos los pinta en su condición doméstica, afectiva y privada, y se utiliza hasta llegar a la primitiva causa de los hechos que han determinado las mayores empresas del hombre.

En la novela histórica, la epopeya cobra un colorido más vivaz, y la corrección de las líneas graba mejor en la mente la fisonomía moral del personaje. Más extensión e interés cabe en la prosopografía, donde con dibujo correcto, y una firme y suave combinación de luces y sombras, los héroes se resaltan en el cuadro. La austera severidad de la historia se

torna en la novela interpretación amena de las vicisitudes de los pueblos en su lucha por alcanzar el puesto que el orden providencial les ha designado. La en ella depone el ademán severo y ceñudo con que saca las enseñanzas de la historia, su voz se hace menos perceptible; y sólo la musa inspiradora de aquel arte deja oír sus majestuosos acentos, unas veces para vibrar rayo de anatema, otras para encarecer la fama de los héroes, otras alzándose poderosa en tripode sagrada, para vaticinar.

No es este a la verdad el punto a que mira la novela importada en las letras españolas por la literatura francesa, la cual enmarañando los finísimos y delicados lizos del tejido de la historia, ha traído a criterios flacos y quebradizos gran perplejidad en la comprensión de este arte, no menor que el que producido en la manera de tratar la ficción con el elemento histórico. Caudataria servil de una filosofía de la historia que aherroja el pensamiento en sistemáticas negaciones, que acorta la vista intelectual a fin de que no se columbre en región sublime la voluntad divina, omnipotente, rigiendo siempre el curso de los humanos acontecimientos, y que encerrada dentro de las estrechas vallas de los hechos fisicos y de un raciocinio fatalista, brega desatinada por dar la explicación de los sucesos de la historia; esa novela tergiversa la verdad de los acontecimientos, o hace apreciación inexacta de ellos, y la mutila con amaños y arterías para velar la benéfica influencia que en el discurso del tiempo tienen sobre las sociedades los principios eternos de la moral religiosa.

Ni siquiera se ve en este linaje de novela aquella sombra de ideal que tuvieron composiciones semejantes en la decadencia de la literatura griega y latina consistente en sacar de las flaquezas sociales que representaban Áa fuerza de un espiritu nacional y un sistema de moral en que éste se sustentara. Si el arte es filosofía de amor, como dijo el filósofo griego, el ideal artístico ha de andar por las esferas superiores de la bondad y la belleza, que es donde se aquilata el amor; bondad y belleza que no es posible comprender hoy emancipadas de la moral cristiana.

Es más: en la falsa novela histórica se han sacado a plaza como hechos fundados todos aquellos adherentes que las imaginaciones ociosas se transmitieron tradicionalmente y que por indignos no tuvieron lugar en la historia; y lo que ésta delicadamente quiso ocultar dejándolo no obstante columbrar a la discreción y a la perspicacia, sale campante en la relación novelesca con aliños de fantasía, y encarecimientos de relumbrón. Recorriendo el campo de la historia, aquellos perturbadores del orden literario han hecho, de las zarzas y espinas que han hallado, ramillete que con adornos fementidos ofrecen a la imprecaución de las jóvenes y al candor de la mujer. Huélganse de ornar sus relaciones con toda conjetura maliciosa, toda repugnante suspicacia y toda situación que tienda a deprimir el sentido moral de la historia.

La religión como elemento histórico ha hecho su oficio en la novela, cuando se ha manejado ese elemento con el tíno y recato que necesita. La novela histórica es la poesía de la historia; y la estética más encumbrada siguiendo a ésta en la religión con sus tipos admirables de sufrimiento y fortaleza, de sacrificio y resignación, se cernera en inconmensurables alturas y se embebecerá en los misteriosos tesoros de poesía que le ofrecen. El cardenal WÁseman y Madama Craven dan buena muestra del vigor y despejo con que se pueden tratar puntos que requieren extremada delicadeza y esmero, cuando por otra parte rebosa el corazón en amor a las sacrosantas verdades que se ensalzan en esta clase de composiciones. Piedad ingenua, sencillez y candor han de distinguirlas para que los afectos que en ellas comparecen no tomen un color artificial que desdiga de la espontaneidad propia de quien derrama en páginas de oro la abundancia del corazón. Por eso quizá es muy fácil encontrar con el demérito, si ya no con la nulidad, en punto de novelas religiosas, cuyas portadas se ven autorizadas por algún nombre ilustre.

Particularmente en España la novela religiosa no ha corrido próspera fortuna, a causa sin duda del punto de vista en que se han puesto sus autores para tratarla. Estas relaciones, por el hecho de ser religiosas no han de convertirse en apologías de objeto doctrinal, encajadas en una relación que a fuerza de fantasías se quiere hacer interesante; bastardéase así del propósito de la novela cuya belleza moral viene sin violencia de la mera expresión artística de los hechos; y al propio tiempo la verdad histórica padece quebranto.

A mi modo de ver ni los dogmas religiosos ni la historia contenida en las Sagradas Escrituras, pueden hacerse materia de la ficción novelesca, de una manera directa y especial.

Lo eterno, lo que reviste caracteres sagrados, lo que no está sujeto a luchas humanas, no comporta que se le aje expresándolo en una relación más o menos ingeniosa de sucesos que no avaloran misterios delante de los cuales sólo pertenece al alma detenerse en contemplación reverente. No hablo aquí desde luego de los inefables dogmas de' nuestra católica religión, presentados en forma de alegoría por los grandes dramáticos españoles, y en que el ingenio no hace más que tributar con profundo rendimiento, homenaje de alabanza a la verdad revelada, exprimir anhelos ardorosos de la unión del alma con Dios, con toda la poesía que brota de esa verdad; ni menos de aquellos poemas en que se toma pie de las ideas bíblicas para mostrar con el aparato épico las luchas entre el bien y el mal, el vicio y la virtud. Mas presentar el dogma de la redención bajo ficciones novelescas, con la presunción de embellecerlo y animarlo pormedio de un lenguaje dulce y melodioso que empalaga y fastidia, y de retóricos conceptos sacados de la fragua en que forjan sus expresiones los afectos terrenos es, cuando no profanación vituperable, degradar el asunto a objeto de frívolos devaneos.

Quien intente comunicar atractivos a la historia bíblica, con objeto de hacerla amable, e infundir su espíritu en personas que de otra manera no se deleitarían con su lectura, tejiéndola con invenciones novelescas, obtendrá por resultado que la gente indocta y mal aconsejada no discierna entre la ficción y la realidad, y que se quede sólo con la primera si un gusto pervertido le inclinare más a ello.

Ni tampoco hablaré de otra especie de novela, que con gran vocería y estruendo se ha difundido por el mundo a titulo de historia filosófica y crítica para ofuscar el sentido de la obra de la redención; y que no es más que vil tarea en que las labores y figuras son los, desvaríos del autor.

De la aplicación de la historia a la novela, era llano entrar por los escabrosos senderos de la política, y diseminar los principios de ésta en la literatura, con la capa de la ficción. No hay inconveniente en tratar con ,ella las ideas políticas que suministra el estudio de la historia, no haciéndose violencia a la relación, ni levantando en el ameno campo de la novela la tribuna parlamentaria o periodistica, ni llevando el torbellino de las enconadas pasiones de una época a turbar la serenidad de la historia. La razón de estado abunda en doctrinas que, reflejando la situación moral y las costumbres sociales, pueden servir en la novela al efecto de concertar sus partes, de explicar peripecias, y de ser nexo principal para el desenlace. Pero hay gran distancia de esto a ofrecer con la novela tesis políticas, en innoble trama por lo común, guiadas por frías combinaciones de cal.culo y sin ningún linaje de inspiración poética.

Pertenece a esta clase la novela llamada .socialista, plaga asoladora del buen régimen .de la sociedad, gomia de la literatura, la cual vulgarizada por el halago que encierra para ,aficiones rastreras, y eco fiel de los destemples de arrebatadas turbas, ha traído días .luctuosos y aciagas situaciones a los pueblos que han hecho caudal de ella.

Esta desviación de la idea novelesca, con .ser ostentoso su lujo de fantasía, habrá de quedar rota y maltrecha a medida que la triste experiencia que las sociedades han recogido de las torcidas doctrinas que propaga esa novela, desmedre el predominio de ellas.

En la alta razón de la novela y en su concepto más puro la materia quizá más propicia con que se puede tratar esa forma literaria son las costumbres, ya que con ellas al par que se hace mejor la representación de lo real sin poner artificios que amengŸen la verdad, se sacan más natural y prontamente las enseñanzas prácticas de la sociedad. Además hay en las costumbres de los pueblos cristianos, y en su vida pacífica y tranquila tal abundancia de encanto y de poesía, que los buenos noveladores no han tenido necesidad de buscar recursos extraños ni de acudir a invenciones peregrinas para acomodar la composición de modo que traiga recreo al ánimo -y lección a la conducta social. La comparación entre las costumbres puras y las costumbres depravadas que viven siempre al lado de las primeras es por sí misma correctivo poderoso. El vuelo de las unas hace contemplar más hondo el abismo de las otras. Al resplandor de la bondad se hace más intensa la impresión que en el alma produce lo que de por sí es desagradable.

Demostración cumplida de cuanto vale en la ficción novelesca la representación ingeniosa de las costumbres sociales para aleccionar y corregir, sin alardes de moral que hacen perder de vista la principal meta de] arte, nos la dan algunas de las novelas ejemplares de Cervantes y el Gil Blas de Santillana, si ya no queremos considerar el Quijote por el aspecto de las costumbres.

Fuerza es que al mencionar otra vez las novelas ejemplares de Cervantes, os declare que no sólo recibo íntimo