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Contenido:

La última muerte de Wozzeck

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Primer Acto

Exposición

Texto de: Fernando Lleras de la Fuente.

Se encontraba durmiendo plácidamente cuando sintió una especie de ventosa sobre la mejilla. Una ventosa caliente y húmeda. No se atrevió a abrir los ojos, por el temor de ver a un horrendo bicho chupándole el corazón y listo para inocularle quién sabe qué veneno.

Pocos segundos más tarde, su terror se vio acrecentado al constatar que eran muchas las succiones: en los labios, en la frente, en las orejas, en el cuello: estaba cubierto de sabandijas, pero el pánico le impedía moverse y pedir auxilio.

La situación se tornó aún más insoportable cuando las alimañas comenzaron a producir toda clase de sonidos agudos y amenazadores, como un siniestro preludio a su entrada al infierno. Un chillido diabólico se introdujo en su oído izquierdo, recorrió su médula espinal, pasó por los testículos y subió como una flecha al cerebro, en donde pareció instalarse hasta que su eco retumbó en las pupilas y se vio obligado a abrir los ojos.

Frente a ellos se encontraban unos labios que reproducían perfectamente lo que suele llamarse una sonrisa, y que articulaban sin cesar la misma frase:

—¡Feliz cumpleaños, mi amor!

¡Feliz cumpleaños, papito!, oyó gritar a dos chicos de edad imprecisa.

Sonrió, besó a la mujer y a los niños, y dijo:

—¡Gracias! ¡Qué hermoso despertar!

No bien acababa de decir esas palabras cuando cayó en cuenta de que se le había secado hasta la última gota de amor y que era mejor empezarse a preparar para la muerte.


¡Maldita sea!

¡Maldita sea!

¡Vida de mierda!

¡Maldita sea!

¡Maldita sea!

¿Cómo era?

¿A qué sabía?

¿Sabía a tomillo?

¿A orégano?

¿A tomates frescos?

¿Sabía como sabe el ajo que se cuece hasta quedar negro?

Sabía como sabe la cebolla que se deja desleír hasta que se vuelve insubstancial y uno sabe que está allí pero no se puede saber con certidumbre dónde está?

¿Sabía, acaso, a tierra, como ésa que uno come cuando cae por tierra con la boca abierta como siempre, siempre palpitante, con la boca abierta como un perro que ha corrido muchas leguas y se desgonza sobre la tierra y saca la lengua llena de saliva blanca y lame la tierra? ¡La tierra!

¿Cómo era?

¿Sabía acaso a aceite de ricino?

¿A aceite de oliva?

¿A aceite de yo no sé qué diablos?

¿Sabía a una delicada salsa? ¿Una salsa holandesa, perfecta para bañar en ella unos malditos espárragos, cocidos a perfección al baño de María, puta María de los cojones?

¿Sabía acaso a olvido?

¿Sabía a dolor? ¿Ese dolor avinagrado que mezclamos con un poco de mostaza y de aceite, y batimos hasta la perfección, hasta que esté uniforme y homogéneo y espeso y perfecto para acompañar nuestra miseria?

¿O sabía a esos frutos tempranos, que uno cosecha en el huerto y que con sólo tocarlos le llenan a uno la boca de esencias imprevisibles y maravillosas?

¿Tenía, me pregunto, el sabor de los sueños?

¿El sabor de la ilusión?

¿Ese perfume que nos hace despertar con el hálito fresco hasta el día del final de todos los días?

¿A qué diablos sabía el amor?

¿A qué olía el amor? ¿A qué olía?

¿A flores marchitas?

¿A cuerpos descompuestos?

¿A pensamientos totalmente irrelevantes?

¿A praderas en donde pastan unas vacas imbéciles?

¿Olía acaso a olvido?

¿O a recuerdos?

Los recuerdos tienen un aroma peculiar que los distingue bien de los olvidos.

Son más penetrantes, más ácidos, más corrosivos. Se te meten por entre las narices y te inflan las glándulas hasta que sientes que la garganta se va a reventar y que vas a acabar por escupir tus dientes y tus cuerdas vocales y que jamás podrás dar un do de pecho y que no te quedará otro remedio sino toser toda la vida. Toser, toser, toser.

¿Sería que en su perfume traía algún tipo de polen que provocaba estornudos? ¿Una serie interminable de estornudos? ¡Hay gente alérgica a los perfumes más refinados y exóticos!

¡Podía también haber olido a jabón espermaticida! ¡Este sí que es peculiar! Huele a nada. ¡Y el olor de la Nada sí que es definitivo! ¡Te llena los pulmones y te los desinfla en un dos por tres! ¡Puf, y fuera!

¿Y cuál era su textura? ¿Tenía el amor alguna textura especial?

¿Rugosa? ¿Fiera?

¿Áspera? ¿Asperra?

¿O era quizás sedosa? ¿Suave y delicada?

¿Amable al tacto como la piel de un niño? ¿Odiosa al tacto como la piel de un niño?

¿Era como acariciar la raíz de un viejo roble? ¿Como acariciar el pétalo de una flor?

Después de hacerlo, ¿sentías en tu cuerpo una bendición o una herida?

¿Cómo, cómo era su textura?

¿Como la de un ensueño?

¿Como la de la realidad?

¿Qué huellas dejaba sobre la yema de tus dedos?

¿Una sensación de tersura? ¿Una cicatriz precoz?

¿Sangraba tu piel o se rejuvenecía?

¿Cómo se coagulaba la sangre? ¿Era un proceso rápido o lento?

¿Dejaba esa caricia algún tipo inefable de llaga?

¿Y a qué sonaba?

¿Al canto de un pájaro? ¿Al roce lento de una lombriz sobre una superficie corrugada?

¿Al batir de alas de un mirlo o de un vampiro?

¿Sonaba como el dulce cantar de una soprano lírica o como los alaridos de un enfermo terminal? ¿O como ambos? ¿O como qué?

¿A qué sonaba el amor? ¿A qué?

¿Al violín de Paganini? ¿Al tambor de un indio reducidor de cabezas?

¿Sonaba como el viento de primavera entre los árboles o como una bala entre el corazón?

¿A qué sonaba? ¿A qué?

¿Sonaba como suenan las caricias? ¿Como suenan las heridas?

¿Como suenan los recuerdos?

¿Como suena el olvido?

¿Sonaba?

¿O es que quizás era mudo, y se comunicaba contigo a través de muecas silenciosas? ¿O tenía frecuencias que tu oído era incapaz de captar?

¿Es que tenía tantos y tan maravillosos sonidos que te hacían embriagarte hasta el punto de no saber reconocerlos?

¿Sonaba, acaso, como el silencio más profundo?

¿Y qué veías? ¿Alguna vez fuiste capaz de ver al amor? ¿Viste algo? ¿Algo?

¿Una luz que te deslumbraba, una sombra que te deslumbraba?

¿Qué veías?

¿Todos los colores del verde, todos los colores del negro?

¿Veías, acaso, algún color? ¿O eras como un albino? ¿Tenías discernimiento de los colores?

¿Eras acaso capaz de decir: esto es verde, esto escarlata, esto blanco, esto marrón?

¡Mierda de todas las mierdas! ¿Eras capaz de ver? ¿Eras capaz de no ver?

¿Tenías un ojo? ¿Dos ojos? ¿Cien ojos? ¿Ningún ojo?

¿Y es que sabías, acaso, hablar? ¿Sostenías conversaciones íntimas con el amor?

¿Sabías, por ejemplo, decir: sí; decir: no? ¿Decir algo como blablablavblaumpfblabla?

¿Decir algo? ¿Algo?

¿Decir “me parece maravilloso”, o “me parece repugnante”?

¿Decir “no tengo nada qué decir”?

¿O mejor aún, no decir?

¿Decir con el silencio? ¿Gritar en silencio, reír en silencio, hacer el mayor de todos los estruendos en silencio? ¿Hacer el mayor de todos los silencios en silencio?

¿Y el cuerpo? ¿Qué pasaba con el cuerpo? ¡Unas veces exaltado, otras muerto!

¡Vivo y muerto! ¡Muerto y vivo! ¡Todo a la vez!

¿Qué era eso que las gentes llamaban amor?

¿Qué era eso que alguna vez él había llamado amor?

León Fleisher se miró al espejo y por un breve instante supo que algún día, en alguna circunstancia, en algún momento, movido por algún impulso y motivado por alguien o por algo, había sabido, o creído saber, qué era el amor.


León Fleisher miró a la mujer que preparaba el desayuno. Se llamaba Karen y era su esposa. No era un nombre muy bonito, pero estaba seguro de que hacía unos años le había provocado determinado tipo de emociones.

“Karen, Karen, Karen…”, se dijo varias veces, tratando de evocar esas antiguas sensaciones, pero le resultó imposible. Más aún, a los pocos segundos el nombre perdió todo sentido: era lo mismo que decir wojkc, o miprrl. O tuic. Tuic. Eso sonaba mejor. De ahora en adelante, por el tiempo que quedara, pensaría en ella como Tuic.

Tuic, Tuic, Tuic.

Era muy posible que hubiese pájaros que cantaran así: tuic. Pero nunca existió uno solo que dijera “Karen”. Jamás habría un ave que dijera “Karen”. Quizás, con mucho esfuerzo, un loro estúpido. Odiaba los loros, los papagayos, las guacamayas, y sus horrendos graznidos y sus plumas de payasos. ¿Para qué diablos existían? ¿Cumplían con algún tipo de función? Los alacranes, por ejemplo, devoran cucarachas y a veces nos pican y nos matan, y todo eso tiene un sentido. ¿Pero cuál puede ser el sentido de un loro? ¿De un loro, decir “Karen”? ¿Qué diablos puede querer decir “Karen”? Tal vez sólo los loros puedan entenderlo.

La mujer con la que había convivido durante los últimos quince años de su vida estaba allí, ocupada en preparar huevos fritos, tostadas y café con leche.

La ex-Karen. La nueva Tuic. Tuic, Tuic, Tuic.

Era más bien atractiva. Probablemente habría muchos hombres que quisieran acostarse con ella. Hombres que le dirían “Karen”. Hombres preparados para decir cosas como “te amo”, o, peor aún, “te amo, Karen”.

La imagen de Tuic haciendo el amor con un desconocido, o con algún amigo común, era, sin duda, incómoda, pero no dolorosa. Incómoda, eso sí. Como la que provocaría el verse condenado a compartir con alguien el cepillo de dientes. O el papel higiénico. Muy incómoda. ¿Y qué decir de las posibles contaminaciones? ¿De las incontables enfermedades venéreas que Tuic podría adquirir y eventualmente pasarle? ¡Puf, qué asco!

Sí, definitivamente Tuic era atractiva, aunque había sido sin duda más hermosa. Por lo menos, eso intuía. Es probable que hubiera tenido los senos y las nalgas más firmes. Muy probable. Tendría que buscar algunas fotos viejas para comprobar su corazonada. ¿Dónde las habría puesto? No, en su escritorio, no. ¿En la alacena de su biblioteca? ¿Entre los archivos muertos?

¿Dónde? “Pero qué imbécil soy”, se dijo al recordar que en la sala había una foto del día de su matrimonio. Tenía la vaga impresión de que ambos, sí, ambos, sonreían. Tuic y él sonreían. Tuic, Tuic, Tuic.

—Ya vengo, dijo, y fue al salón. Allí, en efecto, estaba la foto.

Tuic lucía un vestido blanco lleno de encajes, como el que vestiría algún repugnante ángel.

No había lugar a equivocaciones: era Tuic, hace quince años. Y sí, era mucho más bonita. El torpe hábito matrimonial no escondía sus formas generosas. Tuvo que haber sido excitante poseerla. Rasgar ese traje y penetrarla. Tuvo que haber sido extraordinario. Y debió decirle muchas veces “Karen, ¡oh Karen!”. Debió decirle “te amo” y cosas como ésas. O peor aún, “te amo, Karen”. Así tuvo que haber sido.

Y junto a Tuic, un hombre. Un tipo que sonreía y la miraba como uno mira un bello atardecer. Sonreía sin cesar. Por lo menos en aquella foto sonreía sin descanso. ¿Qué era eso? ¿De qué se trataba? ¿Quién diablos había tomado esa foto? ¿Qué hacía esa foto en el salón? ¿Quién le había pedido permiso para colocarla allí? ¿Para enmarcarla?

Sí, Tuic estaba aquel día con un hombre, él, León Fleisher. Por lo menos algún León Fleisher. Porque el individuo que estaba en la foto, sonriendo perpetuamente, era como él, León Fleisher. Tal vez, incluso, era él, León Fleisher. Todas las alternativas analizables indicaban que era él. León Fleisher. Estúpido nombre. León. León. León. ¡Grrrrrr! León.

Él ya no era León. Probablemente nunca quiso ser León. ¿León? Sólo al alcohólico de su padre se le había podido ocurrir escoger ese nombre. ¡León!

Y, por supuesto, su madre, una mujer ocupada en pintarse las uñas de la mano –¡y hasta de los pies!– no se opuso a tan descalabrada escogencia.

Nadie dijo nada. Simplemente lo llamaron “León”, y todos tan contentos.

Malditos bastardos.

Él no era “León”. Quizás era “Ludovico”. O “Rafael”.

O: “Yonosécómomellamo”.

O: ( )

Sin duda habría tenido una vida más feliz si sus progenitores hubieran decidido no ponerle nombre alguno. Si hubieran tomado la sabia decisión de llamarlo “él”. Sencillo, ¿no es verdad? ¡Muy sencillo! ¡Muy sencillo!

Además, lo habían marcado para siempre con el apellido. “Fleisher”. Un nombre de producto desinfectante. O quizás de levadura. Pero ese no era un nombre humano. No, señor. Un virus puede llamarse “Fleisher”. Algún tipo de ameba. ¿Una bacteria? ¿Una célula cancerígena?

Quizás eso era él: una simple y elemental célula cancerígena. De ésas que se reproducen y devoran cuanto encuentran a su paso, hasta el corazón mismo.

No. Él no es ni “León” ni mucho menos “Fleisher”. El individuo de la foto y él no son el mismo. Son enemigos. Son seres antagónicos, irreconciliables, que se desprecian y se humillan.

Nunca más habrá un “León Fleisher”. Seré “Wozzeck”. Eso es.

Nada más simple: WO-ZZ-ECK. WOZ-ZECK. WOZZECK.

¡WOZZECK!

León, Fleisher, León Fleisher, León Wozzeck, Wozzeck Fleisher y Wozzeck, todos al mismo tiempo, dejaron caer la foto al suelo y luego se pararon encima y acabaron de destruirla.

—¡Oh, Dios mío!, exclamó Tuic al ver el estropicio. ¿Qué ha pasado? ¡Quería tanto esa foto!

—Fue un accidente, respondió Wozzeck Fleisher, casi apesadumbrado.

Karen se puso a llorar, y León la tomó entre sus brazos, y se dijo que Tuic probablemente abrigaba hacia él alguna especie de sentimiento complejo.

Tendría que investigar de qué se trataba. Pero se sentía tranquilo: Wozzeck resolvería el enigma antes de morir.

—¿Te gustó tu regalo de cumpleaños?, preguntó Tuic mientras parecía admirar una corbata roja con puntos amarillos.

—Por supuesto, respondió León, mientras que Wozzeck miraba repugnado la maldita prenda. Odiaba las corbatas, detestaba el color rojo, y los puntitos amarillos le provocaban náuseas. La única desgracia que faltaba era que Tuic lo forzara a usarla.

—Supongo que la estrenarás hoy, ¡para ir al trabajo!, dijo la mujer ésa.

¡Niños, vengan a ver lo elegante que está su papá!

Un niño y una niña de edad realmente incierta penetraron a la habitación, gritando y saltando como un par de dementes. León sabía muy bien que eran hijos suyos, pero Wozzeck no creía tener razón valedera para verse obligado a sentir hacia ellos nada más que una profunda angustia.

El engendro mayor, si su memoria no fallaba, llevaba por nombre el muy ridículo de José Luis, lo que sin duda tuvo que haber contribuido a que el zángano tuviese un comportamiento definitivamente esquizofrénico.

La niña con trenzas se llamaba, casi con certidumbre, Ángela. ¡Ángela!

¿De dónde diablos habían sacado ese nombre idiota? ¡Súcubo hubiera sido mejor! ¡Mucho mejor! Era igual a su abuela: impertinente, engreída, vana y banal. La imagen infantil de las brujas de Macbeth.

León Fleisher había sido lo que suele llamarse un padre ejemplar. ¡Un padre!

¡Un padre! Wozzeck sintió un súbito arranque de pánico al constatar que los dos maléficos enanos eran hijos de Fleisher, el imbécil, y que tenía que ocuparse de ellos. ¡Eran producto de los inexplicables impulsos sexuales de ese cretino! ¿Es que acaso el tal León no sabía de la existencia de los preservativos? ¡Pobre tonto! ¡Un irresponsable, por demás! ¡Un demente!

Trató de irse a refugiar al baño, pero los dos amenazadores pigmeos danzaban alrededor de él como en una rara ceremonia de encantamiento, ideada, sin duda, para ensombrecer su existencia.

El teléfono sonó, y Wozzeck levantó el auricular.

—Hola, hijo, ¡feliz cumpleaños!

—Debe usted estar equivocado, señor, contestó antes de colgar.

El timbre volvió a repicar:

—¿Qué te pasa, León?

¿Ya no reconoces la voz de tu padre?

Wozzeck no tenía padre, eso era un hecho indiscutible. Se trataba otra vez, ¡otra vez más!, de los enredos de Fleisher, el imbécil. El muy imbécil. Éste respondió en tono tierno:

—¡Excúsame, papá! ¡Es que estaba jugando con los niños! ¡Gracias por tu llamada!

—Esta noche pasaremos un momento a llevarte tus regalos. ¡Tu mamá te ha comprado una corbata roja muy hermosa!

Wozzeck tomó entonces control de la situación, y rápida pero discretamente, desconectó el hilo.

—Tus suegros vienen de visita esta noche, le dijo a Tuic en tono amargo.

—Tendrás que comprar algunas botellas, respondió ésta. Ya sabes que cuando tu padre comienza a beber, nada ni nadie lo detienen…

—Es su mejor virtud, comentó Wozzeck.

—¿Cómo te atreves a decir eso? ¿Y enfrente a los niños? Tuic estaba indignada.

León, por una vez, tuvo el acierto de intervenir para reponer los perjuicios causados:

—Quiero decir que cuando bebe, sus virtudes resaltan más, ¡querida!

—¿No crees que deberías aprenderte a expresar mejor?, preguntó en tono sarcástico Tuic la bruja.

Wozzeck hubiera querido darle unas nalgadas, un castigo ejemplar para que se callara la boca en esos momentos. Fleisher se lo impidió. ¡Fleisher, el detergente!

—Gracias por todo, dijo, sonriendo, el muy miserable, el muy cobarde.

Tengo que salir a toda prisa al trabajo. Nos veremos esta noche.

Wozzeck puso pies en polvorosa. El corazón le latía muy fuerte y tenía la impresión de que iba a ahogarse. En ese instante, necesitaba como diez pulmones. Como cien pulmones. Cantidades inimaginables de aire.

Una de las llantas de auto estaba desinflada. León Fleisher sacó el gato y se preparó a cambiarla cuando Wozzeck intervino:

—¡Óyeme bien, idiota! Si cambias esa llanta, te pudrirás por toda la eternidad en algún tipo de infierno que se inventará para ti. Será mucho, pero mucho peor que aquí. ¡Manda el auto a la mierda! Después de todo, no te interesa mucho, ¿no es cierto? Yo, por lo menos, sé lo que debo hacer: ¡me voy en metro! ¡Adiós!

León Fleisher salió corriendo detrás de él:

—¡Espérame! ¡Espérame!

Miraron el reloj. Fleisher llegaría tarde a la cita. Wozzeck se dio cuenta de que León estaba preocupado, y le dijo:

—Oye, me gustaría preguntarte algo… ¿Amas tu trabajo?

—Bueno, en fin, creo que…

—Te pregunto si amas tu trabajo.

—No sé muy bien a qué te refieres…

—¡Precisamente! ¡No tienes ni la menor idea! ¡Jamás sabrás de qué se trata este asunto!

—Pero…

—¡Pero nada! Lo mejor que podemos hacer es irnos a tomar un trago… Hace tiempo tengo deseos de visitar cierto bar. Atiende veinticuatro horas al día.

Debe estar lleno de gentes como nosotros.

—Vamos, dijo Fleisher, intimidado por el tono de Wozzeck. En realidad, reconozco que me produce una cierta curiosidad.

—Eres un completo estúpido, fue todo lo que Wozzeck respondió.

El Bar Paraíso quedaba en todo el centro de la ciudad y aparentemente no le importaba hacer resplandecer sus libidinosas luces de neón a las ocho de la mañana. Había algo indecente en él, como en todos los paraísos, y León titubeó antes de empujar la puerta.

—¿Cuántos años tienes, Leoncito?, preguntó Wozzeck. ¿Algo así como cuarenta y cinco? ¿No te celebraron hoy toda una vida de estupidez y cobardía? ¡Dame la billetera!

Wozzeck la tomó y contó el dinero: era suficiente como para un día entero de delirio:

—Vamos, dijo en tono más complaciente. Es hora de relajarnos un poco…

—Una cerveza, ordenó Fleisher una vez acomodado en su butaca.

—¿Una cerveza? ¡Una cerveza!, estalló Wozzeck. ¿De qué estás hablando?

¿Me tomas por un idiota como tú? ¡A veces me dan ganas de darte un bofetón!

¡Mesero! ¡Cambie la orden, por favor! ¡Una botella de su mejor whisky! ¡Y rápido! Rápido, ¿me oye?

León sintió que el alcohol le quemaba las entrañas, y alcanzó a experimentar una cierta envidia hacia Wozzeck, quien se había apurado un trago doble.

—No hay nada mejor que la oscuridad en pleno día, dijo éste. ¿Te das cuenta de que la prostituta que se encuentra sentada en la mesa de la esquina debe tener por lo menos sesenta años, y sin embargo estas penumbras disfrazan todas sus arrugas y todas sus cicatrices? ¿No adivinas ya que dentro de un rato la encontrarás deseable? ¡Mírate en las sombras y te reconocerás de inmediato!

Wozzeck le tomó con violencia la barbilla y lo obligó a mirarse en el espejo del bar.

A él no le sucedía lo mismo que a las prostitutas: la penumbra, en vez de disimular sus arrugas, las resaltaba; en vez de esconder su calvicie incipiente, hacía brillar la testa de manera casi obscena. Los dientes se veían más amarillos, el aliento se hacía más fétido, todo en él se tornaba desueto, como esos juguetes viejos que ya nadie sabe para qué sirvieron. Era como un extraño Dorian Gray al cual su imagen lo hiciera envejecer.

—¡Feliz cumpleaños!, exclamó Wozzeck, burlón.

El marido de Karen, el padre de José Luis y de Ángela, León, hijo del señor y de la señora Fleisher, León Fleisher, él, el mismo que estaba en el espejo, el de los ojos enrojecidos, todos ellos tuvieron por primera vez en sus vidas un arranque de cólera. Era, quizás, algo más que cólera, pues no podía negarse que contenía elementos muy parecidos a los que conforman el odio.

—¡Así es!, clamó Wozzeck.

¡Así es! ¡Sigue por esa vía! ¡Sigue! ¡Imítame!

Wozzeck lanzó con todas sus fuerzas el puño contra el pesado mostrador de madera maciza, y lo que quedaba de León Fleisher sintió que varios huesos se quebraban y dio un aullido de dolor. Wozzeck, por el contrario, reía a carcajadas, como si se tratara del más tonto incidente:

—¡Tómate otro trago! ¡Se te pasará cualquier dolencia!

El barman se acercó:

—¡No se preocupe señor! ¡Es de puro roble! ¡Importado! ¡Importado! ¡Muchos se han roto ahí la cabeza, otros el corazón!

Y, en tono de confidencia, añadió:

—Y algunos, hasta partes más íntimas, comprende lo que quiero decir? Partes más íntimas! ¡Ja, ja, ja! ¡Partes más íntimas! ¿Otra botella?

—Por supuesto, se apresuró a contestar Wozzeck. Y algo de hielo para la mano, por favor.

—Ya se lo traigo, amigo. Pero entre tanto, le ofrezco algo mejor…

El barman hizo un signo y la vieja prostituta se levantó de su mesa y vino a sentarse junto a Wozzeck.

—Hola, cariño… te he estado observando… me gustan los hombres apasionados y solitarios. ¿Cómo te llamas?

—Wozzeck.

—¿Qué clase de nombre es ése?

—Un nombre. Sin melodía ni tono precisos. Un nombre que sólo puede pronunciarse cuando se está solo en el bosque, rodeado por terribles criaturas, y el sol se levanta y parece que el universo entero fuera a quemarse.

—¿Eres poeta, o algo de ese estilo? No entendí nada…

—¿Te pagan para que entiendas?

—Eres muy agresivo, cariño…

—¡No uses esa palabra! ¡Te lo prohíbo!

—¿Y cómo quieres que te diga?

—¡Llámame León!

—¡Ah, qué divertido! ¡Yo me llamaré Gacela!

Wozzeck la miró, furibundo:

—¡No es asunto de bromas! ¡Si no te comportas te devuelvo a tu mísera mesa!

¡Cúrame la mano! ¡Creo que podrías lamerla lentamente! ¡Mira cómo se hincha!

¡Usa de tu mejor arte para que el dolor sea pródigo! ¿Cómo te llamas?

—Alba.

—¿Karen? ¿Has dicho Karen?

—¡No! ¡Dije Alba!

—¡Mientes! ¡Mientes! ¡ Dijiste Karen! Wozzeck estaba enardecido.

—¡Te equivocas! ¡Dije Al-ba! ¡AAAAAL-ba!

—¿Qué clase de nombre es ése?

—Como los tuyos. Está lleno de miedo.

—¿Te hubiera gustado llamarte de otra forma?

—Nicolasa.

—¿Nicolasa? ¡Bromeas!

—No. Me dicen que era el nombre de mi abuela. Una campesina.

—¡Entonces así te quedarás, por lo menos mientras estemos juntos! ¡Wozzeck y Nicolasa! Pero tú me dirás León y yo te diré Gacela, ¿está claro? ¡Hay que poder soñar un poco! ¡Hay que relajarse! ¡Bebe! ¡Bebe!

Alba se quedó mirándolo y preguntó:

—¿Qué te gustaría hacer conmigo, León?

—Todo lo que esté prohibido, Gacela.

—No me gusta que me llames así. Es todo lo que pido. Es Nicolasa o Alba. Escoge.

—No puedo llamarte Nicolasa. Me sentiría hablando con un artefacto para recolectar coles. Lo siento. Y en cuanto a Alba, ¿cómo podría llamarte luz cuando eres sombra?

—¡Maldito borracho de mierda!

—¡Te llamaré X! ¡Eso es! ¡X! ¡E-QUIS!

—¡Hijo de puta!

—¡Cálmate, X!

—¡Malparido!

Wozzeck dejó de sonreír y miró a X con respeto:

—¿Sabes? Puedes llamarme así. Ese nombre tiene toda la sonoridad del dolor de esta vida. Cuando estemos haciendo el amor deberás decirlo todo el tiempo: malparido; Malparido; MALPARIDO. ¡Me gustas, X! ¡Eres toda una mujer!

Alba estaba muy asustada, pero necesitaba el dinero. Recorrió con la lengua los dedos inflamados del tal León-voseque-malparido y le dijo:

—¿Sabes qué, muchachote? Vamos ya. Me coges, me pagas y te largas.

—¡Espera, X!, exclamó Wozzeck. ¡Todavía no ha llegado el momento! ¡Déjame disfrutar mi venganza!

—¡Pues ve a joder con tu madre, imbécil!, exclamó Alba, quién tomó su bolso y salió a perderse en la penumbra.

Wozzeck se sintió súbitamente aliviado, pero desprotegido: X había sido una fuente de seguridad. Llamó al barman y le dijo:

—Oye, ¿qué le pasaría a esta mujer?

—Hasta las prostitutas tienen dignidad, señor. Temo que usted se excedió.

—¿Estaba escuchando?

—Por supuesto. Así me paso la vida. Es mi manera de chuparle la sangre, señor.

—¿Qué dice, infeliz?

—El infeliz es usted, mi amigo.

—¡Deme la cuenta! ¡Me largo de aquí!

—Usted no se va para ningún lado, señor. Permítame servirle otro trago. Sería conveniente que se calmara un poco. Tal vez usted tiene las ideas un poco alrevesadas. ¿No se da cuenta de que yo no sería barman si no fuera un poco vampiro?

—¡Muéstreme los dientes, desgraciado!, exclamó Fleisher, inquieto, mientras Wozzeck se carcajeaba bajo el mostrador.

—Con todo gusto, señor, respondió el barman, llevando un dedo hacia sus ojos. Estos son mis colmillos, amigo mío. Usted me ha dejado verlo, y su alma ya es mía. Después de dos horas de observarlo, soy su dueño.

Wozzeck recordó con pánico que alguna vez, en otra vida, había sido esclavo de un maldito capitán y de un médico que le hacía comer judías.

—¡Usted es el diablo!, exclamó.

—El demonio es usted, señor, respondió el barman. Llevo el alma cargada de gentes como usted. Ni se imagina cuánto pesan. Los veo sentarse aquí todos los días, malditos bastardos como usted que necesito para alimentar mi propia miseria. ¡Como usted! ¡Como usted!

Wozzeck se desplomó sobre el mostrador y comenzó a sollozar.

—¿Por qué llora, señor?, preguntó el barman. Debería estar tranquilo: el alma humana siempre se encuentra ávida de mierda. ¿No está usted satisfecho?

—Tuic, Tuic, Tuic, murmuró Wozzeck Fleisher.

—Es muy tarde para tratar de imitar a los pájaros, señor, comentó el barman.

Temo que tendrá que buscar otro camino. Los pájaros son seres nobles, señor.

—¡Detesto los loros!, exclamó Wozzeck.

—Hace usted mal. Pero supongo que usted se ve retratado en ellos, y esta constatación hiere su sensibilidad, lo que explica su absurda opinión.

—¿No hay otra mujer en este bar de porquería?, inquirió Wozzeck, quien acababa de darse cuenta de que estaba experimentando la más poderosa, la más fantástica y violenta erección de su vida.

Wozzeck pensaba en Karen, la atractiva mujer del imbécil ése de Fleisher, un incapaz, un pobre idiota. Un mequetrefe. Karen era apetitosa. Yuum, yum. Excitante. Lástima que fuera esposa de ese cretino de Fleisher. Lástima que hubiera tenido hijos con él. Lástima que no hubiera podido conocerla en todos estos años.

Si ella fuera libre, y él, Wozzeck, fuera libre, iría de inmediato y la tomaría y la penetraría durante días y semanas enteras y se entregaría a ella y querría que ella lo penetrara, y podrían pensar en decir, aunque fuera una vez, que sentían algo parecido a eso que las gentes llaman amor, podrían aspirar a decir esa palabra sin sentirse sucios y tramposos. Podrían comenzar, por ejemplo, por decirse algo sencillo, como “ confío en ti”.

Podrían decirse “me atraes”, o “me gustas”. Podrían aprender a tocarse. A olerse. A lamerse. A olvidarse. A no tocarse. A no nada de nada.

Podrían, por ejemplo, pasar días enteros sin decir ni una sola palabra, y convertir el silencio en la más alta forma de eso que las gentes llaman amor.

Podrían evitarse. Esquivarse. Desaparecerse.

Podrían, por supuesto, odiarse por amor, eso que las gentes llaman amor.

Odiarse bien, cómodamente, apaciblemente, sin apuros, con una pureza transparente y dulce, con fiera intensidad, dormida y alerta a la vez.

Odiarse, así no más, sin tanta preconcepción, sin prejuicios de ningún orden, sin saber ni siquiera qué es eso que las gentes llaman odio.

Si él, Wozzeck, fuera libre y ella, Tuic, fuese libre, él correría a buscarla.

¡Si pudiesen quererse de verdad! Si pudiesen odiarse de verdad! Pero nada podía ya ser posible, porque después de todo, el verdadero problema era que Wozzeck y todos sus predecesores no sabían ya qué quería decir ni amar ni odiar.

—¿Cómo se llama usted?, preguntó Wozzeck al barman.

—El barman guardó silencio.

—¿Cómo?, exclamó Wozzeck. ¡Es el nombre más extraordinario que he oído!

¡No guarda relación con nadie ni con nada! Es perfecto!

El barman se acercó a Wozzeck y le dio un beso en la boca:

—Vas a morir muy pronto, ¿sabes?

Wozzeck asintió mientras se limpiaba los labios: aquel bar era el lago en donde iba a hundirse para siempre.

—Vuelvo a preguntarte: ¿no serás por casualidad el demonio?

—¿No es verdad que sería conveniente para ti, Wozzeck? ¡Tendrías por lo menos algo en qué creer! ¡Podrías llegar incluso a ser tan torpe como para tratar de sentirte Fausto! Pero temo desilusionarte. No soy sino lo que ves, un barman. ¡Un hijo de puta barman, quien, sin embargo, es dueño de tus últimas horas! ¡Dueño! ¿Me escuchas? ¿Has comprendido, Wozzeck? ¿Has comprendido?

—No me lleves a matarte, respondió Wozzeck, sombrío. Déjame irme solo, como corresponde.

—¡Ya no puedes, Wozzeck! ¡Ya no puedes! ¡La soledad, hay que conquistarla!

¡Hay que ganársela! Hay que ser merecedor de ella! ¿Quién te crees tú? ¿Cuáles son tus méritos para aspirar a morir solo? ¿Puedes acaso limpiar tu vida con un simple trazo? ¿Aspirar a crecer en un instante? ¿Ser, de pronto? ¿Crees que puedes súbitamente tomar la decisión de existir para poder morir? ¿Crees que tienes tiempo para aprender a olvidar?

—De verdad eres el Demonio.

—¡Borracho estúpido! ¡La Verdad es el Demonio! ¡El único Demonio que ha habido y jamás habrá es la Verdad! ¿Me escuchas? ¡Pobre imbécil que vienes a buscarla para alejarte de ella! ¡Bebe! ¡Bebe! ¡No es sino mediodía! ¡Tienes tiempo para consumirte!

—Creo que habré de terminar por matarte.

—Eres libre de ensayar. ¿Te hará sentirte más cómodo el llevarme contigo, amorcito? ¡Bájate los pantalones! ¡Agáchate! ¡Y calla! ¡Calla!

Wozzeck obedeció, como movido por una fuerza implacable. Unos segundos más tarde, sintió que el miembro del barman lo penetraba, y quiso dar un grito pero no pudo, y quiso llorar pero no pudo, y quiso morirse, pero aún no era el momento:

—Ahora sí voy a matarte… ¡Estás condenado!

—No te queda otro remedio, Wozzeck. Te comprendo. ¡Bebe! ¡Bebe! ¡No tenemos mucho tiempo! ¡El tiempo se agota! ¡Piensa, Wozzeck! Te quedan todavía unas horas… ¿Crees que serás capaz de perdonarme? Dime, imbécil: ¿crees que serás capaz de perdonarme?

—No.

—¡Bravo, Wozzeck! ¡Qué divertido es ver crecer a alguien justo antes de su muerte!

¡Te felicito!

¡A la tumba no se puede llegar sino amnésico o cargado de odio!
Wozzeck se quedó pensativo:

—¿Sabes? Creo que necesito ir a pasear un poco por el parque.

—¿Por el parque? ¿Pero qué clase de imbécil eres tú? ¿Quieres encontrar algún tipo de pretexto para seguirte aferrando a algo que no tienes? ¿Quieres acaso ver si de pronto un árbol te restituye a la vida? ¿Si el espectáculo de una fuente te repone tus células enfermas? ¿Si el canto de un mirlo te hace sonreír? Eres un pobre imbécil. Siento haberte violado.

Wozzeck se levantó, se dirigió a la cocina y regresó armado de un enorme cuchillo:

—Yo, Wozzeck, te mataré como a un cerdo, con este cuchillo, antes de terminar la noche. ¡Lo juro!

El barman sonrió:

—Me gustas, Wozzeck. Hace tiempo espero a alguien que lo haga. Pero, dime: ¿estarás lúcido en ese momento? ¿Sabrás en dónde asestar la puñalada?

¿O actuarás como un carnicero novel? ¿Tu mano será guiada por tu miserable vida o por tu miserable muerte? Y tú, pobre leoncico, pobre Wozzequito, ¿sabrás quitarte la vida después de haberte convertido en asesino? ¿O acabarás, en el último instante, por enamoriscarte de tu mísera existencia? ¡Si vas a matarme, has de jurar que tú también te matarás!

Mi vida es banal, Wozzeck. La tuya es incómoda. ¡Tienes que liberar a todas las Karen, a todas las Tuic, a todas las Albas y a todas las Gacelas!

TÚ eres un peligro. Tú eres nocivo. La única cosa importante que puedes hacer en tu vida es matarme y luego suicidarte.

Wozzeck agachó la cabeza y dijo:

—Eres un asco. El asco que le faltaba a mi vida. Puedes estar seguro de que te horadaré tu maldito corazón y luego me mataré. Lo juro. Puedes confiar en ello.

—¿Confiar? ¿Confiar? ¡Eres absurdo, Wozzeck! ¿Cómo confiar en ti? ¡Eres repulsivo, Wozzeck! ¿Cómo confiar en ti? ¡Una larva, eso eres! ¡Una larva!

Ahora, ¡vete de aquí! Te espero a las seis en punto, ¡miserable!

Wozzeck se levantó y, trastabillando, emprendió camino hacia el parque.


A León Fleisher siempre le habían gustado los parques, pero a Wozzeck le aburrían a muerte. Odiaba los bichos que se paseaban por ahí, y en particular las abominables palomas, pájaros bobos y sucios. Una de ellas comenzó a pasearse junto a sus piernas, y Wozzeck le propinó una patada.

Una mujer que pasaba empujando un coche lo miró, furiosa:

—Señor, ¿qué hace usted? ¿Cómo se le ocurre infligirle daño a una indefensa avecilla, que merece sólo amor?

—¿Qué quiere usted decir por amor?

—¿Cómo que qué quiero decir? ¡Todo el mundo sabe lo que quiere decir!

—Es usted una imbécil, ¡estimada señora!

—Cómo se atreve, ¡patán! ¡Rufián! ¡Voy a llamar a la policía!

—Se lo aconsejo, porque de lo contrario, ¡le propinaré una patada en el trasero y me iré a dar una vuelta en su coche!

La mujer regresó cinco minutos más tarde en compañía de un agente:

—¡Este es el hombre que ataca a las palomas! ¡Éste! ¡Y me amenazó con golpearme y secuestrar a mi niño! ¡Tiene apenas cuatro meses! ¡Cuatro! ¡Nada más! ¡Es dulce, y tierno! ¡Cuatro meses apenas! ¡Y tiene un futuro brillante!

—Apuesto a que le puso algún nombre repugnante, dijo Wozzeck.

—Es usted un cochino, exclamó la mujer. ¡Un cerdo y un cochino!

¡Co-chi-no! ¡Co-chi-no! ¡Co-chi-no!

—Cálmese, señora, intervino el agente. Déjeme manejar la situación.

Se dirigió a Wozzeck y le dijo:

—Me parece que usted está en alto estado de ebriedad, señor.

—¿Hay alguna ley que prohíba estar borracho en un parque, agente…?

—Smith.

—¿Smith? ¡Hay trillones de seres con ese apellido! ¡Pobre de usted! ¡Lo compadezco!

—Le levantaré cargos por formar escándalo público, por amenazar a esta hermosa dama ¡y a su nenito, y por faltarle al respeto a la autoridad!

—¡Me importa un rábano! ¿Usted habla en serio cuando dice que esta mujer es hermosa? ¿No ha visto usted nunca una mujer realmente hermosa? ¿Está usted casado? Si usted considera hermosa a este esperpento, ¡cómo será su esposa! ¡Lo compadezco, agente Smith!

—¡Vamos a la Comisaría! Le sentarán bien unas horas tras las rejas.

—¡Suélteme! ¡Lo demandaré por abuso de autoridad! ¡Por uso indebido de la fuerza contra un ciudadano inerme! ¡Y llamaré a su esposa para informarle que usted estaba coqueteando con esta mujer, casada y con hijos!

El agente Smith se quedó meditabundo.

La mujer, cada vez más colérica, le gritó:

—Vamos, agente Smith, ¿no piensa hacer nada? ¿Qué clase de policía es usted?

El agente Smith la examinó detenidamente, se volvió hacia Wozzeck y le dijo:

—Sabe, en realidad usted tiene razón. Esta señora es bastante fea. Pero le mostraré una fotografía de mi mujer para que sepa lo que es belleza.

Sacó de su billetera una foto y se la extendió a Wozzeck, quien la estudió con gran cuidado:

—¡Tiene razón, Smith! ¡Válgame el cielo! ¡Tiene razón! ¡Es preciosa! ¿Cómo hizo usted para conseguírsela? ¡Parecería imposible! ¡Un policía, y además apellidado Smith! ¡Imposible! ¡Usted me está tramando! ¡Una mujer así no se casa con un polizonte, y menos con un Smith!

—No señor, ¡le aseguro que no miento! ¡Ella es MI esposa! ¿Por qué habría de tramarlo?

—Todos los policías son tipos complejos… Uno nunca sabe a qué atenerse con ellos. Seguramente, esa es la mujer del Comisario.

—¡No! ¿Cómo se le ocurre?

—¿Tiene usted un affaire con la esposa de su jefe? ¿Es infiel a la suya? ¡Dígame la verdad!

—¿Está usted loco? ¡Yo jamás la he traicionado!

—¿Entonces por qué atesora una foto de la esposa de su jefe? ¿Por qué? ¡Necesito una explicación! ¡Y más vale que sea convincente!

—¿No va a meter a la cárcel a este individuo? La mujer daba chillidos de rabia.

—¿Quién es usted para venir a enseñarme mi oficio? ¿Por qué mejor no se ocupa de su bebé?

—Smith, ¡lo felicito! Le aseguro que esta mujer es una madre descuidada y perezosa.

—¿Cómo se atreve, miserable? ¡Yo me ocupo todo el día de mi nené! ¡Lo cuido con celo extremo!

—¡Pobrecillo!

—Señora, váyase a casa. Yo me ocuparé del señor…

—Wozzeck.

—¿Cómo? ¡Wozzeck es un personaje de ficción!

—No, Smith. El personaje de ficción es León Fleisher.

—¿Quién es León Fleisher?

—No importa. Ya no existe.

—¿Cómo? ¿Quiere usted insinuar que lo ha matado?

—Casi.

—¡Ajá! ¡Muéstreme una identificación, Wozzeck!

—Aquí está.

—Pero si éste es usted. ¡Usted es León Fleisher! ¿Por qué se autodenomina Wozzeck? ¿Es efecto del alcohol? ¡Usted ha bebido mucho! ¡Apesta a whisky!

—Y usted, ¿está acaso seguro de que es el agente Smith? ¿Completamente seguro?

—¡Por supuesto! ¿Quiere ver mi carné?

—No es necesario. Usted puede haberlo falsificado. Su billetera está llena de fantasmas y de ficciones. Con excepción de la esposa de su jefe, quien me parece más bien real. Usted no puede engañarme, Smith. Lo llamaré Smith.

—Por Dios, ¿sigue empeñado en pensar que le miento? Vivo cerca de aquí. Podemos ir y usted comprobará personalmente la existencia de mi esposa.

—¡Acepto! ¡Es tan raro conocer gente real!

Durante el trayecto, Smith le preguntó a Wozzeck:

—¿Está usted casado? ¿Se está echando una canita al aire?

—Estaba casado.

—¿Estaba? ¿Dejó de amar a su mujer?

—¿Qué quiere usted decir por amar?

—Hombre, todo el mundo sabe qué quiere decir amar.

—Yo no. Creo que alguna vez lo supe, pero lo he olvidado.

—Es usted muy extraño, Wozzeck.

—Usted también, Smith. Muy, muy raro.

Llegaron a un apartamento más bien modesto. Wozzeck examinó las fotos colgadas de la pared.

—Smith, ¿no le parece un poco indecente exhibir así las fotos de la esposa de su jefe?

—Que no es la esposa de mi jefe, ¡maldita sea! ¡Espere y verá! ¡Querida, estoy en casa!

La mujer de la foto apareció. Llevaba puesto un delantal y olía a salsa boloñesa:

—¿Mi amor, qué haces aquí a estas horas?

—Quería que mi amigo Wozzeck te conociera. Éste es Wozzeck. Wozzeck, ésta es Paola.

—Buenos días, señor Wozzeck. ¿Puedo ofrecerle un café?

—Preferiría un whisky.

—¿A estas horas? Pero si insiste, se lo serviré con gusto.

—Gracias. Seco, por favor.

Paola fue a buscarlo, y Wozzeck aprovechó para decirle a Smith:

—En efecto, la esposa de su jefe es muy hermosa…

—A veces siento deseos de darte un puñetazo, Wozzeck. Eres un imbécil.

¡Compórtate bien, que aquí viene ella!

—Gracias por el whisky, señora. ¿Podría hacerle una pregunta?

—¿Qué pregunta?

—¿No siente usted inquietud de que su esposo vaya a encontrarla aquí uno de estos días?

—¿Qué quiere usted decir?

—Bueno, que no es muy discreta.

—¿Qué quiere insinuar? ¿A qué se refiere?

—¡Que el Comisario acabará por enterarse de todo!

—¿Qué pitos toca el Comisario en este asunto?

—¿No es para nada celoso?

—¡Yo qué voy a saber! ¡Allá él! ¿Por qué viene a hablarme del Comisario?

—¡Me parece obvio! ¡Más obvio todavía después de escuchar sus palabras! ¡Es evidente que a usted no le importa para nada el Comisario! ¡Le es indiferente!

¡Por eso está con Smith!

—¡Claro está! ¡No siento nada hacia el Comisario! ¡Me es indiferente! ¿Por qué hace usted insinuaciones desobligantes?

—¿En verdad usted no ama al Comisario?

—¡Pues claro que no! ¡Usted está loco!

—¿Y entonces por qué no se instala definitivamente aquí, con Smith? Se evitaría muchos problemas.

—¡Pero si ya estoy instalada aquí! ¡Hace años!

Wozzeck se volvió hacia Smith y le dijo:

—Smith, no valía la pena mentirme. ¿Ves qué pronto cae en su propia trampa un mentiroso? ¡Toda la verdad ha aflorado! ¡Pero debo decir que te admiro! ¡Eres audaz! ¡Se necesita ser intrépido para traerla aquí a vivir contigo!

Paola se puso a dar gritos:

—¡John, saca a este hombre de mi casa! ¡Inmediatamente! ¡Y no me vuelvas a traer desconocidos!

Smith estaba sentado en el sofá, medio atontado, mirando a Wozzeck con los ojos muy abiertos. En tono fatigado dijo:

—Vete, Wozzeck… Vete antes de que yo cometa alguna locura… deberías consultar un siquiatra…

—Soy siquiatra.

—¿Cómo?

—Quiero decir que Fleisher era un siquiatra. Yo detesto esa profesión.

—¡Estás de verdad loco, Wozzeck!

—El que está loco eres tú, Smith. ¿Traerte a vivir contigo a la esposa de tu jefe no te parece suficiente prueba?

—¡Maldita sea, Wozzeck! ¡O te vas o te rompo las costillas a golpes!

—Traicionarías los votos que hiciste como policía. Pero no me sorprende en ti. ¿No has demostrado ya tu deslealtad al seducir a la esposa de tu jefe?

—¡Voy a hacer que te internen en un manicomio!

—Me es indiferente. Allí he estado toda mi vida.

—¿Qué dices?

—Eres un poco bruto, Smith. Pero es cierto que entre los policías no abundan los Einstein… Me has engañado, y ahora me defraudas. Me voy. Gracias por el trago.

Wozzeck dio media vuelta y salió con gran dignidad, aunque visiblemente ofendido.


Iba caminando por una de las calles centrales de la ciudad, cuando vio un almacén de juguetes. La vitrina era espléndida: se exhibía toda clase de títeres, marionetas, trenes eléctricos. En un rincón, la más maravillosa de todas las cometas de la tierra. ¡Él nunca había tenido una! Además, la tarde era perfecta pues soplaba el viento, y la cometa (su cometa) se elevaría sin problema por los cielos. La compró y salió a la calle enarbolándola, ya listo para hacerla volar hacia el infinito.

El asunto, sin embargo, no era tan fácil como había presumido: los caminantes lo estorbaban y había demasiado tráfico.

—¡Doctor Fleisher! ¿Qué hace usted?, preguntó un viejo barrigón, entre divertido y alarmado.

—¡Usted está equivocado! ¡Yo no soy ningún doctor Fleisher! ¡Soy Wozzeck!

—¿Wozzeck? ¡Usted bromea, doctor!

—¿De dónde saca esa idea? ¿Por qué habría de bromear? ¡Y menos con un desconocido! ¿Quién es usted?

—¡Vamos, Fleisher! ¡Basta de tonterías! ¡Soy su colega Schmidtbauer! ¡Estudiamos juntos! ¡Nos conocemos desde hace más de veinte años!

—¿Veinte años dice usted? ¡Eso me parece mucho tiempo! Como quien dice, ¡una eternidad!

—No exageremos. ¡Pero sí es mucha vida! ¡Deje de bromear, querido amigo!

—¿Qué quiere usted decir por “querido”?

—Hombre, todos sabemos el sentido de esa palabra…

—No. Yo no tengo la menor idea de qué quiere decir. Y creo que usted tampoco. ¿No le parece un tanto descortés interrumpir a un hombre que está tratando de elevar una cometa, para venir a decirle tonterías?

—¡Pero Fleisher!

—Nada de peros. Usted es un farsante. Nadie en su sano juicio utiliza expresiones cuyo sentido desconoce. Usted no es ningún Schmidtbauer. Creo que usted es aquel miserable doctor que me obligaba a hacer dieta de judías.

—¡Temo que está delirando, Fleisher! ¡Veo que ha bebido mucho!

—Le ordeno que no vuelva a llamarme así, ¡impertinente! ¡Tenga un poco de pudor! ¿Ve lo que ha conseguido? ¡Ya no hay viento! ¡Usted ha echado todo a perder! ¡Mi cometa jamás volará!

Wozzeck se sentó en la acera y comenzó a llorar, desconsolado.

Schmidtbauer se le acercó y le puso una mano sobre el hombro:

—Ven, Flei… Wozzeck… ven conmigo y te aplicaré una inyección de tranquilizantes. Te hará bien. Luego te llevaré a casa.

—¡No tengo casa! ¡Vivo en el Bar Paraíso! ¡Llévame allá! ¡Estoy muy triste!

—¡Rehúso ir! ¡Ese es un bar de mala muerte!

—¿Cómo te atreves a hablar así de mi hogar, médico corrupto? ¡Ahí es a donde pertenezco!

—¡Estás haciendo un delirium tremens producto de alguna tremenda intoxicación alcohólica! ¡Necesitas asistencia médica!

—¡Vete a la mierda, Schmidtblablá! ¡Tú eres un asesino profesional! ¡Aléjate de mí! ¡Vé a hablarles de cosas que no entiendes a los pobres enfermos que te creen capaz de redimirlos! ¡Háblales de amor, maldito farsante!

Wozzeck se levantó en actitud amenazadora, y Schmidtbauer consideró prudente salir corriendo, pero se enredó un pie en la cometa, y cayó de bruces. Wozzeck estalló en carcajadas:

—¿Ves, pobre desgraciado? ¡Jamás podrás volar! ¡Jamás! ¡Y estás manchado de caca de perro! ¿O será que se te salió el alma?

—¡Esto no se quedará así, Fleisher!, aulló Schmidtblablá. ¡Te haré expulsar de la Academia de Medicina! ¡Te haré recluir!

Wozzeck lo miró con total indiferencia, se metió las manos en los bolsillos, comenzó a silbar una vieja tonada y se dirigió al consultorio de Fleisher: tenía tiempo suficiente como para terminar de limpiar los estropicios.


Por fortuna, la secretaria de Fleisher no se encontraba para importunarlo. Tampoco sospechaba que él tenía llaves del consultorio y de todos los archivos. Pobre tonta. ¡Por supuesto que tenía llaves! Había mandado hacer una copia, en secreto, especialmente para un día como éste!

Se acomodó en la poltrona que hacía de silla de trabajo, y miró a su alrededor. ¡Conque ésta era la madriguera de Fleisher! ¡Su guarida! ¡Su ratonera! ¡No tenía ni tan mal gusto, el fementido! La atmósfera general del cuarto era cálida y hasta acogedora. ¡Claro! ¡Por supuesto! ¡Para engatusar a todo el mundo! ¡Para engatusarse a sí mismo! ¡Hábil, el tal Fleisher! ¡Vamos a ver! ¡Conmigo la cosa es a otro precio, León! ¡Comencemos!

Se echó en el sofá, miró su foto, sonrió y dijo:

—Bueno, ¿cuál es tu diagnóstico?

El doctor Fleisher lo miró con asomos de simpatía, y respondió:

—Esquizofrenia. ¡Genau! Una pura y perfecta esquizofrenia! Otto Pötzl decía que la esquizofrenia era una enfermedad en la cual un sueño penetraba la existencia como un tumor maligno.

—Acepto tu versión, respondió Wozzeck. Pero debes tener en cuenta lo que decía Henrious Rümke. El secreto de la esquizofrenia reside en su forma. ¿O me equivoco?

—Veo que has estado leyendo sobre el tema, Wozzeck.

—¡Por supuesto! Después de todos estos años contigo, ¿qué esperabas?

—Tu lucidez me alarma. No pareces presentar síntomas de fragmentación del pensamiento…

—Por supuesto que sí, ¡Fleisher! ¡Sé un poco más profundo! ¿No habrás olvidado lo que dijo el doctor Fritz Redlich? Te lo recordaré, pedazo de ignorante: “los nombres de las cosas son conocidos, pero categorías, roles y funciones se confunden”. ¿Cómo hiciste para obtener todos esos estúpidos diplomas si no te sabes ni siquiera eso? Por ejemplo, tú me eres conocido, pero no sé a qué tipo de categoría perteneces, ni cuál podría ser ni tu rol ni tu función! ¡Además me importa un pito! ¡Un cochino chorizo! ¡No vine a escucharte decir sandeces! Quiero solamente preguntarte algo, en plano perfectamente profesional. Dime, ¿qué es eso que llaman amor? ¿Tienes alguna idea?

Fleisher se levantó y sacó de la biblioteca un grueso diccionario. Comenzó a leer:

“Amor. Sentimiento experimentado por una persona hacia otra, que se manifiesta en desear su compañía, alegrarse con lo que es bueno para ella y sufrir con lo que es malo…”

—Para ya, ¡médico de pacotilla!, bramó Wozzeck, de muy mal humor. ¿Conque te riges por lo que dice un maldito diccionario? ¿Qué sabes tú del amor? ¿Lo que has leído en un diccionario? ¡Eres deprimente, Fleisher! ¡Un total mediocre! ¡Jamás debí haber confiado en ti! ¡Eres un pobre imbécil! ¡No vine a escuchar un sartal de tonterías!

¿Qué es sentimiento? ¿Qué es bueno, o malo?

¿Qué es alegrarse o sufrir? ¿Tienes una respuesta, pedazo de asno? Dime, ¿tienes una respuesta?

Fleisher se ruborizó y agachó la cabeza.

—Puedes irte de una vez por todas, dijo Wozzeck, despectivo.

—Dame algo de tiempo, Wozzeck, suplicó León. Después de todo, son muchos años juntos…

—¡Nada de sensiblerías, Fleisher! ¡Nada de sensiblerías! ¡Vete! Y no olvides que te espero a las seis en el Bar Paraíso. ¿No pretenderás que mate yo solo al barman? ¿No pensarás que me suicide solo? ¿Solo? ¡Tú estarás allá conmigo! ¡Te mereces esa pena! ¡Será tu castigo! ¡Nos iremos todos al tiempo, mein Freund! Sólo te quedaría una forma de escapar a todo ello…

—¿Cuál?, exclamó Fleisher, esperanzado. Dime ¿cuál? Me molesta mucho tener que morir hoy. ¡Y los niños, y Karen!

—¿Quién es Karen?

—¿Cómo que quién es Karen? ¡No exageres, Wozzeck!

—Ah, te refieres a Tuic…

—¿Cómo te atreves a llamar así a mi esposa, maldito Wozzeck?

—No es tu esposa. Por infortunio, Tuic es la mía.

—¡Nunca! ¡Ella jamás te querría a ti!

Wozzeck sonrió, sarcástico:

—Acabas de dar en el clavo, Fleisher! ¡Por fin algún destello de inteligencia!

¿Te das cuenta de lo que acabas de decir?

¡“Ella jamás te querría a ti”!

Y ¿por qué, te pregunto, jamás podría querer a Wozzeck? ¿Por qué Wozzeck no es digno de ser amado? ¡Porque ni tú ni Tuic ni nadie en este puto mundo sabe qué es eso! ¿Richtig?

Pero entremos en materia, Fleisher. Te ofrecí una posibilidad de salvarte esta noche.

—Dime, ¡por Dios!

Wozzeck soltó una risotada:

—¿Le tienes miedo a Wozzeck, León? Dime, ¿le tienes miedo?

—¡Para ya, miserable! Dime qué debo hacer.

—Tendrás que poder explicarme qué es el amor, y por encima de todo, tendrás que ingeniártelas para que yo pueda volver a sentirlo. De lo contrario, ambos moriremos esta noche. ¿Está claro?

Si lo consigues, te dejaré libre, ¡Fleisher! ¡Podrás seguir en vida! ¿Supongo que eso te atrae? ¿Te hace soñar? ¿Como esa enfermedad que penetra el espíritu y lo carcome al igual que un cáncer? ¿No serás tú el verdadero esquizofrénico?

¿No serás tú quien tiene desintegrado el espíritu? ¡Tu realidad me enferma, Fleisher! Me parece repugnante.

Y una última cosa. Si logras pasar esta primera prueba, te ofrezco un premio, una bonificación…

—¿Una bonificación? ¡Ya tengo suficiente con poder seguir vivo!

—Te agradará. Déjame explicarte. Si logras saber qué es lo que Karen llama amor, y qué es lo que siente cuando lo experimenta, y si eso que siente hacia ti es real, o un poco real, por lo menos… ¡te dejaré volver con ella! Hablo de mi Tuic, por supuesto. Te la cedo.

—¡Gracias, Wozzeck! ¡Gracias mil! ¡No te supuse tan generoso!

—Eres lamentable, Fleisher. Pareces uno de esos perros callejeros que le lamen la mano al primer asesino que pasa, con tal de tener comida.

—¡No me quiero morir esta noche!, aulló León Fleisher.

—Si no te puedes aparecer con alguna respuesta a mis inquietudes, estás condenado: muerto antes de que yo te clave el cuchillo en las tripas.

—¡Dame más tiempo! ¡te lo ruego! ¡El asunto no es fácil!

—¿Cuál tiempo, Fleisher? El tiempo sólo existe en función del alma, el alma sólo existe en función del amor. Por lo tanto, si el concepto de amor pierde sentido, el tiempo se desintegra. Tienes hasta las seis de la tarde. Exactamente. Una eternidad, como quien dice…

—Pero… balbuceó Fleisher.

—Ay, León, ¡me tienes fatigado! El hombre siempre justifica sus desgracias con un pero. Es muy tedioso. Y ahora, ¡vete! ¡Tienes trabajo por hacer! Todavía quedan algunas horas de sol. Pero ¡ten cuidado, Fleisher! ¡Nada como el sol para hacer florecer todas las dudas!

—¡No te comprendo, Wozzeck!

—Fleisher, ¡es una indignidad ser comprendido! ¡Largo! ¡Fuera de aquí!


León Fleisher bajó a la calle en un estado de suprema ansiedad: no contaba con mucho tiempo: lo mejor sería tomarse un rato para meditar.

Pensó, quizás sinceramente, que lo mejor sería ir al parque a tomar un poco de aire fresco, y así lo hizo.

Estaba tranquilamente sentado en una banca, cuando una mujer desconocida, quien empujaba un coche, se paró frente a él y le dijo:

—¡Valientes policías! ¡Usted aquí otra vez! ¿Qué piensa hacer ahora? ¿Matar una paloma y llevarse a mi nené?

Fleisher la miró desconcertado:

—Señora, ¡usted debe estar confundida! ¡No tengo nada contra las palomas!

¡No pienso llevarme a su niño! ¡Estoy felizmente casado y tengo dos hijos! ¡Usted debe estar confundida!

La mujer lo miró durante algunos segundos y respondió:

—¡Estoy segura de que era usted! ¡Un demente!

Está usted histérica, querida señora! ¡Soy médico! Si quiere, ¡puedo aplicarle una inyección de tranquilizantes!

La mujer salió corriendo, con su coche, y León pensó que era realmente irresponsable arriesgar así la salud, ¡o incluso la vida!, de un bebé.

¡Esa mujer no amaba a su hijo!

Este pensamiento lo hizo recordar que debía darle una respuesta a Wozzeck antes de las seis, si es que quería sobrevivir. Tal vez no fuese tan difícil… Lo más eficiente era, sin duda, dedicarse a pensar en Karen, y en su “amor”. Las respuestas vendrían por sí solas.

Repitió varias veces su nombre: ¡Karen! ¡Karen! ¡Karen! Era un nombre un tanto especial, ¿no es cierto? En realidad, ¿qué lo diferenciaba de Tuic?

¿Tuic, Tuic, Tuic? Con relación a ese punto, tal vez Wozzeck tenía razón.

Pero donde no la tenía era sobre el amor de Karen-Tuic. Ella, o ellas, lo amaban.

Lo amaban a pesar de que eran, realmente, caprichosas y malhumoradas. Incluso groseras, muy groseras. Hasta el punto de ser francamente desagradables y vulgares. Era necesario reconocerlo. Amor o no amor, hay cuestiones que no deben, ¡que no pueden! disimularse. No, señor. Nada de eso. Karen era más bien insoportable cuando le entraban sus crisis, sin duda frecuentes: que no cerraste la puerta; que no abriste la puerta; que hablaste, que callaste.

Fleisher recordó una ocasión en la que Karen entró en ataque total de cólera porque él, León, había olvidado por tercera vez (¡Tercera Vez!) echarles agua a los malditos pinos. León no recordó muy bien cómo había hecho para sobrevivir a ese Blitzkrieg. ¡Mein Gott! ¡Mein Gott!

Luego habían pasado una semana sin hablarse. Sin tocarse.

Fleisher se estremeció: Wozzeck no era tan tonto, después de todo.

En realidad, tenía ciertos asomos de genio. ¿Cómo negar que odiaba la forma en la que Karen educaba a los niños? Los estaba convirtiendo en un par de mártires prematuros. Les estaba inyectando autismo. Pero ¡ay de que él se entrometiera en tan delicado aspecto! Karen era capaz de hacerle llover toneladas de mierda sobre la cabeza. Toneladas.

Y él se enfurecía. Y ella seguía furibunda. Y después hacían el amor a medias. Y al día siguiente se sonreían y se prometían que todo sería distinto.

No, Wozzeck no era un lunático. El problema distaba de ser elemental.

Fleisher se dijo que era mejor ir de inmediato a entrevistarse con el dueño del Bar Paraíso. Podría recibir de él algún tipo de consejo.

Cuando pasaba por una de las calles principales de la ciudad, vio una vitrina en donde se exponían juguetes: títeres, marionetas, trenes eléctricos, y hasta cometas. Hizo una mueca de desagrado: odiaba las cometas.

Fleisher comenzó a preocuparse. Era cierto, no quería morir. Le daba miedo morir. Es posible que Wozzeck tenga razón, o por lo menos la tenga hasta cierto punto, pero me gusta estar vivo. Sí. Me gusta. ¿Cómo voy a negarlo?

¿Pretender que un prurito intelectual me haga desconocer la belleza de una flor o el placer de acariciarle el seno a una mujer?

Fleisher se estremeció. Se vio de pronto metido en un ataúd. Lo único que le servía eran sus ojos, que miraban la tapa, para siempre cerrada. El resto del cuerpo estaba perdido, irremediablemente. Pero sus ojos, ¡no! Allí estaban, los traidores, recordándole que estaba enterrado, y muerto. ¡Sus ojos! ¡Los únicos testigos! Bueno, ¿y si antes de morir se los extrajera de las órbitas? ¿Si antes de morir se dejara ciego? ¡Entonces ningún sufrimiento sobrevendría! Lo meterían en el cajón, y cuando fuera a abrir los ojos para contemplar su sufrimiento, no los podría abrir, ¡porque no existirían! No podría decir: ¡Ojo, que estoy muerto! ¡No podría echarle un ojo a la muerte! ¡No podría poner los ojos en su desgracia! ¡Nada le entraría por los ojos! ¡La muerte no le costaría un ojo de la cara! ¡No se le irían los ojos tras nada! ¡No tendría ojos a la funerala, ni ojos de besugo, ni de carnero! ¡No podría volver los ojos hacia nadie! ¡Ni podría mirar con otros ojos su miseria! ¡Porque no podría abrir los ojos!

¡Ojo al parche! Tendría que mencionarle este punto a Wozzeck. Él parecía tener ojo avizor.


Entre tanto, Wozzeck proseguía su análisis de los archivos de Fleisher.

Todo un universo de desastres se develaba ante él: casos complejos de complejos de Edipo, Electra y todos los personajes de la antigua Grecia. Alcohólicos, pedófilos, esquizofrénicos, paranoicos, maniaco-depresivos, neuróticos, epilépticos, drogadictos.

Wozzeck ojeaba las historias clínicas y se decía que después de todo, Tuic no era tan menospreciable; los niños esos, tan desequilibrados; su vida, tan desgraciada.

Tuic, en particular, tenía ciertas innegables virtudes: era ordenada, y limpia y cuidaba con esmero del hogar. También era cauta en relación con los gastos.

Y, en ocasiones, le proporcionaba ciertas noches eróticas insuperables.

Realmente insuperables.

Tal vez Fleisher no era tan tonto. Tal vez existía una respuesta.

En el fondo, era posible que el amor existiera. Que uno pudiera sentirlo.

En el fondo, no se podía desconocer los innumerables testimonios de gentes que aseguraban haber amado (o que pretendían haberlo hecho). Ahí estaban.

Poemas de amor, cartas de amor, historias de amor, películas de amor, expresiones de amor, pensamientos de amor, y hasta actos de amor. ¡Actos de amor! ¿Como el de Romeo? ¿Como el de Macbeth? ¡Quién sabe! ¡Pero actos! ¡Actos de eso que llaman amor!

¡Mierda! ¡He leído todo sobre el amor! ¡Los poemas de Shakespeare, las cartas de Elisabeth Browning, los sonetos de Lope de Vega! ¡He leído a Salomón! ¡A Neruda! ¡A todo el maldito universo! ¡Entiendo lo que dicen, pero no lo comprendo!

Lo vivo sin sentirlo, lo siento sin vivirlo, y sin embargo, ¡quiero! ¿Quiero? ¿Qué quiere decir quiero? ¿Morir o vivir? ¿O Nada?

¡Es imposible! ¡Tiene que significar algo! ¡Algo! ¿Algún? ¿Algotro? ¿Algotrora? ¿Otroraalgo? ¡Otralgo! ¿Otrosí? ¿Otronó? ¿Otronada?

¡Los algonquinos no tuvieron más remedio que llamar al Amor: Noowomantamoonkauunonnafh!

Se me agotaron las palabras, porque se me agotaron los sentimientos. Tratar de entender no es suficiente. Entender no es suficiente. Hay que sentir, pero tratar de sentir es inútil. Entender que hay que tratar de sentir es inútil. Hay que sentir. ¡Sentir! ¿Cómo se aprende a sentir? ¿Cómo se vuelve a aprender a sentir? ¿Cómo son los mecanismos? ¿Cuál el hechizo? ¿Hay que ver o hay que ser ciego? ¿Oír o ser sordo? ¿Pensar o despensar? ¿Creer y descreer al mismo tiempo? ¿Llorar y desllorar?

¿Cómo podemos hacer para que el dolor se reabsorba? ¿Para que después de haber fluido vuelva a la boca del manantial sin dejar huella?

¿Para que la luz enceguecedora en la retina no parezca sino suave penumbra? ¿Para que las sombras nos iluminen y veamos en su fondo todo el espectro de colores?

¡Pero cien ojos no son suficientes! ¿Qué importa ver si no se siente?

¿Qué importa no ver? ¡Todo es igual! ¡Es la desgracia humana la que nos vuelve iguales! ¡Es la desgracia!

¡Fleisher fue bendecido por la estupidez de creer!


Wozzeck se levantó de su sillón y comenzó a caminar, agitado, por todo el cuarto: le acababa de pasar algo terrible: sentía una cosa parecida a la esperanza.


León Fleisher pidió un vaso de agua mineral con un poco de limón. Sin hielo, por favor.

—¿Qué hace usted aquí?, preguntó el barman. Todavía no son las seis.

—Usted debe estar confundiéndome con otro. Probablemente con Wozzeck.
Estoy enterado de la cita. Vendré a acompañarlo, si es que no encuentro antes la solución a sus problemas.

—Wozzeck no tiene solución. ¡Usted no le puede dar órdenes a su alma!
Es como el pene: se yergue cuando le viene en gana. ¡Usted no puede fabricar erecciones! ¡No puede fabricar amor si éste se ha desintegrado por completo!

¿Usted ha amado alguna vez? ¡Responda!

—Bueno, sí… Creo que sí…

—¿Cree? ¿Cree? ¿Por qué no es realmente afirmativo? ¿Por qué parece dudar?

¿Se siente inseguro? ¿O le da miedo mirarse como lo hace Wozzeck? ¿Es usted un cobarde? Vamos, bébase un trago, ¡le aclarará las ideas! Un whisky, como Wozzeck, ¡su sosia!

—Está bien. Creo que por esta vez lo necesito.

—Wozzeck se emborrachó.

—Lo sé. Estaba muy deprimido. ¡Pobre Wozzeck!

—¡Pobre de usted, más bien! Wozzeck lo ha puesto a prueba, ¡y usted arriesga su propia vida! ¿Todavía puede sentir piedad hacia él?

León Fleisher se quedó cabizbajo, y murmuró:

—Tal vez usted tiene razón… Wozzeck me ha hecho mucho daño. Pero me es imposible odiarlo.

—Ah, ¡es usted un alma generosa! Yo no conozco una sola. Debe tener buenos motivos para perdonar a Wozzeck… Y tenga en cuenta que si no acierta a satisfacerlo, esta noche, después de matarme a mí, seguramente acabará también con usted. Dígame, ¿hace cuánto conoce a Wozzeck?

—Lo conocí apenas esta mañana.

—¿Cómo? ¡Usted se burla de mí! ¡No me tome por un imbécil!

—Se lo aseguro. ¡Esta mañana! Lo que sucede es que me parece haberlo conocido toda la vida. ¡En unos pocos minutos nos volvimos inseparables!

Nuestras vidas ya se encuentran inextricablemente unidas. El que logre imponerse arrastrará al otro.

—Pero, señor mío, para imponerse hay que ser fuerte y decidido, ¡y usted me parece un pobre ratoncillo! ¡Eso es! ¡Un pobre ratoncillo! ¿Cómo llamar de otra manera a un hombre de su edad que cree que ama? Es lamentable. Wozzeck acabará con todos nosotros, se lo aseguro. Yo, por lo menos, ya me acostumbré a la idea.

—¡Wozzeck desea poder amar!

—¡Y yo deseo ser dueño del universo! ¡Tiene usted dotes de humorista! ¿Quiere que le diga lo que pasa? ¡Óigame bien! ¡Escuche con atención!

¡Lo que pasa es que usted se está empezando a parecer a él!

—¡No es cierto! ¡Lo que usted afirma es absurdo!

—Claro que es cierto, señor…

—Fleisher, León Fleisher.

—¿León? ¡Ja, ja! ¿Qué clase de nombre es ése? ¡Y llevado por usted, Ratón!

—No crea que va a ofenderme ni a sacarme de mis casillas. La frase me es familiar.

—Apuesto a que Wozzeck se la dijo.

—En efecto.

—¿Y usted no reaccionó? ¿Se dejó humillar sin hacer nada?

—Wozzeck es muy fuerte.

—¡Cobarde! ¡Infeliz! Usted no sabe qué es amar porque ni siquiera se ama a sí mismo! ¡Se perdió el respeto! ¡Se dejó avasallar por Wozzeck! ¡Yo, por lo menos, lo violé!

—Wozzeck lo matará, y yo no podré hacer nada. Usted está solo. Completamente solo.

—¡Lo sé, pobre Fleisher, lo sé! ¡Wozzeck matará mi soledad! ¿No le parece extraordinario?

—Sírvame otro trago. ¡Doble! A cada instante que pasa me siento menos seguro de poderle ofrecer una respuesta a Wozzeck. Usted me perturba.

Me ensombrece el espíritu. ¿Hace tiempo trabaja aquí?

—Desde siempre. Desde el comienzo de los siglos.

—Me recuerda usted el encuentro entre Fausto y Mefistófeles…

—No sea ingenuo, ¡León-Ratón! ¡Usted no es ni jamás será Fausto! Usted no es sino un pobre tipo. Si alguien pudiera ser Fausto, lo sería Wozzeck. ¡Él sí que podría! Pero tendría que descubrir el secreto del amor, y ya se le está agotando el tiempo. ¡Se le están agotando las fuerzas! ¡La Voluntad! Y usted no lo está ayudando mucho, ¿no es cierto?

—Yo no creo en el Demonio, y sin embargo, usted se le parece mucho…

—¡Otra vez errado, Fleisher! ¡Me encantaría ser el Diablo! ¡Sería mi mayor orgullo! Pero no es así, por desgracia: no soy sino una fuerza oscura que habita dentro de Wozzeck, y, por supuesto, que vive desde ahora dentro de usted. La muerte me redimirá de esta carga.

—¿Cómo se llama? ¡Necesito saber su nombre!

—Cuando usted esté a punto de morir, en el último segundo de su vida, usted sabrá mi nombre. Será muy tarde, por supuesto. ¡Ya no le servirá para nada!

—¡Debe ser tremendo el no poder jamás oírse llamar por su nombre sino en labios de un moribundo!

—Sí, es doloroso, pero yo estoy hecho de dolor. Es mi naturaleza. Pero, por favor, no me compadezca, ¡Fleisher! La muerte, para usted, es una solución. Yo, en cambio, estoy condenado por toda la eternidad. Cada hombre que vive sin saber mi nombre me hunde más y más en mi desgracia. ¡Debo siempre esperar a que mueran para recibir algo de alivio!

—¿Pero qué espera usted para decírmelo? ¿No ve que estamos a tiempo para redimirnos todos? ¡Hable! ¡Hable! ¡Se lo ruego! ¡Es nuestra última oportunidad!

—No puedo decírselo. Es usted quien debe descubrirlo. ¡Y cada ser en la tierra me daría uno distinto! ¿No entiende? ¡Soy una serie infinita de combinaciones y permutaciones que acaban por reducirse a una sola idea, cuyo contenido y nombre no puede compartirse!

—¡Usted sí es el Demonio!

—No, pobre tonto: ¡el Maligno es usted, por no saber mi nombre!


El doctor Schmidtbauer entró al bar:

—¡Fleisher! ¡Resolví venir a buscarte! A pesar de que tu comportamiento fue indigno, ¡me pareció indecente dejar abandonado a un amigo en problemas!

—Debes estar confundiéndome con Wozzeck. ¡Sabes, nos parecemos mucho!

¡Bienvenido al Bar Paraíso!

—¡Ah, qué alivio me procuras, León! ¡De verdad pensé que estabas enloqueciendo! ¡Oh, qué alegría verte de nuevo en todos tus cabales! ¡El buen León de siempre! ¡Me molesta estar aquí, pero voy a hacer una excepción: beberé un schnapps contigo! ¡Esto es de celebrarse! ¡Barman! ¿Dónde está el barman?

—Se ha ido. A estas horas, es auto-servicio, querido colega. El barman llegará en el momento indicado.

—¿Qué quieres decir?

—Ya lo verás tú mismo. Sírvete tu trago. Aprovecha que nadie te observa, y podrás llenar el vaso hasta rebosarlo: ¡harás un excelente negocio!

Schmidtbauer procedió a hacerlo, mientras comentaba, jocoso:

—León, ¡no has perdido tu sagacidad!

—¡Brindemos, querido colega! ¡Esta sí es una ocasión especial! ¡No podemos dejarla pasar! ¡A fondo blanco!

Apuraron de un golpe el vaso entero, y Fleisher exclamó:

—¡Mira quién ha llegado! ¡Es Alba, una vieja amiga de la familia! ¡Déjame presentártela!

Schmidtbauer, inquieto, le respondió en un susurro:

—Pero Léon, ¡parece una vieja prostituta! ¿O será que este aguardiente me está alterando?

—Querido amigo, no te preocupes. ¡Alba es una mujer respetable! ¡Un amigo mío la llama su “gacela”! ¡No tienes nada de qué preocuparte! ¡Sírveme otro vaso! ¡Bien lleno! ¡Acércate, Alba!

—Bonito nombre, dijo Schmidtbauer, un tanto nostálgico.

—¿No es verdad? ¡Alba, ven! ¡Te quiero presentar a mi querido y respetado amigo el doctor Rudolph Schmidtbauer! ¡Al mismísimo fundador de la Escuela Matemática de la Siquiatría! ¡Un gran especialista! ¡Un hombre famoso! ¡Un hombre respetado en todo el mundo! ¡Pero hoy, puedes llamarlo Ruddy! ¡Así es! ¡Estamos en confianza!

Alba, no muy convencida, se acercó, miró a Ruddy y sólo acertó a decir:

—¿Me ofreces un trago?

—¡Por supuesto, querida!, exclamó Ruddy, jocundo y escarlata.

¡A fondo blanco! ¡Hace años que no me divertía tanto!

Fleisher se dirigió a Alba y le dijo, admirado:

—¡Pero estás espléndida! ¡Toda una hermosura! ¿Por qué no le das un besito a mi amigo?

Schmidtbauer trató de reaccionar y de balbucir algo, pero no tuvo tiempo: la lengua de Alba se le metió en la boca como una serpiente y comenzó a hacerle sentir cosas muy extrañas. Sensaciones que había olvidado. Estremecimientos y expansiones muy peculiares.

A los pocos minutos, Ruddy sintió que estaba perdiendo toda voluntad. Alba le había metido la lengua entre una oreja y una mano entre la bragueta, y no pudo decir sino:

—¡León! ¡León! ¡Yo no debería estar haciendo esto! ¡Ay, Alba, meine liebchen, no pares! ¡No te detengas! ¡Ach, mein Gott! ¡Wunderbar! ¡Wunderbar!

—¡Veo que se están divirtiendo!, exclamó el barman. Ruddy ni siquiera se volvió a mirarlo. Tenía los ojos entornados, sudaba como un galgo y sus grandes cachetes parecían más rojos y brillantes que nunca. De su boca salían tenues gemidos, similares a los de un recién nacido a punto de expirar.

—Ocúpate de él, dijo Fleisher al barman. Yo tengo que salir. Déjalo terminar, emborráchalo y háblale del amor. Nos vemos más tarde.


No bien acababa de salir del bar, cuando se topó con un hombre que, sin mediar fórmula alguna, le propinó un puñetazo en la nariz.

—¡No pude contenerme! ¡Tenía que hacerlo!, gritó el individuo. ¡Eres un hijo de puta, Wozzeck!

Fleisher se limpió la sangre que brotaba de su nariz, ahora tan inflamada como las mejillas de Ruddy:

—¡Usted es un salvaje! ¡Me ha agredido sin justificación alguna! ¡Wozzeck es mi hermano! ¡Voy a llamar a la policía! ¡Pagará por esto, miserable!

El agente Smith se quedó como paralizado, con excepción de sus ojos, que se abrían y cerraban a una velocidad inconcebible. Sus párpados parecían ser alas de una de esas idiotas mariposas que se queman contra un candil.

Por fin, medio lloroso, y temblando, se atrevió a decir:

—Ex, cú, se, me… se, ñor! ¡Excúseme (excúseme) excúseme! ¡Es usted idéntico al maldito de Wozzeck! No podría imaginar el lío que hoy me armó! ¡Pero no sé qué hacer! ¡No sé qué hacer! ¿Cómo reparar el daño que le he causado a usted?

Se quedó pensando un instante, y dijo:

—Usted tiene razón. Esto es asunto de policía. ¡Pero tiene usted la suerte de que yo soy policía! ¡Voy a hacer justicia ya mismo!

Smith sacó de su bolsillo una libreta, y procedió a levantarse a sí mismo un proceso verbal. Se dirigió de inmediato una citación para comparecer ante la justicia ordinaria, y además, se impuso una severa multa. Le extendió los documentos a Fleisher y le preguntó, entre avergonzado y aliviado:

—¿Le parecen bien? Si tiene alguna objeción, ¡le ruego hacérmela saber!

Fleisher estudió los diversos formularios, y frunció el ceño:

—Agente, creo que usted ha sido demasiado complaciente consigo mismo.

Su acto merece ser juzgado más severamente. ¡Usted debe recibir un castigo ejemplar!

—¡Haré lo que usted diga! ¡Puede dictarme la sentencia, si lo desea! Sería algo irregular, pero estoy dispuesto a aceptar el procedimiento con tal de reivindicarme.

—Agente Smith, ¡cuando se preñan los remordimientos de esperanza, no se sabe qué monstruo nacerá!

—¡Cómo sabe mi nombre?, preguntó Smith en el más profundo estado de ansiedad.

—Usted parece un Smith. Tiene cara de Smith. Ojos de Smith. Usted es una forma platónica de Smith.

—Pero, ¿qué piensa hacer conmigo?

—Romperé este inquietante expediente si usted es capaz de demostrarle a Wozzeck que el amor existe.

—¡Temo que será imposible! Está convencido de que me acuesto con la esposa de mi jefe, y de que todos somos unos miserables.

—¿Y no es así? Su comportamiento parece ser el de un hombre que no quiere tener problemas, pues podría develar su liaison vergonzosa! ¡Ajá, por eso es que se muestra tan generoso conmigo! ¡Para que su nombre no salga a relucir en un proceso, y su jefe no llegue jamás a descubrir que usted lo engaña con su esposa!

—¡Le juro que no es verdad! ¡Mi esposa es mi esposa! ¡Estoy legalmente casado con ella! ¡Vivo con ella! ¡La amo! ¡Ni siquiera conozco a la esposa del Comisario, se lo prometo!

—Entonces, ¿por qué me ha agredido? Si usted dice la verdad, su comportamiento es muy, pero muy raro. Yo diría que usted está loco.

—¿Loco? ¿Yo?

—Por supuesto. Créame. Soy un famoso siquiatra. Huelo a los orates a diez millas de distancia. Usted, sin duda, huele a demente. ¡Tomar consciencia de su estado es el primer paso para su curación!

—¡Dios mío! ¿Pero qué debo hacer?

—Mire, Smith, lo mejor es que vayamos un rato a tomarnos un trago al Bar Paraíso, y charlemos sobre su futuro.

—¡Pero todavía estoy de servicio!

Fleisher estalló en cólera:

—¿Estaba usted de servicio cuando vino a agredirme, infecto sabueso policial?

¡Responda! ¡Smith! ¡Responda!

Smith miró la punta de sus zapatos y balbuceó:

—Excúseme, señor. Estoy confundido…

—Smith: Todos estamos confundidos. No se vaya a creer un tipo excepcional. ¡No más faltaba! Venga y me invita a un trago. Usted paga.

Con el dinero de la multa que se impuso.

Entraron al bar tomados del brazo.

—Usted me cae bien, Smith. Parece ser una persona básicamente decente.

—Gracias, doctor. Eso he tratado de ser toda mi vida.

—¿Ah, sí? ¿Por eso le pega a un transeúnte inocente como yo? ¿Por eso tiene un affaire con la esposa de su jefe?

—¡Por favor, se lo ruego! ¡Le repito que ése es un chisme diseminado por Wozzeck!

—Sus razones tendrá.

—¡No tiene ninguna! ¡Es un mentiroso y un enredista!

—¿Usted se cree mejor que Wozzeck?, preguntó Fleisher, de nuevo airado.

¿Se cree superior a los demás?

Hizo un gesto de desdén y añadió:

—¿Usted, un agresor nato? ¡Mire cómo me ha dejado la nariz! ¡Mire cómo ha mancillado la reputación de su jefe! ¡Lo ha convertido en un cornudo! ¿Usted se atreve a creerse mejor que Wozzeck?

El barman apareció y les sirvió un whisky:

—¡Hola, agente Smith! ¿Haciendo una inspección?

Fleisher saltó de su silla:

—¿Ustedes se conocen? ¿El agente Smith frecuenta este lugar?

El barman sonrió:

—Por supuesto. De vez en cuando viene a tomarse un whisky irlandés de malta. Dice que se trata de visitas de rutina.

—¡Hace parte de mi oficio!, protestó Smith.

—¡Ja! ¡Lo sabía! ¡Ya tengo tu retrato, Smith! ¡Escondes tus bajas pasiones bajo el manto del cumplimiento del deber! ¡Un caso típico! ¡Lo sabía! ¡Lo sabía!

Fleisher comenzó a bailar solo, muy feliz:

—¡Sigo siendo el mejor!

De pronto se detuvo y se paró frente a Smith:

—Dime, ¿no vienes a refugiarte aquí porque te sientes perseguido?

—¿Perseguido? ¿Por quién?, preguntó Smith, súpito.

—¡Por la vida, Subsherlock! ¡Por la vida!

Smith se preparaba a llorar, cuando la cabeza colorada de Schmidtbauer hizo su aparición detrás del mostrador:

—¿Qué oigo?, clamó desesperado. ¿Que está aquí la policía? ¡Por Dios! ¡Estoy perdido! ¡Arruinado! ¡Mi reputación se echará a perder!

—¿Y éste quién es?, preguntó Smith.

—Un hombre desgastado que está haciendo el amor con el alba. Piensa que le hará bien. No vayas a importunarlo justo antes de que se le enrede la oscuridad en el alma. Sería injusto. Dime una cosa, Smith: ¿Tú qué querías ser antes de tomar la decisión de convertirte en agente?

Smith se sonrojó, se mordió una uña de la mano derecha, y dijo, con innegable pudor:

—Bailarín…

—¿Bailarín?, exclamaron todos entre risas.

Smith se levantó, furibundo:

—¡Partida de zoquetes! ¡Ignorantes! ¡Imbéciles! ¿No saben, acaso, que la cima suprema del arte es la danza? ¡Lo más noble! ¡Lo más perfecto! ¡Son una partida de rastreros! ¡Envidiosos! ¡Ríen porque los carcome la frustración de no poder bailar! ¡Como yo! ¡Miren!

El agente Smith se despojó de su casco, de su chaqueta, su camisa y sus pantalones, emprendió un pasaje del Lago de los Cisnes y comenzó a bailar delicadamente en medio de las mesas. ¡Tin, tataratantín, tantín, tantín, taratatantantín!

Cuando la pieza hubo terminado, hizo una graciosa reverencia, y salió en puntas de pie a esconderse detrás de la puerta del lavabo.

Se produjo un momento de silencio, y después estallaron los aplausos:

—¡Bravo! ¡Bravo!, gritaron todos.

—¡Es magnífico!

—¡Excepcional!

—¡Un Nureyev!

—¡Un Nijinsky!

—¡Otra! ¡Otra! ¡Otra! ¡Otra!

Smith asomó la cabeza, y testigo de tan fenomenal éxito resolvió aparecer de nuevo. Se dirigió a la vitrola e hizo sonar una pieza de jazz:

—¡Espero que este género les guste también! Lo clásico es maravilloso, pero a veces hay que desfogarse, ¿no es cierto?

Sonaron los acordes de You look good to me, y todos se quedaron absortos ante la original interpretación: Esta vez, Smith no era delicado sino lascivo, no era espiritual sino arrabalero.

—¡Bravo! ¡Bravo!, volvieron a clamar los espectadores. Smith hizo otra reverencia, y se perdió en el lavabo.

Diez o quince minutos más tarde, volvió a aparecer con su casco y su revólver al cinto:

—¡Un whisky triple!, ordenó. Su voz estaba impregnada de una enorme dignidad.

—Me caes bien, Smith, dijo Fleisher. Desafortunadamente, creo que eres un pobre mequetrefe. Dime, ¿sabes el nombre del barman?

—No, respondió Smith. Es curioso, pero no lo sé.

—¡Qué lastima! En verdad, no eres sino un pobre infeliz. ¿Lo sabías, Smith? ¿Lo sabías?

Smith asintió en silencio.

—¿Sabes que te hemos aplaudido por caridad? ¿Sabes que en cada aplauso estaba contenida una risa? ¿Sabes que somos el más terrible público que has tenido en tu vida? ¿Que nada perdonamos? ¿Que nada entendemos y por eso nada perdonamos? ¡Nada! ¡nada!

Apenas nos abriste tu corazón, ¡te condenaste! ¡Ya nunca más serás el agente Smith! De ahora en adelante, ¡te habrás de convertir en el hazmerreír de todos! ¡El grotesco cisne que se disfraza de policía!

¡Estás perdido!

Esta noche, si llegas a la noche, en brazos de tu esposa… ¡la esposa de tu jefe! ¡serás incapaz de hacer el amor, porque ya no estarás seguro de que el amor existe! ¡De que tú existes!

¡Estás perdido, Smith! ¡Perdido!

¡Ah! ¡Wozzeck tenía razón!

Todos callaron cuando escucharon el horrendo alarido de Fleisher:

—¡Maldito seas, Dios! ¡Maldito seas! ¡Wozzeck tenía razón!

 

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