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El libro, un ejemplo digno de exhibición, colección, disfrute visual, análisis, recreación y admiración, puede verse y leerse sin depender una actividad de la otra, pues el contenido en forma sublime, llena todo tipo de expectativas al observador que pone sus ojos en él. Los editores no se limitan a la edición de un libro bonito simplemente. Si rigurosidad les permite ofrecer un trabajo repleto de contenido. Un contenido serio, sesudo, disciplinado que complementa el excelentísimo trabajo investigativo y creador de un artista de la talla del fotógrafo Antonio Castañeda (y otros fotógrafos que aportan con su gusto)que tampoco se limita (n) a disparar con su cámara a u n objetivo frío, estático, mustio, como lo pueden aparentar ciertas casas de hacienda que bien sabemos, se quedaron quietas, llenas de hongos y malezas, allá en el siglo pasado. Tanto textos; lúcidos, creíbles, poéticos (el libro todo es un poema visual) como fotografías (tomadas a la hora precisa, con la luz indicada y en el ángulo requerido) hacen de este libro una película que uno debe leer, mirar, observar, revisar, con muy buena luz y con música colombiana de fondo. Que bueno es saber que mientras en el campo, otros que no tienen alma o la han vendido, siembran el terror, la violencia, la tristeza y la amargura, Villegas, Téllez, Castañeda y otros que tienen un corazón grande, nos descubren lo que tenemos de una bellísima manera para vivir un mundo mejor. El de la paz, que vendrá, bien lo sabemos. Germán A. |El Diario del Otún Enero 11 de 1998 Con textos de Germán Téllez y fotografías de Antonio Castañeda, este libro es la culminación de la primera serie básica sobre la arquitectura doméstica colombiana que inició Benjamín Villegas hace seis años. Las casas de hacienda, que aún se conservan, están pobladas de historias y leyendas. De ellas se han ocupado, entre otros Don Tomás Rueda Vargas, Eduardo Caballero Calderón, Juan Carrasquilla Botero. Poetas, novelistas y pintores las buscan todavía como escenario. Sin que falte en esas casas el indispensable fantasma, como el de Canónigo Tordesillas en Fusca (Torca Cundinamarca).O sean bien reliquia nacional como San Pedro Alejandrino, santuario de la patria en Santa Marta. Redacción |Revista Diners Marzo 4 de 2001 Horras de cualquier defecto editorial, alcanzan la categoría de un género que podríamos llamar el del resplandor de la excelencia editorial. Por tres razones precisas, a saber: por la categoría histórica de las haciendas seleccionadas, por la propiedad analítica de los textos debidos a la profesionalidad de Germán Téllez y, ante todo, por la sabiduría cromática con que Antonio Castañeda supo captar la imagen de estas casasen su único momento propio. Porque ha de saberse que lo seres corpóreos también tienden a lograr el exclusivo momento en que dan lo mejor de sí en la diversidad inagotable y multiforme de lo real. Es más estas fotografías vienen a darnos, en su mística fosforescencia, la razón a cuantos hemos sostenido que el enbadurnamiento con toda clase de colorines en las ciudades de estirpe colonial como Cartagena de Indias o en los barrios que de ella han sobrevivido, como el santafereñisimo de La Candelaria, es una monstruosa e irresponsable falsedad histórica, perpetrada por personajes de alto coturno y por algunos estetas a la violenta, que con tal de imponer sus credos cromáticos hicieron comulgar con ruedas de molino a personajes tan destacados como el director de la revista Habitar. Qué iban, en defecto los propietarios de estas casonas de hacienda, cristianos viejos y descendientes directos de castellanos, extremeños y andaluces, a imaginar que algún día haría camino en Occidente la teoría de la arte por el arte divulgada en Inglaterra por Oscar Wilde y seguida con tanto entusiasmo sibarítico por Flaubert y Renan, por Keats y Walter Pater, por Gautier y Baudelaire. Pues en libros de esta categoría histórica no luce el principio de Rafael, y según el cual él pinta no lo que ve, sino un cierto ideal “que mi viene in mente“. Con el color blanco ocurrió totalmente lo opuesto. Esto es, que en vez de haber brotado originalmente de las mentes de los conquistadores y colonizadores españoles, estos le traían como una realidad cultural en cuyo fondo alentaba el ideal religioso de la pureza en su doble aspecto pagano y cristiano. En efecto los pueblos, europeos, y sobretodo los mediterráneos, no encontraron un medio mejor para materializar su ideal de pureza que simbolizándolo en el blanco. De una parte, están las vestiduras talares de los hierofantes de las ceremonias de los misterios en Eleusis, iniciados varios siglos antes de Cristo, y de otro la sobrevesta y el manto de los caballeros de la Orden del Temple, apenas “manchados“ con la cruz paté. O sea que el blanco en las ciudades y haciendas de origen hispánico tuvo un origen menos pedestre, menos mediocre cual el que le atribuyeron esos Colones de hogaño para quienes las manos de cla blanca se dieron con motivo de atajar las pestes. Pues bien, arquitectónicamente ¿qué son estas imponentes casa rurales levantadas en su gran mayoría por los encomenderos, sus hijos y sus nietos? Ante todo, tendríamos que decir que en las mentes de sus constructores — ¡otra vez el aporte cultural!— se dispararon, si es que así se puede anotar, corrientes castellanas, extremeñas y andaluzas con objeto de enfrentar y solucionar los desafíos que el medio les planteaba. De tal manera que en los climas fríos surgió la solución del patio y de los corredores interiores y en las regiones cálidas los techos altos con el propósito de airear las habitaciones o aposentos. O en otras palabras: que sin dejarnos idiotizar por los nombres de Numancia, Otumba y Lepanto, España toda entera se volcó sobre América. Y en cuanto al aporte indígena, por tanto el aporte de los alarifes y carpinteros, ya que éstos eran indígenas puros o mestizos, este fue algo parecido al papel del relámpago que momentáneamente iluminó la obra arquitectónica de los españoles. Sin embargo, los caciques indígenas fueron los primeros hispanizantes del Nuevo Mundo; sus bohíos, los primeros donde se habló el castellano. De manera, pues que en estas casas de hacienda tan bellamente reproducidas por Villegas Editores germinó el encuentro de dos culturas, de dos geografías, de dos Estados: el que se encarnaba en la plaza, el ágora y el foro, y el que se hacía realidad visual en el tótem, como el del jaguar de los mayas. De ahí que el significado profundo de este libro de Villegas Editores sea el de conmover esos ancestros culturales, históricos y personales que en cada uno de nosotros reviven, cubiertos por un polvillo áureo de siglos y que, atravesando nuestra corteza psíquica, nos despiertan vitales pulsaciones en medio del paisaje expoliado y cruel de nuestros días. Ernesto |Diario El Nuevo Siglo Diciembre 12 de 1997 |