Gregorio Vásquez

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Prólogo a la Primera Edición

San Juan Evangelista y Santo Domingo (C. 136). 1680.  1.80 X 1.29. Col. particular. Bogotá. La ConcepciónLa Concepción (C. 172), 1697.  1.41 X 0.98. M.A.C.Bogotá.

Texto de: Roberto Pizano Restrepo

A MI HERMANO BERNARDO
«Debemos otros muchos beneficios a nuestros padres. pero les debemos, sobre todo, reconocimiento por los hermanos que nos dieron, tesoro éste el más agradable y exquisito.» (Plutarco.)

I

EL SENTIMIENTO artístico tiene hondas raíces en el pueblo colombiano, y larga es ya en él su tradición. En la civilización precolombina le corresponde honroso lugar, pues suyos fueron los mejores orfebres del Continente, que moldeaban el oro con habilidad maravillosa, y nos legaron multitud de utensilios, vasos, armas, coronas y ceñidores de un trabajo perfecto, representaciones de animales y figuras de caciques de realismo sorprendente. Si en la pintura no pasaron de una sencillez primitiva, en petrografías y dibujos geométricos, estampados en las mantas, dejaron en cambio admirables obras de cerámica y alfarería.

Conquistada América, se vincula profundamente en ella la tradición artística de España, que no tarda en mostrarse floreciente. En efecto, ya en la época colonial está representada por un grupo numeroso de artistas, y entre éstos se destaca Gregorio Vásquez, cuyas pinturas tienen un valor real, a pesar de la falta de medios y del aislamiento en que se encontraba al hacerlas. Difícilmente se halla en Nueva Granada a quien compararle en aquel período, sino es al genio científico de invención que corona el monumento de la Botánica en los últimos años de la dominación española. En efecto, Vásquez es el Caldas de la Pintura, porque si éste presintió algunos teoremas de la Ciencia, antes de conocerla, aquél adivinó las reglas del Arte.

La lucha por la Independencia no interrumpió el movimiento artístico en la futura República. Si después nos fuimos desviando paulatinamente de España, atraídos por otras culturas ajenas a nuestro espíritu, por fortuna hace ya tiempo consideramos de nuevo como propia la gloriosísima tradición artística española, y en ella todos, más o menos, procuramos inspirarnos hoy.

Al par que se define la nacionalidad, se va formando en el país un número considerable de artistas que generalizan el culto por lo bello, desarrollan el gusto en el aspecto de las ciudades y en los interiores de las casas, idealizando las costumbres y los sentimientos. No se tendrá nunca la debida gratitud por lo que han beneficiado a los demás estos soñadores, que forman con músicos y poetas una casta superior, por la inteligencia, el saber y la cultura, que ha hecho que la sociedad pueda gozar de muchos refinamientos del espíritu y que llevó a decir a don Juan Valera en sus Cartas Americanas: «En Bogotá brillan nuestras artes y antigua cultura, transfiguradas y modificadas por otro cielo, por la distancia y por diversas condiciones sociales.. Los bogotanos de ahora son el pueblo más aficionado a las letras, ciencias y artes, de toda la América española.»

II

Esta obra tiene por objeto rendir un tributo de admiración al padre de la pintura en Colombia. Será seguida en breve de otra," sobre los notables artistas nacionales contemporáneos, trabajo que si, como nuestro, es muy imperfecto, dará en cambio a conocer un inaciable tesoro.

Con razón debería gloriarse nuestra Patria de los artistas que han florecido en suelo, y, sin embargo, no son en general apreciados como lo merecen. Si se trata de los que taño vivieron, su historia está aún por escribir, y sus nombres se van desvaneciendo. De s obras, las pocas que todavía se conservan, juntan al mérito artístico el de una venerable antigüedad, y se hallan, por incuria, en condiciones que hacen poco menos que imposible estudio y clasificación. Pero lo que es aún peor. las mejores de entre ellas han sido o son actualmente sacadas del territorio patrio, porque parece que sólo en el extranjero se las be apreciar, en tanto que otras muchas se hallan en tal estado de deterioro, que sería inúpensar en repararlas. Ruinas son estas tanto más dolorosas cuanto que pertenecen a un usado todavía muy próximo.

En cuanto a los artistas contemporáneos, son ellos superiores a quienes les precedieron. Y lo son tanto en punto a méritos como en punto a infortunios. Ha habido un descuido imperdonable en no alentarles sus esfuerzos, en no aprovechar sus facultades, en no adquirir y conservar las mejores de sus producciones. Estas, admiradas quizá con gran entusiasmo en un principio, y mi . entras se muestran a la vista del público, desaparecen luego sin dejar más huella que un recuerdo confuso. Las obras que quedan y las que se produzcan en adelante constituyen un depósito sagrado, por cuya conservación deben velar los Poderes públicos, guardándolas en un Museo de Bellas Artes que sea salvaguardia del genio colombiano, y donde se les rinda el culto que les es debido y se reconozca y estime justamente su alta utilidad social.

Un Museo de esta especie no es una coronación de la cultura, sino un medio de contribuir a su desarrollo; despierta los sentimientos artísticos de las generaciones nuevas; es espejo de las ideas y costumbres y archivo de nuestra historia, tan necesario en una sociedad en formación; contribuye a crear y sostener el equilibrio y la armonía convenientes entre la perfección estética moral e intelectual y el progreso material; y es, por último, un lazo que avigora el sentimiento patriótico, enlazando todas las épocas de nuestra vida colectiva.

Para adquirir un carácter nacional definido y fuerte, es preciso mirar al pasado, enseñara los jóvenes a estudiar y conocerla obra de sus predecesores, para transmitirles así la energía y el pensamiento de éstos, condición indispensable para que su obra pueda proseguirse.

III

Siempre que continúe constituida por profesionales, y no por personas ajenas al Arte, que introducen supersticiones estéticas, es de imperiosa necesidad dotara la Dirección de Bellas Artes de los recursos. económicos que la permitan el desempeño libre y decoroso de su misión, y proporcionarla ante todo los medios de reunir el patrimonio artístico de la Patria en un Museo que acoja y glorifique a nuestros artistas y nos enseñe a conocerlos y amarlos; que conserve los cuadros, muebles, joyas y esculturas recogidos con tan vigilante cuidado por hombres de espíritu delicadísimo, que consagraron a ello su vida. Así se evitará que esas Colecciones se disgreguen, al desaparecer quienes las formaron. Mientras hemos escrito estas páginas, ¡con cuántos afanes, con cuánto trabajo nos ha sido forzoso seguir los rastros casi perdidos de objetos preciosos, que, antes reunidos, se avaloraban unos a otros!

¿No es lamentable una sociedad apasionada por todo lo lejano y exótico, que presume de despreciar lo propio? Admiremos las obras de Arte universal, procurando asimilarnos las, pero cuidemos a la vez de lo nuestro con amor, recordando que es prueba cierta de sensibilidad y de buen gusto saber descubrir las bellezas de una obra antes que sus defectos. Los cuadros de Vásquez y de los pintores coloniales son reliquias que veneraron nuestros padres, las imágenes de talla, tan nuestras por la materia y el espíritu, como que fueron árboles de nuestras selvas, labrados con instrumentos primitivos, por artistas que expresaban con efusión conmovedora los afectos del pueblo, y otras muchas cosas viejas, son en su mayor parte objetos dignos de admiración, o al menos atesoran un gran valor sentimental, como las adorables miniaturas que perpetúan la juventud de nuestras abuelas. Estas obras, colocadas en un Museo inteligentemente ordenado, harían de él la grande, la antigua, la gloria casa de la familia colombiana. Si tal Museo se fundase, como tantas voces autorizadas lo exigen, se vería crecer con un conjunto de obras mayor de lo que hubiera podido pensarse, y ser el mejor ornato de Bogotá y uno de los más claros timbres de honor de que nuestra sociedad pudiera enorgullecerse (1)

 

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