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Contenido:

Gonzalo Ariza

Pinturas

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Obra y gracia de Gonzalo Ariza


Camino de Herradura. 1973. 60 X 80Eclipse. 1977. Oleo. 90 X 110Un grillo en la Luna . 1978. Oleo. 220 X 155 (I)Cafetal. 1976. Oleo. 110 X 155Mi jardín. 1978. Oleo. 110 X 155Helechos arborescentes. 1976. Achúrela. 60 X 90El río en Anapoima. 1960. 70 X 155Chicalá 1960. Oleo. 70 X 155Amanecer. El Palmar. 1961. Oleo. 70 X 155

 

Texto de Eduardo Carranza

Libertad y autenticidad

No soy, ni de lejos, un crítico de arte. Por otra parte, creo cada vez menos en la eficacia de la crítica como camino que pueda conducir a la intelección de una obra de arte. Esta se dirige antes a la emoción que a la razón: «es un hecho que afecta a la sensibilidad y la sensibilidad no cede al razonamiento ni a la explicación crítica».

El crítico puede y debe sugerir posibles intenciones de] creador y analizar técnicas e influjos. Pero no olvidemos - en particular cuando se quiere hacer de la crítica obra literaria - que el lenguaje de la literatura es totalmente distinto al lenguaje de la pintura.

Pueden establecerse entre estos dos idiomas peculiares, de pronto, algunas relaciones de carácter poético. Baudelaire, que algo sabía de estas cosas, solía decir que «la mejor descripción de un cuadro podrá ser un soneto o una elegía». Y agregaba que «la mejor crítica es la que resulta divertida y poética». Así que, al final, sólo el buen gusto, esa innata e instintiva propensión para sentir y juzgar lo bello, vendrá a ser el apoyo valedero de cualquier opinión o juicio en materia de arte. El mágico hilo guiador. «El afán de mezclar palabra y pintura, de buscar en la palabra un medio de entender la obra de arte, es un error. ¡Como si el discurso fuera un foco luminoso que al proyectarse sobre ella, la iluminara e hiciera claro lo antes oscuro! Tal idea es falsa. La literatura no puede ayudar a la comprensión de las artes plásticas si no es por caminos indirectos, dando un rodeo. La obra de arte es una realidad ajena a la palabra, hecha sin recurrir a la palabra y sin buscar apoyo en ella. Debe bastarse a sí misma. Está ahí, y es suficiente...» Por eso - escribe Alain -, la estética, reducida a los instrumentos de la elocuencia, dice tan mal lo que la obra de arte dice tan bien en su lenguaje propio».

He tenido, eso sí, la suerte de gozar y sentir mucha pintura: desde los prodigiosos dibujos de las Cuevas de Altamira hasta los, a menudo, deslumbrantes abstractos españoles de hoy. (De paso: el ingenioso Don Eugenio D’Ors solía decir muy orsianamente que la decadencia del arte empieza en las cuevas de Altamira). Lo que vengo diciendo me autoriza para escribir una impresión sobre pinturas de Gonzalo Ariza.

Asimiladas orgánicamente - si puede decirse - influencias y suscitaciones anteriores hasta tornarse en sustancia propia, Ariza ha llegado a convertirse en un gran pintor autónomo, diverso, inconfundible. Ha encontrado su estilo, su tono, su manera. ,Aunque un cuadro suyo no llevara la firma, cualquiera con algún conocimiento o intuición de la pintura, podría decir inmediatamente: éste es un Ariza. Lo mismo ocurre con Grau, Botero, Obregón y Rivera. . . Porque, aquí también puede decirse: Gonzalo ya sólo se parece a Gonzalo. Como debe ser. No está inscrito en ningún mimetismo. No se ha matriculado en ningún academicismo: ni tradicional ni moderno (que en el fondo viene a significar lo mismo: reiteración de formas que - ya vacías de personal autenticidad - se han convertido en 16 fórmulas. Hay unas palabras de Paul Klee, al cual el artista le recordaba el tronco de un árbol, llamado a permanecer en su puesto «sin hacer otra cosa que juntar y transmitir lo que viene a él desde las profundidades». Tronco, es decir lugar de encuentro, de pasión, de transformación».

El arte de Gonzalo Ariza está enraizado en su tiempo y en su ser intransferible y de allí brota en chorro contínuo, hermoso y radiante. Yo admiro la hondura y amplitud de su mundo - iba a escribir poético, ¿y por qué no? - admiro la vastedad de sus saberes y técnicas o recursos expresivos. Y admiro también su libertad creadora.

Yo creo en la libertad profunda del artista. Se atenta contra esa libertad cuando se le quiere imponer una estética o una fórmula: cualquiera que ella sea. «Todo el mundo concibe sin esfuerzo - aquí Baudelaire otra vez - que si los hombres encargados de expresar lo bello se atuvieran a las reglas de los profesores patentados, lo bello mismo acabaría por desaparecer de la tierra, pues todos los tipos, todas las ideas, todas las sensaciones se confundirían en una vasta unidad monótona e impersonal, inmensa como el aburrimiento y el vacío». Admiro las sabidurías con que Gonzalo sabe conciliar el mundo planetario de los sueños y el espacio vital de lo tangible. Admiro el valor con que defiende su autenticidad de pintor y su misión verdadera que es simplemente la de crear una obra. Obra que cubre de honor al espíritu colombiano y es, también, honor inmarchitable de nuestra generación.

La tradición nacional

En mi sentir, ha existido y existe, de unos treinta años a los días que vivimos, una conjura contra la tradición nacional, contra el estilo profundo de la vida colombiana, contra la veta genial de esta nación. Unos la sirven a conciencia, otros por snobismo y vanidad, otros como idiotas útiles. Se trata, al parecer, de borrar todo rasgo de lo nativo, toda huella de] estilo popular y nacional en la tarea artística y en el quehacer literario para reemplazarlos por manierismos importados y por aventureras fórmulas extranjerizantes. Se trata nada menos que de borrar el pasado colombiano. El pasado es para una nación lo que la memoria para el hombre. Una nación sin pasado es como un hombre sin memoria; pierde automáticamente su coherencia personal, su personal identidad. Su conciencia. Pero el pasado y la memoria no son algo mecánico e inmóvil sino que viven y se transforman de contínuo. Las dos son fuerzas dinámicas y creadoras, porque lo que somos y lo que seremos están motivados, en su raíz, por lo que fuimos. Y los dos en su misteriosa integración vienen a configurar la tradición que, es la viva sustancia de la historia, de la cultura y el ar te, es el subsuelo enardecido que sustenta la patria, el sedimiento del tiempo y de la eternidad.

Ahora bien: no hay patria sin historia que es la conciencia del propio ser. No hay nacionalidad sin una idea siquiera aproximada de su vocación y destino. Y una nación sólo obra válidamente cuando obra en el sentido que le determinan su propia índole, su autenticidad prescrita en su historia, prefigurada en sus héroes: conquistadores de hazaña inverosímil, enhiestos o callados fundadores de pueblos y ciudades o creadores ignotos de la riqueza campesina, mineros o navegantes de los mares y los ríos, lejanos regidores virreinales, deslumbrantes capitanes ensangrentados de la guerra libertadora, patriarcas de la serena vida cotidiana y del morado ensueño religioso, gobernantes de nuestra patética travesía republicana: ¡Y también en su orgullosa soledad creadora, escritores, artistas y poetas que con sus obras y sus amores han dotado a esta patria de una cuarta dimensión incorruptible: veta marmórea del humanismo, vena misteriosa, vehemente y azul de la poesía, hermoso río de la pintura que ha venido reflejando el rostro, el amado rostro innumerable de la patria en sus verdes o yermos campos y su cielo tranquilo o tormentoso, en la estelar cordillera en donde se escucha la sobrecogedora respiración del abismo y el páramo donde toca la niebla su flauta desleída y los blancos pueblos de piedra y de romance, los mares que la bañan de furia y de cristal, los idílicos valles de ojos claros y las jugosas mesetas de leche y de miel doradas del trigo del maíz y de la manzana y el reino enardecido de la caña de azúcar, la palmera, el níspero, el naranjo y el jazmín y las insignes llanuras en donde el viento se fatiga... ¡la Patria azul de ríos, de ensueño y de leyenda! Todo ésto y algo más: la conciencia y el genio nacional, el fiero orgullo del pasado alegre o doloroso, victorioso o frustrado pero nuestro y el secreto de amor y de honor que late en el fondo del porvenir: todo ésto y la ráfaga sagrada de himnos y banderas, se quiere borrar con una torva y orquestada empresa antinacional que se sienta en la profanada cátedra universitaria o pontífica en una especie de arte paralítico, anémico y deshuesado y gesticula en el venenoso pasquín o señorea la pedantesca
escuela colombiana - a todos los niveles - que da asco «con sus estudiantes que no estudian y sus profesores que no enseñan». Y todo ello es una repulsiva empresa política de conocidos orígenes, tarea de renegados y descastados y advenedizos: porque se sabe que una nación que ha perdido su talante espiritual y profanado los bienes raíces del alma, una nación sin médula histórica, sin sangre de orgullo y de honor, sin identidad y sin conciencia, está lista para la muerte, para ser literalmente borrada del mapa, para el sojuzgamiento por los peores, para la más tenebrosa tiranía o para la ocupación extranjera.

Ahora, bien, y es preciso decirlo aquí y ahora: en lo que al arte colombiano alude, la pintura de Gonzalo Ariza ha sido uno de los objetivos de la conjura que vengo denunciando: ha sufrido, por años, el cerco de una seudocrítica mezquina, cicatera y rencorosa, movida a menudo por intereses muy distintos a los del arte, por un designio antinacional, por el señoritismo extranjerizante reo tantas veces de traición a la patria, por la beatería esnobista de la riqueza emergente, por el desenfrenado exitismo de los falsarios del arte nuevo y el abstracto y el arribismo irrumpiente de esa nueva academia repetidora de fórmulas que llegó, en cierto momento -(acogida al patronato de los grandes maestros auténticos, un Miró, un Picasso, un Ferrant, un Mondrian o un Kadinsky, un Nicholson o un Juan Gris... ) - a convertirse en un dogmatismo insolente, excluyente e intangible, fuera del cual no había salvación. Y los no iniciados en los ritos miméticos de la capilla eran condenados al ostracismo en su patria y a un tratamiento sarcástico y despectivo. Atribuíble, también, a la inautenticidad, la mendacidad y la desjerarquización, que están entre los peores vicios de nuestra vida colectiva en el orden político, social y cultural.

Y ¿por qué esa desatada conjura contra Ariza y el talante de su obra? Porque Gonzalo ha sido el insobornable testigo del paisaje, el heroico y silencioso adalid de la naturaleza, el insomne centinela de la nuestra luz de cada día. Y, en cierto modo, los ha salvado para la inmortalidad, los ha transfigurado y trascendido en sus óleos, acuarelas y dibujos. Y es que el paisaje es la cotidiana afirmación de la patria. Su cara innumerable, antigua y nueva. Su más evidente manera de existencia. Y en esta milicia, tan hermosa como difícil, Gonzalo Ariza lleva la bandera.

Yo creo que Seguros Bolívar al patrocinar este libro - homenaje quiere exaltar los valores - ahora en sumo riesgo - del paisaje colombiano. Y declarar testimonialmente el sentido y el designio nacionalista y colombianista de su generoso mecenazgo.

Interludio por donde cruza un tren

Hay una pintura de Gonzalo Ariza que siempre me suscitó la inquietud del extremo, del límite, del Finisterre de un Arte. Del - más - allá· -es -imposible - llegar. Y, para mí, lo tengo bautizado: «Un tren en la madrugada». Me dio, cuando hace años lo miraba, la sensación de lo que no se verá dos veces, de lo pasado ya sin remedio. De lo histórico.
Es la Elegía por la Sabana de nuestra adolescencia con su entrañable, indeleble tren viniendo entre dos luces. Delicadísimo estudio de luz y sombra el cuadro obedece a una necesidad interior: brota, fluye de dentro hacia afuera. No importa la anécdota. Allí se funden naturaleza y Espíritu para producir una de esas armonías que desde hace ochenta años se llaman sinfónicas. Intra - historia, intra - arte, intra - pintura. En cierto modo el espacio se hace tiempo. Tiempo de elegía. Porque últimamente, tiempo y solo tiempo somos por dentro. Quiero incorporar al texto que vengo discurriendo el comentario que, en años que ya van siendo lejanos, escribiera sobre ese misterioso tren de la madrugada que fijó un instante esencial en mi relación -lírica e impresionista si se quiere - con la pintura de Gonzalo Ariza. El tren que todavía sigue rodando sobre mi alma y mi memoria. Sobre mi vida.

Parece que los descubrimientos científicos, las flores ascépticas de la civilización, los frutos de la técnica, se incorporan muy lentamente al torrente circulatorio del arte: es decir, al mundo vocabular y emocional del poeta, al orbe de las imágenes del pintor, al ámbito de sonidos del músico.

Sólo tras un largo proceso de aclimatación las criaturas de la ciencia - las máquinas de todo linaje - llegan a fraternizar con los antiguos habitantes de la fantasía humana - hadas, ninfas, sirenas, duendes - y con los amigos milenarios del hombre: árboles, piedras y bestias. Es preciso, quizás, para que los hijos luminosos del hierro y de la inteligencia ingresen a los temarios del arte, que antes la sensibilidad colectiva se adapte a ellos y los asimile profundamente; y que ellos, a su turno, se impregnen en cierto modo de humanidad, se hagan compañeros y confidentes de los amores, las angustias, los deseos y las esperanzas de los hombres y se mezclen por muchos años entre la turba de los sueños. Y, también, que nos lleguen ya previamente estilizados, poetizados, idealizados en el caudal de los recuerdos ancestrales, desde antiguas palabras y en las confusas experiencias vividas en la memoria de la sangre.

Pienso estas cosas ante un cuadro de Gonzalo Ariza. Amanece en la Sabana de Bogotá. Hacia la lejanía - una de esas lejanías mágicas, increíbles que sólo este pintor sabe pintar - , el cielo es tiernamente perla, ¡¡la, verde, rosa con un rosado casi mental. La mañana empieza en unas altas nubecillas que dora el sol invisible todavía. Se alza por el campo esa bruma lenta y gris en que se evaporan los últimos sueños de los hombres. Aquí y allá suben azules columnillas de humo que prestan al paisaje una especie de tibieza humana, de hogareña ternura. Los colores: el ocre de las serranías, el verde de los sembrados, el plata soñoliento de las aguas, empiezan a posar su pie sobre la tierra virginal. El primer término aún vacila entre lo diurno y lo nocturno, entre la realidad y el ensueño.

Y por ese límite vago entre la sombra esfumante y la naciente claridad, corre un tren. Un pequeño tren lejanísimo con aquel «penacho airoso» que cantaban los ingenuos versos de la infancia. El tren es una línea entrañable del paisaje, una nota que acentúa la sensación de la madrugada. Ha ingresado a esa poética melodía de matices y contribuye a su dichoso equilibrio, a su gracia total. Lo vemos huír rodeado de adioses, de lágrimas tal vez, de pañuelos de nostalgias. Trisca por el campo como pudieran hacerlo un corderillo o un asnucho, con aire a la vez seguro e inocente de niño centenario. Está el tren en este cuadro de 1960 tan perfecta y naturalmente como en las oleografías de Torres Méndez: el jinete con su bayetón azul y rojo entre las ráfagas neblinosas del páramo; como en los viejos cromos la diligencia, entre lebreles, por el camino polvoriento.

Pensamos que un avión, un automóvil, una moderna máquina de guerra, romperían la armonía del lienzo, su bello equilibrio. Serían un poco extraños al paisaje considerado como superior unidad estética.

Y es que el avión, el automóvil, el submarino, el tractor, el tanque de guerra, todos los hijos más jóvenes de la técnica, son todavía un poco advenedizos entre las criaturas habituales del arte. No han tenido tiempo de integrarse definitivamente al mundo de la poesía, de la creación estética en general. No tienen solera todavía.

Y el tren, en cambio, rueda desde hace un siglo y medio por cuadros, novelas, poemas, recuerdos y corazones entre un aire de adioses y suspiros. El tren que se llevó nuestra infancia.

La pintura es luz, como la poesía es palabra en el blanco espectral subyacen - mágicamente - los siete colores. Como en esa breve falange de 27 letras, existe en portentosa latencia toda la posible belleza poética del mundo. Otra pintura de Ariza, en su primer estilo, grácil, fragante, amaneciente, casi inverosímil de tenuidad y evanescencia me suscité las palabras que siguen:

En la mitad del campo, aún apenumbrado,
una casa se dora de pronto y un almendro
en flor, se enciende, solo, revelando a mis ojos
os la inminencia del sol.

Y un árbol solemne, más alto entre los árboles,
se incendia y en su masa de verdor luminoso
el viento matinal rosado y frío
hace temblar un crespo desorden, una ola
de felices detalles.

Los olivos, entonces, van naciendo, creciendo,
con su fina silueta nebulosa de plata.
Se revela, callada, la rosa de Judea.
En los tejados nace el rojo de las tejas.
Se revela el rizado esplendor de los pinos.
El contorno de las colinas se revela.

Todas las cosas en luz y sombra se definen.
Cada fragmento empieza a vivir su propia forma.
Y la demostración de cada hipótesis se hace.
Ya se distingue cada objeto.
Ya cada hoja puedo distinguir.
Ya no se puede dudar más...
Los nombres se han posado definitivamente sobre las cosas.

Y lo que está a punto de ser,
se declara, se aclara y aparece...

Lo que antecede es una glosa o secuencia apoyada, lejanamente en un texto de Paul Valery. Que expresa muy bien lo que yo sentía y vivía frente a un, también lejano, Ariza. «Todo lo inventa el rayo de la aurora. . .»

Realismo mágico y compromiso histórico

Quiero hacer mía esta sentencia lapidaria: para decir bien de un modo de pintura (o de poesía) no es necesario decir mal de otro, o de otros modos de poesía (o de pintura). Sólo que en Colombia se obra y obró siempre - maliciosamente - en contrario. Es una especie de desdichado hábito nacional. Una fea cara de la envidia hispánica. Por ejemplo: se piensa y se practica que para exaltar a Obregón o a Grau, es preciso declarar inexistente a Gonzalo Ariza. 0 para subir a su luz perpetua y su justiciero Paraíso a Vidales o De Greiff es indispensable olvidar, negar, minimizar o arrojar a las tinieblas a Rafael Maya o Eduardo Carranza. Pero la poesía y la pintura tienen varios modos y maneras de ser.

Porque ¡ancha es Castilla! y anchas son la pintura y la poesía. Y en su singular, personal y extraordinaria manera ¡ahí está la pintura de Gonzalo Ariza y de ahí nadie la mueve! Ahora, en su madurez cenital, en la plena posesión de sus dones creadores, vuelve a mirar ese ancho y luminoso mundo que: - su mano, sus ojos, su oficio deslumbrante y su inspiración soberana (digamos, sin miedo, la henchida tópica e insoslayable palabra), su alquitarada manera de percibir lo real, su capacidad transfiguradora de lo visible y lo tangible, sus sabidurías técnicas como olvidadas de puro sabidas, su delicadísima, porosa y temblorosa sensibilidad y esa alianza feliz de inteligencia, intuición y trabajo - ese mundo fluyente y ondulante que ha soñado y fijado en óleos, acuarelas, y frescos y dibujos y tapices a lo largo de cuarenta años. El mundo de su pintura que es, a un tiempo, himno y elegía del paisaje colombiano. Himno a la inmediata, instantánea vivencia de la manantial belleza que, sin medida casi, nos fue regalada por la geografía y el clima. Elegía y dolorimiento por lo que la improvidencia de los gobernantes y la torpeza y la avidez de taladores y arboricidas, cazadores, pescadores y sórdidos negociantes, - nativos y foráneos - están borrando y destruyendo aceleradamente en lo que fuera paradisial contorno y portentosa reserva natural de esta «fecunda zona que al sol enamorado circunscribe», según cantara en esfumados días venturosos Don Andrés Bello. Y es que los impunes delineantes del paisaje, la fauna y la flora, provocando el trágico deterioro de la ecología nos han llevado a las puertas de una catástrofe cósmica. La testimonial pintura de Gonzalo Ariza es el requiem por este Paraíso desdeñado de los colombianos. Paraíso cobardemente abandonado a la ignorante y torpe manía depravadora y - lo imperdonable, lo peor, lo que no tiene absolución - a la roedora codicia criminal de las tenebrosas mafias de traficantes internacionales con la traidora complicidad de malos colombianos. Y es que al fin de cuentas todo arte verdadero y auténtico, aún sin proponérselo y pese a su pureza e impremeditación sin compromiso es hondamente social y político. Históricamente comprometido con la Patria y con el corazón. La problemática historia (y que se me perdone la pedantesca y casi inevitable expresión) penetra en la creación artística como - misteriosamente - penetra la realidad en los sueños.

«La época - se ha escrito - condiciona al hombre - y no sólo al artista - ; pero característica de su grandeza es precisamente la aptitud para sobreponerse a las fronteras en que el tiempo le confina y para sin perder contacto con él, alcanzar por una intensificación y depuración de la temporalidad, la esencia de lo permanente. En la obra de arte buscamos dos cosas, a primera vista contradictorias: la expresión del tiempo en que fue creada y la superación de ese tiempo. La música de Mozart o la pintura de Velásquez son, a la vez, reflejo de la época y valores intemporales. Quienes postulan l subordinación del artista a factores del instante, tal vez consigan «documentos» estimables; no creo que obtengan obras de arte».

En las palabras anteriores me apoyo para exaltar, una vez más, la fiera independencia de Gonzalo Ariza, su lineal, vertical fidelidad a la vocación, volviendo la palabra a su prístino sentido de llamamiento, pues no son vanas las etimologías. Y dentro de esa vocación, a su peculiar, visceral, inconfundible, casi fatal manera o talante de ser y de pintar. Sin veleidades de moda o escuela. Sin inclinarse - como otros hicieron lamentablemente, frívolamente - al pasajero viento reinante: academizante o surrealista, abstracto o figurativo, indigenista o cosmopolita. No. Nunca pidió nada prestado a nadie. Salvo al pasado necesario, es decir, a la tradición nacional y al latido profundo de la Patria, de la tierra natal, cuyo vivo y hermoso lenguaje, uno y cambiante —»la misma estrofa con agua diferente» - es el contorno: clima, viento y colores, fascinante flora terrenal, mágico polvo sideral de la luz, aladas, canoras criaturas del aire... En una sola palabra, honda y misteriosa: el paisaje. Y llega el momento de afirmar, poniendo aquí - sin mayor esfuerzo de traslación - unas palabras de Eugenio D’Ors sobre el pintor español Darío Regoyos: es Gonzalo Ariza la sensibilidad más abierta al paisaje que haya conocido la pintura en Colombia. Más aún: en nuestra inmensa Hispanoamérica. Mirándolo ora de frente con mirada totalizadora y unitiva, para luego recrearlo y transfigurarlo mágicamente, ora al sesgo, para sorprender una súbita actitud, un repentino parpadeo. Ora aislando con fascinadora sapiencia, una hoja del árbol fatal: quiero decir: una magnolia en su reino de aroma lascivo, o una orquídea que se asoma desde su misterio tornasol, o la saeta azul y plumada del azulejo, quieto y volando, el relámpago de la cascada cuando «le aparece la cintura»... Mirando con lo que quiero llamar la Mirada - Ariza: llena de árboles, de ojos de agua, de nubes y de frutas, de selvas y jardines, de sol y luna y niebla y piedra y cielo y poesía. Llena de Colombia. Y es como si la yerba y el naranjal y el arrayán y el fraylejón y el limonero y el jazminero y el palmar y el platanal brotaran, crecieran en el humus su espíritu, y las quebradas y los ríos corrieran por los declives de su alma y el pájaro turpial cantara, absorto, en la rama de sus venas y desde allí volara a posarse en la acuarela repentina. Realismo mágico.

Amplitud espacial y temporal y glosa sobre la reiteración

. . . «Ayer es todavía» ...
Nada de lo pasado ha pasado.
Lo que una vez ha sido, será siempre.
Y viene a nuestro encuentro cada instante.
El pasado es ahora y es futuro...

E.C.

«Lo que no es tradición es plagio», escribió agudamente Don Eugenio D’Ors.
Todo arte, aún el que aparece con carácter de insólita novedad, arraiga en el pasado.
Tiene originariamente una explicación, una motivación histórica. Es una continuación,
una proyección o una reacción. El pretérito gravita sobre el presente, como se expresa en los versos que me sirven como epígrafe. La absoluta novedad, la originalidad absoluta, son imposibles por histórica imposibilidad. De modo, amigos que es una mentecata y contumaz necedad estar descubriendo todos los días las Américas de la pintura y de la poesía. «Yo no busco: encuentro», solía decir Picasso. Más para‘descubrir o encontrar es preciso que exista previamente, oculto o velado o incógnito, lo descubierto y encontrado. Todo esto resulta de una lógica inexorable y diamantina.

Es bueno y saludable señalar algunos antecedentes de la pintura sabanera y tropicalista de Ariza. Sigo para ésto las huellas de un precioso trabajo de Joaquín Piñeros Corpas inserto en la bella edición de «La Sabana de Bogotá» de Don Tomás Rueda, que publicó el Instituto Caro y Cuervo en fecha reciente. Allí se encadenan: los esfumantes rasgos de paisaje en algunos cuadros devotos del genial Gregorio Vásquez en los días virreinales. Las notas de naturaleza tropical en las invaluables, testimoniales acuarelas de Mark, en la obra insigne de José María Espinosa el «Abandonado de Nariño», en el sabroso costumbrismo de José Manuel Groot, Manuel Carvajal, Enrique Price, Manuel María Paz, Carmelo Fernández; en los espléndidos grabados del francés Eduardo Riou y, muy particularmente, en las adorables y frondosas escenas campestres de Ramón Torres Méndez. Y en la obra paisajística del precursor y profesor español Luis de Llanos (su evocadora estampa de la Hacienda de Santa Ana, por ejemplo ... ) Viniendo a época más reciente enumeremos de prisa, las primorosas, vivaces, agrestes apuntes de Roberto Páramo y la peregrina colaboración de Eugenio Peña; las pinturas luminosas, verazmente criollas y terruñeras (Sabana y Tierra Caliente) de Borrero y Gómez Campuzano. Y los turbadores «nocturnos» y la punzante melancolía de los atardeceres de Jesús María Zamora enmarcados en aguas diáfanas, cielos nostálgicos y pensativos eucaliptos. Notamos la fácilmente corregible omisión de Wiedeman, Martínez Delgado, Augusto Rivera y Gómez Jaramillo.

Después de esta rauda enumeración y en llegando a más recientes años Piñeros Corpas escribe: «Gonzalo Ariza tan criticado y tan alabado, es de todos modos uno de los grandes paisajistas de Colombia. Comenzó con verdaderas geórgicas al óleo y a la acuarela, y alternando la gran visión panorámica con detalles como el de la araña tejedora en el telar de la hoja de plátano. Esta época sucedida por una de tenuidades cromáticas y por otras en las que predominan las fascinaciones sensoriales de las tierras templadas y calientes, es la de los páramos con niebla y los rincones idílicos de la Sabana de Bogotá, velados sutilmente por las nubes o por las decantaciones de color de la lontananza: cuadros en los que Ariza no oculta el influjo de sus maestros japoneses, y se muestra hábil asimilador de elementos estéticos de distante procedencia, pero no lejano de los antropológicos de nuestro más remoto mestizaje».

Se dice con frecuencia - en son de reproche o intención subestimante - que Gonzalo Ariza es un pintor reiterativo, monologante y cristalizado. Y ¿cuál artista, cuál poeta o músico o pintor no insiste sobre un tema o un reducido grupo de temas que asume su sensibilidad y su inteligencia, su inspiración y su trabajo, su aparato técnico y sus recursos creadores?

Escojamos algunos ejemplos cimeros: Las Vírgenes y los ángeles iridiscentes, transparentes, de Fra Angélico; los querubines niños y niñas de Benozzo Gozoli; los coros de músicos adolescentes de Melozo da Forli; los San Franciscos y los lívidos caballeros de el Greco; y las criaturas mórbidas de Leonardo; y los cien frailes blancos de
Zurbarán; las Concepciones y Santas de Murillo; y las Madonas de Rafael o el Españoleto; la serie larga de autorretratos que nos legaron Durero y Rembrandt. Y, viniendo más cerca: los paisajes de Corot; o la interminable galería de las Gabrielas sensuales y rosadas que pintó Renoir. Y ¿se ha caído en que Sandro Boticelli pintó un rostro nada más, el solo, único rostro de Simonetta Catanei Vespuci, la vestida de flores, la desnuda en nácares venusinos, rostro de la Primavera y del Renacimiento y síntesis de su mundo?

Y llegando a lo nuestro, de los días que corren: la obsesiva y excesiva morena riente de Grau con su guirnalda de pájaros dorados; los altaneros, carniceros cóndores de Obregón; las obesas mujeres voluptuosas de Botero. . . Y es que cada pintor lleva grabado en sí, en lo más hondo y misterioso de su Ser, un cuadro único, fatal, original, ideal, reiterativo y obsesionante... éste será su estilo, su manera, el peculiar ademán de su arte, su carácter intransferible... El ángel que le lleva la mano cuando pinta...

Y, pasando a la música, entre tantos ejemplos que ilustrarían lo que vengo diciendo (tierna insistencia de Chopin en su patético fraseo) quiero recordar sólo que de Vivaldi se ha dicho - no sin un dejo de humor - que no escribió seiscientos conciertos, sino escribió seiscientas veces el mismo concierto. . . Y que diré de los poetas: desde Anacreonte, pasando por Ronsard y Baudelaire y Bécquer hasta Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado y Jacques Prevert insistieron, cada quien, en un repertorio a veces muy limitado y obsesionante, de temas, imágenes y palabras que definieron el perfil de su alma y el son de su corazón... Nostalgia amorosa, recurrente, monologante en los sonetos del suspirante Caballero de Toledo, Garcilaso de la Vega, lengua reiterativa, lengua del tiempo y de la muerte en el Señor de la Torre de Juan Abad Don Francisco de Quevedo, gitanos de García Lorca, marineros de Alberti, muchedumbre de los héroes alucinados de los viejos romances...) Pero no vale abundar más en la cuestión ya decidida y corroborada tantas veces por la historia del Arte y la Literatura.

El cuadro reiterativo, excluyente y fatal

Ese cuadro excluyente ha sido para Gonzalo Ariza, el rostro siempre uno y diverso a veces con el imprevisto matiz que aporta la mano del viento, o el paso de la nube o el repentino sol de los venados - del paisaje colombiano. Reiterado y sanguíneo como el pulso de la vida o los latidos del corazón. «No veía dos veces la misma cosa, porque cada vez le infundía un nuevo aspecto que la hacía irreconocible. La virginidad del mundo se renovaba a cada instante». Se dijo de otro.

Desde el páramo tiritante, los farallones sobrecogedores, soñados y esfumados por la niebla que Ariza pinta como nadie: víspera de la creación, reino silencioso del fraylejón, el musgo milenario y los bordados, inverosímiles helechos gigantes. Y luego la Sabana de Bogotá, musa esencial de sus años juveniles. Tierra transida de espíritu que ha sabido mirar con ojos de poeta y transcribir a su pintura con emoción de poeta. Que no se queda en la superficie y apariencia fotográfica: penetra horadante, hasta el alma del paisaje tejida de sueños, de visiones, de amor. La mano del hombre queda reducida a un secreto latido, intimista y espiritual. Poesía, lirismo, podemos llamar esto.

Aquí los fragantes pinares. Los sauces hechizados por la luna. Los trigales de oro y viento. Las avenidas de eucaliptos en cuya cima sueña su verde estrofa el viento. Las vetustas cercas de piedra, enternecidas con alguna florecilla azul... Se pierden, a lo lejos serpeando y suspirando esos caminitos amarillentos que como que vuelven a mirar, despidiéndose, entre ramajes de alisos y encenillos compatricios de los indios, y nubecillas de polvo esfumador... Por el cielo discurren unas nubes blancas, redondas, eternas como por una página de mi Maestro Azorín. Sobre la yerba suave, esponjada, silenciosa, el agua balbucea su canto entre sueños... va regando el cielo con sus pájaros y nubes, por la tierra. En lo remoto pasa un tren. Se ven una larga tapia encalada, un portalón, un pinar umbroso en donde habitan las hadas. Y unas laderas verdes, lisas. Un niño regresa silbando de la escuela. En el horizonte ya verde y violeta y sol de los - venados, resbala el lucero de la tarde como una lágrima que no acaba de caer. Tañe pausada una campana de ermita o pueblo lejano. Un viento de rosas doradas cruza por el fondo del cielo. . . Perfuman el poleo y la yerbabuena. Se enciende la lámpara del alcaparro. Palomas y golondrinas se refugian en los aleros. Todo se va esfumando. «Se aterciopelan los ramajes». Y se oye el paso de las almas.

Yo creo que Gonzalo Ariza ha pintado de rodillas estos verdes, estos azules, esta colina, este sol de los venados, este curvado chusque, este humilde quiche, esta mínima orquídea indígena... como Fra Angélico que pintaba de rodillas, una col... Un Fra Angélico de ojos sesgados, franciscanos, criollo, sabanero.

Cuando los españoles de Quesada, tras su épica increíble marcharon desde las playas del Caribe, llegaron a la tierra jugosa y apacible, dorada por los maizales de los indios y ceñida por el agua como una red de fresca melodía, la nombraron Valle de los Alcázares en donde el quijotismo de Quesada o Quijada o Quijote y los suyos les hizo ver castillos en las casas principales, fabricadas con limpias cañas espejeantes. En las puertas la brisa hacía sonar musicalmente campanillas de oro: ¡del Oro, ruiseñor de la Conquista! Y en tembloroso y ceceante español extendieron su fe de bautismo con las palabras que nos ha narrado el cura -soldado y poeta Juan de Castellanos, «Homero rústico de la Patria Colombiana»:

Tierra bueno, Tierra bueno.
Tierra que pone fin a nuestra pena...
…Tierra para fundar perpetua casa...
…Tierra de bendición clara y sereno...

Desde aquella mañana fundacional son muchos los pintores y poetas qué, con los dedos del color o la mano de la palabra, han suavizado y acariciado el alma, la superficie y el ensueño de esta otrora divina altiplanicie andina. Pero cuando se hable de la Sabana de Bogotá - desde años atrás y por años y por años venideros - habrá que insoslayablemente vincular dos nombres a su recuerdo e imagen: el del escritor Tomás Rueda Vargas y el del pintor Gonzalo Ariza. Y cuando la codicia e impericia de los urbanizadores y la aterradora irresponsabilidad de los negociantes violadores de la geografía y la ecología milenaria, y la ya mentada improvidencia de los Príncipes que nos rigen haya terminado de borrar, profanar, arrasar, este breve y hermoso y altivo escenario y mirador de la Nación Colombiana y de él sólo queden «memorias funerales» ha de sobrevivir en la palabra del poeta y en los colores del pintor

Quizás, para el año dos mil, mi nieta Melibea solo podrá conocer ésta - para entonces legendaria Altiplanicie - en los cuadros de Gonzalo Ariza.

Viaje por la vida y descenso a la Tierra Caliente

Pasan los años con su urdimbre de ensueños y de esfuerzos, de afanes y desvelos e ilusiones. La vida se va sintiendo como un ramo que lentamente se deshace. Detrás del tejido apacible o sereno o deslumbrante, está el revés de la trama: la realidad un poco triste de lo cotidianamente vivido o bordado. El contraste impresionante, a veces casi brutal, entre el anhelante proyecto vital, en el sentido de Ortega, y lo realmente conseguido. Y llega uno a pensar honradamente que vivir es fracasar, cuando se vive con patética, juvenil y deseosa hombría.

Ya no tenemos «veinte años y un lucero en la mano». Ya la juventud no canta, como una doble alondra, a la altura de nuestros oídos. Ya las sienes y el corazón empiezan a encanecer.

... Porque
fuimos el río hermoso de los jóvenes.
Fuimos enamorados de la vida
en la tierra, en el libro, en lo que es nada
abrir una ventana por ejemplo
o ver pasar las nubes en el agua.
Y en la dulce comarca de ojos grandes
en el sorbo de vino, o piel morena...

... Pero, eso sí:
Hemos amado a nuestra Patria tánto
como lengua mortal decir no pudo.
Y podemos mirar serenamente
y de frente los ojos de Colombia
llenos de aviones, ríos y batallas,
de campanarios, sueños y canciones,
de siglos, de doncellas, de navíos,
y a menudo también llenos de lágrimas.
La Patria es nuestra hija cada día
y distraídamente acariciamos
su cabello y dejamos por sus sienes
una rosa y besamos su mirada...

Nuestra Patria descalza con los pies
hundidos en los ríos amozónicos...
La Patria es un deseo de llorar
y, a veces, un deseo de cantar. ...
Hemos hecho castillos en el aire,
digo en el alma, mas la juventud
no fue sólo un ensueño, una quimera,
ni tan sólo el cristal con que se mira.
Hubo pureza, fe, verdad, trabajo,
tristezas y alegrías memorables
si que también azul melancolía.

Vivir nos ha costado nuestra sangre.
Sin ir muy lejos ahí está tu ejemplo
como una columna inmarchitable…

Hecha. esta desnuda confesión generacional, digamos que Gonzalo y yo empezamos a entrar, por los años cincuenta, en lo que llamó «la segunda navegación»‘un poeta griego de nombre Platón, el que redujo a Cosmos el caos. Y que por entonces realizamos viajes y estancias fecundas y memorables y suscitadoras por lejanas y antipódicas regiones. (El por Japón y China. Yo, por Chile y España). Y que él siguió, sin prisa y sin pausa, pintando cuadros. Y yo, escribiendo libros. Y en los colores y en las palabras circulaba como una sangre secreta y vehemente el amor al terruño: sangre y alma. Y un anhelo de belleza, verdad y bien. Decía Ortega que «el arte es un hecho que acontece en nuestra alma al ver un cuadro o leer un libro». Y Gonzalo seguía exponiendo y yo publicando, con varia fortuna. Porque la obra de arte sólo en el contemplador logra plenitud de sentido. Insisto en que el poema se publica siempre y se hace para publicarse (ello sin hipócritas modestias, pudores y remilgos). Porque el poema no es real hasta que alguien lo ha recibido. Más aún: amado, admirado e incorporado visceralmente a su vida.

«Si se siente y se sabe a sí mismo, el poeta nos dirá: «escribo mis poemas como pare una madre, dolorosa e inevitablemente. Porque el mundo en que existo, el pueblo a que pertenezco, lo que mis sentidos trajeron a mi conciencia, el instante que parpadeó ante mis ojos, me han abultado el alma. Escribo para publicar - porque se concibe para parir o morir -, y con sólo escribir ya publico». Algo semejante debe pensar, sentir y profesar el pintor.

Ahora Gonzalo Ariza va dejando las solitarias cumbres parameras heladas, nebulosas y desérticas; deja la verde y frondosa meseta sabanera que tan largamente le ha hechizado y empieza a descender hacia una dorada estación espacial de clima lento, acariciante, tibio y fruta¡. Los nuevos lugares de su sueño y su arte tienen nombres melodiosos, nativos y morenos: Fusagasugá, Anolaima, Cachipay. .. nombres azulados y frescos: «La Florida», «La Esperanza». Un brazo de aroma, de lánguida música le atrae desde lejos. La luz se filtra por el aire con un dorado rumor de flotantes orquídeas y palmeras. Cae «como un agua seca» otro férvido sol, amoroso y paciente modelador de frutas y muchachas. Hay un aire de hamaca perezoso y embriagador. La luz, maestra de la pintura, va siendo crespa y enardecida. El color se torna vibrante y apasionado. Pasan en vuelo esfumante las garzas blancas, rosadas y azuladas - si algunas van quedando- «parecidas en su belleza lánguida a las canciones de esa tierra». «De flores en ramas y de ramas en flores» vuelan y trovan, velozmente dibujados, los pájaros heráldicos de la Tierra Templada: el celeste azulejo, la blanca mirla endechera, los cardenales púrpura, el parlero arrendajo, el toche de oro, el rondaflor y el más bello canoro y lírico de todos: el Príncipe Turpial con su redondo silbo maravillante. Desbordan sobre cercas grises y tapiales blancos, lujuriantes buganvilles y bellísimas. Reinan los granados rojos en su cielo azul. Sangra el corazón herido, se encienden y esponjan, azules hortensias y agapantos, sonríen pálidamente azaleas, dalias y clemátides, aroman, enamorados, el azahar nupcial, el jazmín estrellado y el jazmín del Cabo. . . Gonzalo desde su «Picacho» contempla y pinta el portentoso oleaje azul de las montañas que descienden hacia el Río Magdalena.

Unos cuantos pasos más y estamos en plena Tierra Caliente, en el trópico violento y delirante. Arde el cielo como una brasa sideral. El cielo ruge como un tigre. El
alba descemboca por los valles «como una roja turba de leones». Y está el poniente émpurpurado «como si el sol pisara uvas, embriagado».

…Arde el cámbulo rojo. Y un jinete
sueña bajo su sombra. Se encadenan
la música radiante del maizal,
la tierna melodía del jardín
y el rumor brillador del platanal.
Fulge la llama azul del Gualanday.
Se evaporan, lejanos, los guaduales.
En el sinfín, los montes de violeta,
de rosa, de cristal ensoñador. . .
Y el aire, el aire brilla enardecido
como una boca joven cuando besa.
Como dentro de un sueño canta un gallo
lejano. Y vienen ráfagas de fruta:
de las frutas de nombre melodioso,
sangre dorada en incitante aroma:
jugosas, entreabiertas, capitosas:
guanábana, papaya, tamarindo,
piña, mamey, badea, mandarina,
níspero, mango, lulo, chirimoya,
merey, guayaba, lima, pomarrosa...
naranjas y naranjas y naranjas.
Y el agua, zumo de la tierra pura,
el agua silabea su frescor
errante por la fiebre de los huertos...

Gonzalo Ariza ha terminado, por ahora, su periplo. Ha tomado posesión de su Nuevo Reino, en nombre de la luz y del color. Ha puesto sus límites en el Río Granada de la Magdalena. Bajo la luz arrebatada, furiosa, enardecida. Y mira y vuelve a mirar, Y pinta y pinta trascendiéndolo, transfigurándolo todo. Las anchas hojas verdes del magnolio y el almendro le refrescan los ojos calenturientos. Bebe un sorbo del agua espejeante de la Quebrada Calandaima. Bebe la sangre cristalina de la tierra, de nuestra tierra, cuando acerca los labios a la vena azul del agua o al viento de palmeras que alegra el corazón.

Palabra de honor

En la mirada de Gonzalo Ariza vive y brilla y sueña Colombia.

Estoy seguro de que en su pecho, vive también la belleza, hecha pintura, como una Patria en el pecho de un héroe. Palabra de Honor.

 

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