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Sermones, Panegíricos,
Oraciones Fúnebres
Texto de: Retórica y Poética.

En la tribuna sagrada se exponen materias que los, predicadores han estudiado en obras didácticas, y suelen por ello incurrir en el desacierto de emplear un lenguaje científico cuando se dirigen a reuniones de fieles, entre los cuales nunca faltan muchos rústicos e ignorantes o, sencillos, incapaces de entender aquel lenguaje.

El predicador que de veras se proponga instruír y convertir a los que oigan sus discursos, debe tomar de los libros la luz que 61 mismo necesita para exponer, doctrina pura; pero al hablar en el púlpito ha de tener presente que su auditorio no se compone de filósofos, ni de teólogos, ni de personas dadas al misticismo.

Esto no quiere decir que haya de emplear lenguaje familiar, sino que ha de traducir (por decirlo así) al lenguaje común lo que en las obras teológicas se halla en lenguaje técnico.

El predicador nunca debe perder de vista que la censura de los vicios, hecha en abstracto, no puede aprovechar sino muy poco. Los sermones morales de mejor resultado son aquellos en que se pintan fielmente las malas costumbres de los que los están oyendo, y en que se hacen patentes los malos resultados de esas costumbres. Es preciso que cada uno de los oyentes pueda aplicarse a sí mismo la doctrina que se le expone.

Llámanse panegiricos aquellos sermones en que se trata de engrandecer a algún santo, o de hacer admirar alguno de los misterios de la religión.

Tanto para poder ser original como para conseguir que el auditorio saque provecho espiritual de lo que oye predicar, el que hace un panegírico debe mezclar con las alabanzas del santo o del misterio, las reflecciones y exhortaciones propias para hacer amar las virtudes que hayan resplandecido en el santo, y las adecuadas para honrar el misterio.

Las oraciones fúnebres son discursos que se pronuncian en la cátedra sagrada para enaltecer y honrar a algún difunto esclarecido.

No hay género literario en que los modelos sean tan ,escasos como en el de oraciones fúnebres. Esto consiste en la gran dificultad que hay para elogiar en la ,cátedra del Espíritu Santo a un personaje que no solamente no ha sido canonizado, sino que (como sucede ,en la mayor parte de los casos) no se ha distinguido por el ejercicio de las virtudes cristianas. Se necesita mucho talento para elogiar en lenguaje cristiano, v. gr., a un rey o a un guerrero que ha hecho servicios insignes a la patria, pero que tal vez ha estado muy lejos de llevar una vida ejemplar, sin que parezca que se le alaba indistintamente por todos sus hechos. Es claro que si el orador hace mención de los defectos o vicios que manchan su memoria, hace degenerar el panegírico ,en invectiva.

A la dificultad ya apuntada se añade la de quien hace una oración fúnebre se v, forzado a presentar los hechos del que es objeto de su discurso, no sólo como conformes con el espíritu cristiano, sino como útiles y ventajosos en alguna manera para la religión y para la iglesia. De otro modo parecerá irregular y extraño que, por boca de un ministro de jesucristo, en la tribuna sagrada y en medio de una solemnidad religiosa, se tributen alabanzas a un hombre.

 
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