El encanto de Bogotá

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Una aventura hacia la historia

PLAZA DE BOLIVAR, COSTADO
CATEDRAL (Samper)CAPITOLIO NACIONAL, PATIO
MOSQUERA (Samper)Capitolio Nacional, Patio Núñez (Samper)CAPITOLIO NACIONAL, RECINTO
(Samper)CAPITOLIO NACIONAL, SALON
ELIPTICO (Samper)PLAZA DE ARMAS, CAPITOLIO
NACIONAL, CASA DE NARIÑO
(Samper)COLEGIO DE SAN BARTOLOME
(Samper)

Texto de: Julio César Sánchez García
Alcalde de Bogotá

Cincuenta años después del IV Centenario Bogotá no es ya la ciudad de los packards ni de los sombreros de fieltro. El siglo XX ha pasado sobre ella con la fuerza de un cataclismo. La dimensión doméstica de los problemas que se enfrentaban en la tercera década es hoy de tal magnitud que sólo mediante una imaginación llena de recursos y de objetivos concretos se han podido sortear en buena parte. Pero no es de esa Bogotá de la que quiero hablar hoy, cuando sobre mi mesa reposan documentos que tienen que ver con el presente y el futuro de cinco millones de personas. Por el contrario, quiero hablar de una ciudad desconocida, tan marginal como otro cualquiera de los retazos urbanos desperdigados sobre su cada vez más extensa geografía. Una ciudad nuestra e íntima, recogida amorosamente en este libro por Benjamín Villegas, con la cual tropezamos todos los días casi sin damos cuenta, y que está ahí, al alcance de la mano, sin que jamás posiblemente hayamos llegado a identificarla en alguno de sus múltiples aspectos.

La dimensión de la ciudad nos ha colocado al margen de la misma. Hoy la entendemos como un conjunto abigarrado de hechos y de situaciones, como una acumulación de estilos arquitectónicos y de problemas, como una suma caótica de dificultades que chocan unas con otras hasta llegar a exasperamos. Bogotá se ha vuelto cosmopolita y por ello comenzamos a creer que se nos salió de las manos. Así pues, la hemos sectorizado. Tenemos algunos sitios, los nuestros, que repetimos hasta el cansancio. Siempre la misma ruta urbana, el mismo parque. Idéntica avenida. La rutina nos fija unos límites que en breve se tornan aburridos.

Después de muchos años de volver, como los muertos, una y otra vez sobre nuestros pasos, nos hemos acostumbrado de tal manera a nuestro entorno que hemos dejado de apreciarlo. Hoy atravesamos el laberinto de las calles mirando de reojo la forma como la ciudad vieja se sedimenta y se precisa, mientras a su alrededor surge una urbe nueva, que muchas veces deteriora el espacio urbano y otras lo convierte en una entidad propia, idéntica a sí misma, al fin de cuentas una ciudad que no es Caracas ni Río de que no tiene nada que ver con Montevideo o Buenos Aires, sino únicamente con Bogotá, la antigua Santa Fe y la próxima metrópoli que vivirán nuestros hijos. Un lugar consolidado sobre lo que hoy hacemos para integramos, para encontrar un destino común a una acumulación de múltiple procedencia, a un conglomerado que hunde sus raíces en los sitios más diversos, en las regiones más insospechadas, en los lugares más apartados e incógnitos.

Este libro nos abre decenas de posibilidades. Nos muestra el encanto de Bogotá, inclusive el escondido en los rincones habituales. Indaga por nosotros en tomo de los detalles más minuciosos, de las fachadas más curiosas, de los edificios menos tópicos. Y nos entrega una ciudad lista a ser conquistada.

Acá, Bogotá es la ciudad abierta que invita a la aventura. Es necesario entonces leerla en otra forma, encontrar la necesaria concordancia entre una plaza cualquiera, con su héroe, y un grupo de sauces en el Jardín Botánico. Aquí están las semillas que hemos sembrado a lo largo de siglos, para que de ellas surja la ciudad que habrá de ser en el futuro.

Pero, entre tanto, ¿cómo es la ciudad que hoy vivimos? Para comenzar es la ciudad de todos. En aras de una hospitalidad que no le niega a nadie, Bogotá ha enajenado su perfil, lo ha desdibujado, se ha convertido en una acumulación heterogénea donde tienen cabida las manifestaciones más curiosas de la vida de un país complejo y difícil como el nuestro. Dentro de los limites urbanos, con su eterno clima encapotado y con su atafago de oficina, Bogotá es todavía, y al mismo tiempo, Manizales, Cartagena o Villavicencio. Millones de personas se han concentrado en ella, con sus expectativas y sus respuestas, y en ella entierran a sus muertos y tienen a sus hijos. Son personas que pertenecen a otro sitio, que se agrupan alrededor de su solidaridad y de su autonomía, que viven de la nostalgia de un pasado que creen más acorde con su actitud ante la vida. Pero mientras miran torvamente a su vecino y lo consideran un enemigo frente a la difícil subsistencia de cada día, mientras se rebelan contra un comportamiento urbano que se impone sobre ellos y los obliga a aceptar normas que no tuvieron Jamás nada que ver con la libertad absoluta que vivieron en sus lugares de origen, se dedican a levantar una casa y a fundar una familia, se acomodan mal que bien a las exigencias de la ciudad y ven crecer sus hijos, e inconscientemente ayudan a crear un nuevo ciudadano, con una actitud solidaria que fue extraña a sus mayores, con una respuesta colectiva. Se trata de pequeños asuntos, de situaciones mínimas. Entre el campesino que fue arrancado de su parcela y llegó a una ladera del suroriente acosado por el hambre y las necesidades, y su hijo que asistió a la escuela y creció en medio del atafago de una ciudad que no da espera, hay diferencias sutiles pero fundamentales. Respetar los semáforos, vigilar la limpieza, esperar el bus en los paraderos demarcados, indican que la persona se ha levantado en un ambiente urbano. Sería inusitado, para poner cualquier ejemplo, que se le exigiera lo mismo a un campesino que, como Siervo Joya, esperaba la flota frente a la puerta de su casa. El súbito descenso de la migración y el crecimiento correlativo de los otros grandes centros urbanos, indican que dentro de quince o veinte años, en todo caso antes del V Centenario, Bogotá será, por fin, una ciudad en la que el idealismo romántico del buen salvaje le habrá dado paso a un comportamiento en el que el respeto por los demás será la simple manifestación del respeto que exigimos para nosotros mismos.

Así pues, los 450 años de Bogotá tienen una importancia básica. a su alrededor se consolidará la nueva urbe, la de aquellos que han nacido en ella y han soportado desde un comienzo las adversidades que implica el formar parte de un conglomerado de estas características, pero que también han disfrutado las ventajas y comodidades que esa vinculación íntima conlleva. Poco a poco, detalle a detalle, los bogotanos por nacimiento y por adopción comenzamos en estos días a descubrir lo que es la ciudad que nos soporta y que soportamos. Para vivir en ella, para entenderla, para solidarizarnos con su destino histórico, es indispensable que la conozcamos aun en sus mínimos detalles. Otras publicaciones se han preocupado por contar minuciosamente su historia, por presentar sus problemas en forma descarnada, por plantear afectiva y cuantitativamente lo que de ella puede esperarse en adelante. Pero es este volumen el que nos abre una ventana hacia el pasado y hacia el futuro, hacía nuestra forma de ser y de existir, de manera amable, inteligente. Vamos a descubrir el encanto de Bogotá. Este es un libro para palpar, para ver, para sentir, para imaginar, para soñar En estas páginas la ciudad se hace levemente poesía, y más allá de lo que quiere decir y dice visualmente, quien lo lea encontrará el sabor el olor, las sensaciones de los sitios que muestran las fotografías. No es ya el Observatorio Astronómico eí edificio histórico que presenció los esfuerzos del sabio Caldas y de José Celestino Mutis, sino el concepto de un telescopio que mira eternamente a las estrellas. Y lo mismo sucede con cualquiera de las iglesias varías veces centenarias o con el más anónimo de los rincones que aquí aparecen. Aunque ésta es la misma ciudad que a menudo hemos recorrido, leyéndola, descubriéndola, haciéndola nuestra e inolvidable, la mirada que le damos en esta ocasión, cuando se aproxima velozmente a un aniversario respetable, es totalmente nueva, esencialmente distinta. Está volcada sobre los detalles, sobre la textura de la piedra, sobre las gotas de la lluvia antes que sobre la tormenta. Este texto no tiene antecedentes, pero tendrá, ojalá, innumerables consecuencias.

En cuatrocientos cincuenta años Bogotá ha pasado de doce chozas de paja a dos mil y más barrios, y de unos pocos centenares de habitantes a cinco millones. En algo menos de cinco siglos se ha convertido en una urbe de las dimensiones de París, ciudad que ya en el año 52 antes de Cristo cayó en poder de los romanos. Desde ese punto de vista es un milagro. Pero lo es también desde este que ahora nos muestran Benjamín Villegas y su equipo de colaboradores. En ella no se han descuidado las floraciones de piedra, el rococó de las estatuas, la solemnidad de los edificios contemporáneos y su forma de ser al mismo tiempo, sólidos y aéreos. Este libro maravilloso tiene una correspondencia, igualmente maravillosa, en la ciudad que recorremos cada día. Aprender a amarla y defenderla es nuestra tare más inmediata. Porque en el amor hay fascinación y la fascinación es el primer paso para llegar a la verdad verdadera.

Todavía se oyen en Bogotá comentarios de turistas despistados que hablan de los encantos de París, de Nueva York o de Túnez, pero que, cuando la conversación deriva hacia la Casa del Florero o hacia el Templo de San Francisco, sueltan un: -Ah, eso sí que no. Yo al centro no voy ni de fundas. Pues bien. En el centro, denominación genérica que se le da al sitio histórico donde pastó el alazán de don Gonzalo Jiménez de Quesada, se esconde buena parte del encanto de una ciudad que no tiene nada qué envidiarle a otra cualquiera. Ahora, también lo hay en muchas otras partes y otras formas: en la imaginación que los bogotanos ponen cuando se trata de construir una casucha, en los puestos de ventas callejeras, en las grandes mansiones construidas bajo el imperio de la taza de chocolate, o en la historia que se cuenta todavía como una crónica de salón, en la que se entretejen siempre intrigas amorosas y palaciegas.

Hoy, a medida que la ciudad se decanta, cada uno de sus habitantes encuentra una forma fresca, distinta, de verla y entenderla. Para algunos su encanto se esconde en los pequeños rincones secretos y escondidos. Para otros en las pulsaciones que nos permiten vivir nuestra angustia de cada día. Para los de más allá ese encanto es la palabra, la imagen, o la imaginación, o el aire que, pese a todo, continúa siendo transparente. En fin, hay miles de respuestas, Por eso para quienes escribieron una página con destino a este volumen, es tan diverso como la ciudad misma. De ahí su importancia. El lector de esos testimonios comenzará a entender mejor este maremágnum. Y pensará, tal vez, que antes de emprender viaje al Lejano Oriente, bien podría hacer una excursión por nuestro propio Lejano Oriente. Tan a la mano y tan desconocido.

 

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