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Oratoria parlamentaria
Texto de: Retórica y Poética.

Cree la generalidad de los hombres que ocupan asiento en las asambleas deliberantes, y aun en asambleas de cualquier linaje, que en ellas todo el que tome parte en el debate, ha de pronunciar una arenga cada vez que tome la palabra. Error es éste tan grave, que sólo la costumbre puede hacer que el público (gran juez en lo tocante a buen gusto) no se mofe de los que tal hacen.

En las asambleas, si hemos de asentar como regla lo que se practica en las naciones más cultas, solamente se pronuncian arengas en ocasión rara y solemne, como cuando uno de los oradores de cierta parcialidad política, representando a ésta, resume todo lo que sus copartidarios han estudiado y alegado sobre determinado punto.

Lo que en ninguna parte debe usarse es dar forma y entonación de discursos a los razonamientos comunes que hay que hacer sobre cosas de poca importancia, o para dar informes o exponer opiniones acerca de circunstancias y hechos relacionados con asuntos de mucha monta, pero que en sí mismos son secundarios y triviales.

Y así como es vituperable y de pésimo gusto el pronunciar discursos fuera de tiempo y cuando no se poseen las raras y relevantes dotes propias de un verdadero orador, lo es proferir en una asamblea cualquier frase o expresión que, sin que el caso lo pida rigurosamente, tenga algo de vehemente, de enfático y de solemne.

El que aspire a distinguirse hablando en público, no ha de perder de vista que desde que dé a una de sus expresiones forma literaria elegante, florida o poética, v. gr., la que consiste en anteponer el adjetivo al sustantivo, ya queda obligado a dar idéntica forma a todo el resto de su razonamiento; y que, si en unas partes le da> y en otras usa un lenguaje pedestre, se hará tener por no menos inepto que presuntuoso.

Los miembros de las asambleas deben emplear en ellas el tono familiar; y las discusiones deben reducirse a conferencias en que, sin faltar jamás a la urbanidad y al decoro, se sostengan unas opiniones y se impugnen otras, no de otra manera que como se sostienen y se impugnan en cualquier conversación entre personas bien educadas que se respetan mutuamente.

Los que aspiran a brillar, harto lucirán, y lucirán de la manera conveniente, si aciertan a producirse con facilidad, claridad y concisión, empleando un lenguaje correcto.

 
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