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Obras históricas
Texto de: Retórica y Poética.

Entiéndese por historia verdadera la narración de sucesos pasados, hecha para instrucción de los hombres -actuales y venideros.

Las calidades del historiador pueden reducirse a cuatro: instrucción, fidelidad, discernimiento ,, moralidad.

La instrucción consiste en el conocimiento completo de los hechos que ha de referir, juntamente con el de -las personas que han intervenido en ellos; los lugares en que han pasado; las causas que los han producido; el estado, cultura y circunstancias de la nación o naciones en que han ocurrido; y sobre todo, consiste en, el conocimiento de la naturaleza humana en sí misma.

La fidelidad comprende otras cualidades, que son la veracidad, la exatitud, la imparcialidad, la libertad y el candor.

La veracidad consiste, no sólo en ajustarse rigurosamente a la verdad, sino en abstenerse de añadir a los hechos reales algo que parezca propio para hacerlos más interesantes, pero que sea imaginario.

La exactitud, en no arrogarse el derecho de omitir circunstancias, o para disminuír la gravedad de las acciones vituperables, o para menoscabar el mérito de las dignas de elogio.

La imparcialidad, en que el historiador no trate de hacer formar mejor idea de los hombres con quienes está ligado por afecto o por comunidad de opiniones, que ,de aquellos con quienes no lo está.

La libertad es la situación en que se halla un hombre que escribe historia, cuando a escribirla no lo mueve otro deseo que el de dar a conocer los hechos tales como han pasado, sin que tenga motivo para querer agradar a determinadas personas, ni para temer enojar algunas. Así, una relación escrita para ganar una recompensa o remuneración de algún personaje o partido que ha de figurar en ella, nunca merecerá el nombre de historia.

El candor consiste en que el historiador no atribuya a los personajes de su historia miras secretas o refinamientos de maldad de que tal vez han estado muy lejos.

El discernimiento es el tino o la perspicacia que muestra un historiador el¡giendo bien los hechos que ha de referir para dar la idea que se ha propuesto del país, de la época y de los hombres a que se refiere su narración; y para descartar todos los hechos que sean inconducentes y que pudieran hacer su relación prolija y fastidiosa.

Moralidad. -Síendo la historia una lección que se da a todos los hombres, han de reinar en ella una sana moral y una política justa. El historiador, tanto en la narración de los hechos como en la descripción de los caracteres, se ha de mostrar partidario de la virtud y de la justicia.

Una historia sembrada de multitud de reflexiones morales, es intolerable; pero el historiador, mediante la manera de contar los hechos, puede hacer amable lo bueno y excitar los sentimientos del lector contra lo injusto y vicioso.

Hay historias generales y particulares, anales, memo. rias, y vidas o biografías.

Historia general es la de una nación, provincia o ciudad, en toda la duración de su existencia.

Historia particular la de algún suceso parcial.

Por anales se entiende la relación de los sucesos memorables acaecidos durante cierto periodo, dispuesta por orden cronológico y año por año.

Se da el nombre de memorias a una composición en que el autor da cuenta únicamente de los sucesos en que él ha intervenido, o de aquellos que ha podido conocer circunstanciadamente.

En los anales y en las memorías no puede exigirse unidad.

Las historias generales y particulares y las vidas o biografías la piden rigurosamente. Si carecen de ella, no pueden servir más que de entretenimiento, ni encerrar, como deben, una lección para el género humano.

En las historias y biografías todo lo que se cuenta ha de referirse a un fin principal; por ejemplo, al de patentizar cuáles han sido las causas del engrandecimiento de una nación o de un personaje; cuáles las de su decadencia, cte.

Las dotes de toda narración histórica han de ser- la claridad, la brevedad, el ornato y la dignidad.

La claridad depende de que los hechos se refieran con orden, y de modo que se vea su conexión.

La brevedad exige que el historiador pase rápidamente por los sucesos poco interesantes, y que hasta en aquellos de más consideración omita las circunstancias inútiles.

La historia admite un grado bastante alto de ornato y elegancia; pero en ningún género repugnan más que en éste la afectación. los falsos relumbrones y la vana hojarasca.

La dignidad, carácter esencial de la historia, es incompatible con los adornos frívolos, la excesiva brillantez, las sutilezas, los juegos de palabras, los conceptos epigramáticos, las chocarrerías, las jocosidades y el tono familiar.

Esto último ha sido observado rigurosamente por los historiadores antiguos que se consideran como modelos

Entre los modernos ha habido autores de biografías que han empleado en éstas un tono familiar, que han referido anécdotas, y que se han propuesto hacer que los lectores conozcan a su héroe como si hubiesen vivido con él en íntima familiaridad. Los que haciéndolo, han conseguido dar interés a su obra, se han hecho perdonar, gracias a su talento, la infracción de las antiguas reglas.

Hasta puede asegurarse que hay personajes cuya biografía no puede llevar el tono elevado y constantemente serio que se exige en las de los que han brillado en esferas superiores.

Los retratos, esto es, las descripciones de los personajes, son uno de los más espléndidos y al mismo tiempo uno de los más difíciles adornos de la composición histórica.

Los retratos contribuyen poderosamente a que el cuadro de los sucesos tenga vida y animación.

Pero el historiador, para hacerlos, debe escoger rasgos que convengan efectivamente al personaje que quiere pintar, y que sólo a él convengan, y huír de sutilezas, de antítesis, de contrastes y de ingeniosidades.

El historiador puede y debe dar realce a su narración intercalando de tiempo en tiempo reflexiones filosóficas, religiosas, morales, políticas, etc. Estas, además de todas las dotes que hacen recomendable un pensamiento, han de tener la de parecer nacidas naturalmente de los hechos que se refieren

Estas reflexiones hacen más efecto cuando se incorporan en la narración que cuando se proponen por separado como aforismos o sentencias.

 
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